El Adonis

El Adonis es un poema de José Antonio Porcel a la edad de veinticinco años, es decir, hacia 1740- 1741.

Composición e historia del texto

Sabemos que el Trípode le había confiado la escritura de estas églogas y que Alonso Verdugo trabajaba por aquellos días en Deucalión, un poema de aliento similar. Adonis fue por primera vez leído en sucesivas sesiones de la Academia granadina, entre los años 1741 y 1742 y, una vez más, en 1749 o 1750, en la madrileña Academia del Buen Gusto. Con motivo de esta segunda lectura, Porcel redactó un prólogo que, de paso, nos ha proporcionado valiosas informaciones sobre el Trípode. El primero de octubre de 1750 leyó en el mismo lugar una simpática censura de su propio poema.

José Antonio Porcel, con todo, no dio sus églogas a la imprenta. Sabemos que Eugenio Gerardo Lobo acariciaba la idea de publicar los versos del granadino, pero su muerte subitánea evitó que el proyecto llegara a buen puerto. El Adonis tampoco parece haber tenido una extensa circulación manuscrita. Seguramente no existieron más de aquellas tres copias que llegó a manejar el marqués de Valmar, a cuyo cargo estuvo la primera edición de Adonis, aparecida en el tomo sexagesimoprimero de la colección Rivadeneyra.

Así pues, el texto no era conocido en el siglo dieciocho. Sin embargo, su fama era bien dilatada. Manuel José Quintana removió cielo y tierra a la busca de un traslado del poema. “Por más esfuerzos que he empleado en buscar estas églogas, han escapado a todas mis diligencias, y si son tales como se dice, hacen mal los que las poseen en no enriquecer nuestra literatura con ellas”. Finalmente, el esfuerzo de Quintana halló recompensa, aunque el contraste entre sus expectativas y los auténticos méritos literarios de las églogas le produjo una cierta desilusión. No es de extrañar que el marqués de Valmar escribiera:

Al leer ahora, pasado un siglo entero, las obras de este varón tan admirado, no es fácil decidir si, atendido su mérito absoluto, habría o no convenido más a la gloria del escritor dejarla reducida, como lo estaba, a una aureola misteriosa, a un eco de la admiración contemporánea.

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