Eduardo Haro Tecglen

Eduardo Haro Tecglen ( Pozuelo de Alarcón, Madrid, 30 de junio de 1924 - Madrid, 19 de octubre de 2005) fue un periodista y ensayista español.

Biografía

Eduardo Haro Tecglen era hijo de Eduardo Haro Delage, marino retirado, comediógrafo y periodista, represaliado y condenado a muerte al finalizar la Guerra Civil Española. Condena que gracias a la solicitud de indulto formulada por su hijo Eduardo se le conmutó por treinta años de cárcel.

Se casó con Pilar Yvars Tecglen, de la que tuvo al poeta de la movida madrileña Eduardo Haro Ibars, fallecido de sida a los 40 años, y además a María del Pilar, Paloma, Marina, Eugenio y Alberto. Casado en segundas nupcias con Concepción Barral, tuvo a Jonathan y a Yamila.[1]

Estudió en la Escuela Oficial de Periodismo, donde se graduó en 1943. Fue colaborador ( 1939- 1943) y redactor ( 1943- 1946) de Informaciones, redactor jefe del Diario de África y corresponsal en Tetuán de la agencia Efe ( 1946). Redactor jefe, crítico literario y corresponsal en París[2] de Informaciones ( 1957- 1960); corresponsal de El Correo Español-El Pueblo Vasco en París (1960); colaborador de Marca, Tajo, Heraldo de Aragón y director de Sol de España ( Málaga, 1967); director de España (Tánger, 1967); redactor, columnista y subdirector ( 1968- 1980) de Triunfo; director de Tiempo de Historia ( 1974- 1978) y colaborador de Testimonio, 1975; crítico teatral de la Hoja del Lunes de Madrid ( 1977) y editorialista y crítico teatral de El País, 1978. En este último periódico publicaba una columna diaria desde entonces. Utilizó los seudónimos "Pozuelo", "Juan Aldebarán" y "Pablo Berbén".

A los veinticuatro años publicó su primer libro, que fue poético: La callada palabra (1948), con prólogo de Alfredo Marqueríe. En los años sesenta se hizo notar como columnista político en las páginas de Triunfo y Sábado Gráfico, además de Informaciones. Terminó su carrera en El País, periódico al que su nombre va unido desde su fundación.

Es autor de más de 25.000 artículos. De tendencia republicana, subsistió en una especie de "exilio interior" en España escribiendo pane lucrando artículos a favor del régimen franquista, como la oda al fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera, "Dies Irae", algo que le reprocharon sin vergüenza alguna sus enemigos los periodistas falangistas, como Jaime Campmany. En el capítulo "El niño fascista" de su libro El refugio, Haro Tecglen justifica estas acciones por cuestión de supervivencia, e indica que en su fuero interno sentía que no estaba siendo autor de su propia vida, que su verdadera vida le había sido robada con la caída de la República, la condena de su padre y la negación de sus títulos estudiantiles. Que se vio obligado a vestir el uniforme falangista para salvar a su padre de la condena a muerte.

Entre sus ensayos se pueden mencionar Una frustración: los derechos del hombre (1969), La sociedad de consumo ( 1973), Sociedad y terror (1974), Fascismo: génesis y desarrollo (1975), El 68: las revoluciones imaginarias ( 1988), Diccionario político (1995), La guerra de Nueva York ( 2001) y Ser de izquierdas (2001).

Escribió también libros autobiográficos como El niño republicano ( 1996), La buena memoria (1997, en que recoge sus conversaciones con Fernando Fernán Gómez), Hijo del siglo ( 1998), El refugio ( 1999) y Arde Madrid ( 2000) donde ofrece una visión bastante desencantada desde el punto de vista de una izquierda decididamente marxista.

Su crítica teatral fue inteligente y cáustica, uno de los puntos de referencia para la profesión, indiscutible y casi indiscutida, si bien alimentada por prejuicios ideológicos difícilmente sostenibles para el posmodernismo. Por ejemplo, su visión del teatro del Siglo de Oro está anclada en la interpretación sociológica que de él se hacía en los años setenta (la sumisión incondicional de los autores a la monarquía, su acendrado catolicismo, la presunta apología del honor...) sin tener en cuenta lo mucho que la crítica universitaria ha aportado en los últimos treinta años para eliminar estos prejuicios y descubrir los elementos más críticos. Fuera de esto, fue extraordinariamente severo con la recuperación de los clásicos que efectuó la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC) y Adolfo Marsillach recordó en sus memorias el tono agresivo de sus críticas y el daño que entonces produjeron a la Compañía. Del mismo modo, fue implacable con los autores del llamado " Nuevo Teatro Español", a los que en general ha vapuleado sin compasión, incluso con muchos de ellos situados en su órbita ideológica. Un no casarse con nadie que más que virtud habría que pensar en si no es cierta actitud hosca no ya hacia los profesionales, sino hacia el teatro mismo.[3]

El 17 de octubre de 2005, sufrió una parada cardiaca mientras comía en un restaurante. Fue trasladado a un hospital y falleció en la madrugada del martes 18. Donó su cuerpo a la ciencia. Durante sus últimos años escribía la columna visto/oído para el diario El País, un blog y mantenía la sección diaria barra libre en el programa La Ventana de la Cadena SER.

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