Edicto de Tesalónica

El Edicto de Tesalónica, también conocido como A todos los pueblos (en Latín: Cunctos Populos), fue decretado por el emperador romano Teodosio el 27 de febrero del año 380.[1]​ Mediante este edicto el catolicismo es la única versión verdadera del cristianismo (se solió asociar erróneamente con la prohibición del grecorromanismo, cosa que no ocurrió ya que el mismo emperador defendió a amigos paganos suyos de fanáticos cristianos, mayormente de otras corrientes no católicas, como los coptos (corriente considerada por los católicos como herética).

Constantino y el fin de la persecución

A principios del siglo IV, Constantino I había terminado con la clandestinidad de los cristianos, otorgándoles ciertos privilegios y permitiéndoles la construcción de grandes templos. En 313, a través del Edicto de Milán, el emperador había decretado la libertad de culto para los cristianos.

A cambio de esto, Constantino tomó parte en las disputas que ya existían en el seno de la iglesia, convocando en 325 el Concilio de Nicea. En este concilio se desterraron las tesis arrianas que negaban el carácter divino de Jesús como parte consustancial de Dios. A pesar de ello, el cisma arriano se prolongaría al menos hasta el siglo VI, y no terminaría hasta la muerte del último de los monarcas arrianos, el rey hispano Leovigildo. Del Concilio de Nicea se originaría el llamado Credo Niceno, último punto de encuentro entre las iglesias de oriente y occidente.

El mismo emperador Constantino fue el primer gobernante del Imperio romano de credo católico, aunque no fue bautizado hasta poco antes de morir. Con él se iniciaba una nueva época para la iglesia, y en el transcurso del siglo IV su influencia en las esferas del poder aumentaría (a pesar del paréntesis de tres años que supuso el gobierno de Juliano, durante el cual el catolicismo volvió a estar acosado por el poder) hasta que en 380 y a través del Edicto de Tesalónica se convertiría en la única versión del cristianismo válida.

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