Economía en la Hispania romana

Sestercio romano con el retrato del emperador Gordiano I (238 d. C.)

La economía de Hispania experimentó un fuerte crecimiento tras la conquista de Roma, de tal forma que, de un territorio prometedor aunque ignoto, pasó a convertirse en una de las más valiosas adquisiciones de la República y el Imperio, por ser un puntal básico de la economía romana.

La economía prerromana

Antes de la entrada de Roma en Iberia, prácticamente la totalidad de la península tenía una economía rural de subsistencia, con escaso tráfico comercial, a excepción de los núcleos urbanos, ubicados sobre todo en la costa mediterránea como Tarraco, que comerciaban con Grecia y con los fenicios.

La estrategia económica de la conquista romana

Antiguamente habían circulado por el Mediterráneo leyendas fenicias sobre las infinitas riquezas de Tartesos y sobre las expediciones comerciales con la costa hispana, que regresaban cargadas de plata. Indudablemente, estas historias contribuían al interés de las potencias mediterráneas por la península ibérica.

Tras su derrota en la primera guerra púnica, Cartago perdió importantes mercados con los que comerciar y se vio obligada a pagar tributos a Roma como compensación por la guerra. Con el fin de paliar esta situación, los cartagineses decidieron expandirse por la costa de Iberia, que entonces estaba fuera del área de influencia romana. Cartago, interesada sobre todo en obtener beneficios comerciales inmediatos, explotó las minas de plata de Carthago Nova y del litoral andaluz, extrayendo importantes cantidades de este metal con el que financiaría en gran parte la segunda guerra púnica y la campaña italiana de Aníbal.

Por este motivo entre otros, uno de los primeros objetivos estratégicos de Roma al invadir la península fue arrebatar a Cartago las minas de Carthago Nova. En parte debido a la pérdida de estos recursos, y en gran parte debido al aislamiento en que había quedado, Aníbal tuvo que renunciar a la guerra en Italia en 206 a. C.

Con la plata de las minas de Cartagena pagaron ellos sus mercenarios, y, cuando por la toma de ésta en 209 a. C. Carthago perdió estos tesoros, Aníbal ya no fue capaz de resistir a los romanos, de manera que la toma de Cartagena decidió también la guerra de Aníbal. Schulten A., "Fontes Hispaniae Antiquae"

Tras la expulsión de Cartago, parte de los pueblos indígenas de Hispania quedaron obligados a pagar tributos a Roma a través de una intrincada red de alianzas y vasallajes. A pesar de ello, a lo largo de los siglos II a. C. y I a. C., Roma tuvo a los territorios de la Hispania aún no conquistada como un lugar propicio para el saqueo y la rapiña, rompiendo con frecuencia los tratados de paz que, como los acordados en tiempos de Sempronio Graco, habían permitido periodos prolongados de paz. El levantamiento de los pueblos celtíberos y lusitanos sólo sirvió para aumentar los ingresos de Roma a través de los inmensos botines de guerra obtenidos en campañas como las de Catón el Viejo.

Esta política de obtención de riquezas por la fuerza tuvo su continuidad en las campañas de Pompeyo y posteriormente de Julio César, de quien cuentan las crónicas que acudió no sólo a luchar contra Pompeyo, sino a lucrarse de la conquista para pagar a sus acreedores.

Mientras tanto, la costa mediterránea hispana, que había sido conquistada durante la guerra contra Cartago y rápidamente romanizada, comenzaba su expansión económica y comercial que pronto haría famosa a Hispania en el mundo romano.

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