Dinastía XXV de Egipto

La dinastía XXV de Egipto, o Kushita (c. 747 a 664 a. C.) es originaria de la ciudad-estado de Napata ( Kush). Desde allí, el primer rey de esta dinastía, Alara, invadió y conquistó toda Nubia superior. El templo de Amón de Gebel Barkal se convirtió en el centro religioso alrededor del cual se constituyó una aristocracia local cuyos jefes se hacían enterrar en la necrópolis vecina de El Kurru, y terminaron por constituirse en dinastía; el primer soberano del que se conoce el nombre es Alara, pero parece que sería en realidad el séptimo de la dinastía. Al final de su reinado, desde Meroe hasta la tercera catarata del Nilo estaban bajo poder de su sucesor, Kashta.

Esta dinastía fue coetánea de la XXII, XXIII y XXIV, hasta que, en 747 a. C., sus reyes consiguieron controlar el Alto Egipto. En 715 a. C. reunificaron el país y se mantuvieron como la única dinastía reinante. Su origen los hará llamar faraones negros, faraones etíopes o también faraones kushitas. En 762 a. C. el reino de Sais resurgió, pero siguió siendo vasallo de los kushitas. Esta dinastía es considerada por la mayoría de los historiadores la época final del Tercer periodo intermedio de Egipto.

Las pirámides de Meroe.

Antecedentes

Egipto siempre consideró necesario controlar el país de Kush (Nubia), tanto para proveerse de materiales como para proteger sus rutas comerciales, y lo incorporó a la corona, convirtiéndolo en virreinato, en el siglo XVI a. C. El territorio pasó por una egiptización, con periódicas visitas de los faraones y sus visires, la construcción de numerosos templos con la consiguiente llegada del clero, y el envío de los príncipes a la corte para ser educados.

Tras la muerte de Ramsés XI, la inestabilidad política hizo que los kushitas se desentendieran de sus vecinos norteños y sus peleas por el poder, creándose un reino independiente en la Alta Nubia con capital en Napata, que fue creciendo a costa de Egipto. Durante siglos, los reyes mantuvieron las costumbres egipcias, aunque no la religión. Pero tomaron ejemplo del arte, la arquitectura, la escritura. Mantuvieron costumbres como la momificación, las tumbas piramidales y, lo más importante, la noción de ser los herederos de los faraones, descendientes del dios Amón que tenía una residencia en Napata. Tanto es así, que en el siglo VIII a. C., Kashta, tras conquistar la Baja Nubia hasta llevar la frontera a la primera catarata, se coronó con una titulatura plenamente egipcia. Su hijo Piye, reclamó todo Egipto.

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