Desnudo (género artístico)

El desnudo es un género artístico[nota 2]

Aunque se suele asociar al erotismo, el desnudo puede tener diversas interpretaciones y significados, desde la mitología hasta la religión, pasando por el estudio anatómico, o bien como representación de la belleza e ideal estético de perfección, como en la Antigua Grecia. El arte ha sido desde siempre una representación del mundo y el ser humano, un reflejo de la vida. Por ello, el desnudo no ha dejado de estar presente en el arte, sobre todo en épocas anteriores a la invención de procedimientos técnicos para captar imágenes del natural (fotografía, cine), cuando la pintura y la escultura eran los principales medios para representar la vida. Sin embargo, su representación ha variado conforme a los valores sociales y culturales de cada época y cada pueblo, y así como para los griegos el cuerpo era un motivo de orgullo, para los judíos —y, por ende, para el cristianismo— era motivo de vergüenza, era la condición de los esclavos y los miserables.[1]

El estudio y representación artística del cuerpo humano ha sido una constante en toda la historia del arte, desde la prehistoria (Venus de Willendorf) hasta nuestros días. El ser humano ha sentido desde antaño la necesidad de profundizar en su esencia, de conocerse a sí mismo, tanto en el aspecto exterior como interior. El cuerpo proporciona placeres y dolores, tristeza y alegría, pero es un compañero presente en todas las facetas de la vida, con el cual el ser humano transita por el mundo, y por el cual siente la necesidad de indagar en su conocimiento, en sus pormenores, en su aspecto tanto físico como recipiente de su «yo interior». Desde su faceta más mundana, relacionada con el erotismo, hasta la más espiritual, como ideal de belleza, el desnudo ha sido un tema recurrente en la producción artística prácticamente en todas las culturas que se han sucedido en el mundo a lo largo del tiempo. Kenneth Clark, en su obra El desnudo. Un estudio de la forma ideal (1956), enfatiza la distinción en lengua inglesa de dos tipos de desnudo: la forma humana natural (naked) y la transcripción de esa forma de un modo idealizado (nude). Esta distinción entre desnudo corporal y desnudo artístico proviene de los críticos ingleses del siglo XVIII, para los que la esencia de la pintura y la escultura era el cuerpo humano desnudo.[2]

El desnudo ha tenido desde tiempos antiguos —especialmente desde las formulaciones clásicas de la Antigua Grecia— un marcado componente estético, por cuanto el cuerpo humano es objeto de atracción erótica, y constituye un ideal de belleza que va cambiando con el tiempo, según el gusto colectivo de cada época y cada pueblo, o incluso el particular de cada espectador. La sexualidad más o menos implícita de estas imágenes ha llevado al género del desnudo a ser objeto de admiración o bien de condena y rechazo, llegando a estar prohibido en épocas de moral puritana, si bien siempre ha gozado de un público que ha adquirido y coleccionado este tipo de obras. En tiempos más recientes, los estudios en torno al desnudo como género artístico se han centrado en los análisis semióticos, especialmente en la relación entre obra y espectador, así como en el estudio de las relaciones de género. El feminismo ha criticado el desnudo como utilización objetual del cuerpo femenino y signo del dominio patriarcal de la sociedad occidental. Artistas como Lucian Freud y Jenny Saville han elaborado un tipo de desnudo no idealizado para eliminar el concepto tradicional de desnudo y buscar su esencia más allá de los conceptos de belleza y género.[3]

En la actualidad, el desnudo artístico es ampliamente aceptado por la sociedad —al menos en el ámbito occidental—, y su presencia cada vez mayor en medios de comunicación, cine, fotografía, publicidad y otros medios, lo ha convertido en un elemento icónico más del panorama cultural visual del hombre y la mujer actual, aunque para algunas personas o algunos círculos sociales sigue siendo un tema tabú, debido a convencionalismos sociales y educacionales, generando un prejuicio hacia la desnudez, que es conocido como «gimnofobia» o «nudofobia».[4]

Ahora comprenderemos mejor el porqué un arte preocupado principalmente por la figura humana deba atender ante todo al desnudo, así como la razón de que éste haya constituido el problema más apasionante del arte clásico de todas las épocas. No sólo es el mejor vehículo transmisor de todo aquello que en el arte corrobora y acrecienta de manera inmediata el sentido de la vida, sino que es también en sí mismo el objeto más significante del mundo de los hombres.

Bernard Berenson, Los pintores italianos del Renacimiento (1954).[5]

Fundamentos del desnudo en el arte

El Hombre vitruviano (1487), de Leonardo da Vinci, Galería de la Academia de Venecia. Estudio de las proporciones en el cuerpo humano.

El desnudo ha tenido desde la Antigua Grecia un marcado componente idealizador, por lo general se ha representado más desde el idealismo que desde la imitación naturalista, procurando hallar en la forma humana un ideal de perfección que trascendiese la materia para evocar el alma, la pureza de la unión entre cuerpo y espíritu. Así, los artistas griegos más que imitar el cuerpo humano lo perfeccionaban. En palabras de Aristóteles: «el arte completa lo que la naturaleza no puede terminar. Por el artista conocemos los objetivos inalcanzados de la naturaleza».[7]

El ideal de perfección del cuerpo humano proviene de la Grecia clásica, y es constatable en todas sus obras, si bien no existe referencia de cómo expresaban los escultores griegos las proporciones ideales del cuerpo humano. Han llegado noticias del célebre «canon de Policleto», pero no se sabe exactamente en qué consistía. Sin embargo, una de las expresiones más famosas de las proporciones en el cuerpo humano proviene de un arquitecto romano, Vitruvio, quien en el tercer libro de su De Architectura establecía que las proporciones ideales en arquitectura se deben basar en la medida del cuerpo humano, que es un modelo perfecto porque con brazos y piernas extendidos encaja inmejorablemente en las dos principales formas geométricas —consideradas perfectas—, el círculo y el cuadrado. Esbozó así el llamado Hombre de Vitruvio, que tuvo gran relevancia en la teoría artística del Renacimiento.[8]

Sin embargo, estos intentos de fundamentar el cuerpo humano en proporciones perfectas fueron un tanto baldíos, y sus resultados a menudo insatisfactorios, como la Némesis de Durero (1501), basada en las proporciones vitruvianas y sin embargo carente de atractivo físico. En última instancia, no hay fórmulas para plasmar de forma exacta la belleza del cuerpo, porque nuestra percepción siempre está tamizada por el pensamiento, por nuestro gusto, nuestros recuerdos, nuestras vivencias. Decía Francis Bacon que «no hay belleza excelente que no tenga algo raro en la proporción».[10]

El estudio del pintor (1563), de Giorgio Vasari, Casa Vasari, Florencia.

Se puede concluir que el factor estético del desnudo depende tanto de ciertas reglas en cuanto a proporción y simetría como a un variado conjunto de valores de carácter subjetivo, desde la espontaneidad y exuberancia de la naturaleza hasta el componente psíquico de la percepción estética, sin desechar el carácter individual de todo juicio de gusto. Según Kenneth Clark, «el desnudo representa el equilibrio entre un esquema ideal y las necesidades funcionales», siendo éstas el conjunto de factores que otorgan vida y credibilidad al desnudo artístico.[11]

Las primeras reflexiones teóricas sobre el desnudo se efectuaron en el Renacimiento: en el tratado Della Pittura (1436-1439), Leon Battista Alberti opinaba que el «estudio del desnudo» era la base del procedimiento académico de la pintura, estableciendo que «para pintar el desnudo, empezad por los huesos; añadid luego los músculos y cubrid después el cuerpo con carne, de forma que quede visible la posición de los músculos. Podrá objetarse que un pintor no debe representar lo que no se puede ver, pero este procedimiento es análogo a dibujar un desnudo y luego cubrirlo de ropajes». Esta práctica académica ha llegado prácticamente hasta nuestros días, junto al estudio del natural, constatable a principios del siglo XV en unos dibujos de Pisanello, primer autor del que se conservan este tipo de bocetos —otros anteriores pueden haberse perdido—. Alberti también recomendaba para cualquier representación de grupo efectuar antes un boceto con las figuras desnudas, antes de vestirlas en la obra final, como se percibe en un boceto de la Disputà de Rafael, donde un grupo de jóvenes desnudos y de complexión atlética conforma el conjunto que luego serían los Padres de la Iglesia y los . El desnudo, junto a la perspectiva, fueron los dos grandes factores estructurales de la composición pictórica renacentista, y en la segunda mitad del siglo XV era ya un estudio común para el aprendizaje de cualquier aspirante a artista, como se denota por obras conservadas de los talleres de Filippino Lippi, Ghirlandaio y los hermanos Antonio y Piero Pollaiuolo, y así está documentado en las Vidas (1542–1550) de Vasari.[12]

El desnudo era aceptado por los que concurrían a los salones literarios franceses del siglo XIX, siempre y cuando el entorno fuera claramente «clásico», presentando personajes de una cultura en la cual la desnudez era usual, como en este cuadro de Jean-Léon Gérôme, Jóvenes griegos con pelea de gallos (Musée d'Orsay, París, 1846).

El desnudo renacentista fue la base del estudio del cuerpo humano para la enseñanza académica del arte hasta prácticamente el siglo XX, con la premisa de estar fundamentado en la anatomía y de estar concebido bajo un criterio idealizador que excluyese cualquier connotación puramente sensualista. Uno de los principales artistas que han influido en el arte académico ha sido Rafael, uno de los primeros artistas que en sus obras incluía desnudos sin una justificación temática —como en su Matanza de los inocentes, donde los soldados de Herodes van desnudos sin haber ninguna referencia al respecto en los pasajes bíblicos sobre el tema—, pero aun así, por su estudio anatómico, por sus posturas estilizadas —que recuerdan más a bailarines que a soldados—, contienen un elemento ideal, elevado, puramente intelectual, que les confiere un sentido de nobleza artística que los aleja de cualquier consideración peyorativa. Ese era el ideal academicista, y en las principales realizaciones de esa escuela —principalmente las del llamado art pompier del siglo XIX— el elemento idealizante del desnudo es primordial para la concepción de la obra, donde cualquier atisbo de realismo o de simple sensualidad sería considerado vulgar.[13]

Un componente indisoluble del desnudo es el erotismo, elemento ineluctable por cuanto la visión del cuerpo humano desnudo genera atracción, deseo, apetito sexual. Para Kenneth Clark, este aspecto no se debe obviar ni intentar minimizar o relativizar, y mucho menos menospreciarlo moralmente, y en su ensayo sobre el desnudo contrapone a la afirmación de Samuel Alexander (en Beauty and Other Forms of Value) sobre que el desnudo de tipo erótico es un «arte falso y una moral mala» la vindicación de que si el desnudo no es erótico es un «arte malo y una moral falsa».[15]

La difícil tarea de delimitar en el desnudo artístico la frontera entre el erotismo y el idealismo, entre lo sensual y lo espiritual, llevó a artistas y filósofos a plantear diversas teorías que justificasen la existencia de estos diversos ámbitos: Platón estableció en El banquete dos distintas naturalezas de la diosa Afrodita, la natural y la celeste; la primera representaría lo material, lo vinculado a la carne, a los sentidos, el deseo y la atracción sexual; la segunda significaría lo espiritual, la belleza inmaterial, relacionada con el bien y la virtud, la expresión del alma y el intelecto. Este concepto estuvo vigente durante la Edad Media y fue retomado por el neoplatonismo del Renacimiento, convirtiéndose en fórmula del desnudo clasicista y académico, como queda perfectamente ejemplarizado en el cuadro Amor sacro y amor profano de Tiziano. En tiempos más recientes, fue reformulado en términos similares por Friedrich Nietzsche, quien en El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música (1872) distinguía entre lo apolíneo y lo dionisíaco, es decir, entre el equilibrio intelectual y la disgregación orgiástica.[16]

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