Desfile de la Victoria de Madrid de 1939

El desfile de la Victoria de Madrid de 1939 fue una exhibición militar organizada en la capital de España por el gobierno del general Franco el 19 de mayo de 1939 para celebrar el triunfo obtenido en la recientemente terminada guerra civil. Fue el punto culminante de una serie de desfiles que tuvieron lugar en otras capitales españolas. Junto con la ceremonia de la iglesia de Santa Bárbara que tuvo lugar al día siguiente pretendía mostrar el carácter permanente de la jefatura del Estado que Franco había venido desempeñando durante el conflicto bélico y consagrarle como «Caudillo» victorioso ante la nación.

Preparativos

Terminada la guerra civil, el régimen franquista se dispuso a hacer una demostración de poder en Madrid, la capital, que había resistido casi tres años el asedio de los vencedores en la guerra. Pocas semanas después de la caída de la ciudad, el 14 de abril, ya se había decidido cuáles serían las unidades que participarían en el desfile.[3]

La ciudad fue preparada a conciencia para el desfile. La Cámara de Comercio ordenó que los escaparates exhibieran retratos de Franco, así como carteles con los lemas «Franco, Franco, Franco, Arriba España», «Gloria al Caudillo», «España, Una, Grande y Libre» o «Por la Patria, el Pan y la Justicia». Las fachadas de cines, teatros, grandes almacenes y cafés fueron decorados con fotos de Franco y José Antonio, con banderas españolas y del Movimiento. Para ello, el ejército vendió, a precio de coste, 20 000 metros de colgaduras de color rojo y amarillo, así como unas cien mil banderas.[1]

Se fijó un recorrido que abarcaría los paseos del Prado, Recoletos y de la Castellana (los dos últimos renombrados como paseo de Calvo Sotelo y avenida del Generalísimo respectivamente),[8]

El día anterior al desfile, el escritor falangista Ernesto Giménez Caballero radió un alocución a través de Radio Nacional de España. En ella, proclamaba «La guerra no ha terminado. La guerra sigue. Sigue en silencio: en frente blanco invisible. Y una guerra tan implacable como la que sufrieron hasta el 1 de abril nuestros cuerpos y nuestras vísceras. Es la misma guerra, son los mismos enemigos. Es la misma canalla que no se resignará hasta su aplastamiento definitivo, histórico».[4]

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