Democracia representativa

     Países designados «democracias electorales» en la encuesta «Freedom in the World» («libertad en el mundo») de Freedom House, que cubre el año 2016.[1]

La democracia representativa (también llamada democracia indirecta, república representativa o gobierno representativo) es un tipo de democracia fundada en el principio de funcionarios electos que representan a un grupo de personas, a diferencia de la democracia directa.[3]

La democracia representativa se presenta a menudo como la forma más eficiente de democracia posible en sociedades de masas, argumentando que permite una decisión eficaz por un número suficientemente pequeño de personas en nombre del mayor número. La eficiencia del servicio se puede juzgar basándose en la métrica de rentabilidad y eficacia en el tiempo. Los representantes que votan en nombre del pueblo permiten un beneficio monetario, ya que se reduce el uso de las mesas de votación, los contadores de votos, etc. El gobierno es generalmente responsable de pagar los salarios de los representantes y tendría que cubrir el costo sustancial de una democracia. Este sistema de gobierno también es eficiente en el tiempo, ya que las decisiones pueden ser tomadas por un selecto grupo de legisladores bien informados y no por la población de todo el país.[4]

Es un elemento tanto del sistema parlamentario como del sistema presidencial de gobierno y normalmente se utiliza en una Cámara Baja como la Cámara de los Comunes (Reino Unido) o Dáil Éireann (Irlanda), y puede ser restringido por limitaciones constitucionales como una Cámara Alta. Ha sido descrito por algunos teóricos políticos como Robert A. Dahl, Gregory Houston e Ian Liebenberg como poliarquía.[6]​ En ella el poder está en manos de los representantes electos que son elegidos por el pueblo en las elecciones.

Poderes de los representantes

Los representantes son elegidos por el público, como en las elecciones nacionales para la legislatura nacional.[3]​ Los representantes elegidos pueden tener el poder de seleccionar a otros representantes, presidentes u otros funcionarios del gobierno o de la legislatura, como el primer ministro en este último caso (representación indirecta).

El poder de los representantes suele ser restringido por una constitución (como en una democracia constitucional o una monarquía constitucional) u otras medidas para equilibrar el poder representativo:

Teóricos como Edmund Burke creen que parte del deber de un representante no es simplemente comunicar los deseos del electorado, sino también usar su propio juicio en el ejercicio de sus poderes, incluso si sus opiniones no reflejan las de una mayoría de los votantes:

... debe ser la felicidad y la gloria de un representante vivir en la más estricta unión, la correspondencia más estrecha y la comunicación más sin reservas con sus constituyentes. Sus deseos deben tener gran peso con él; su opinión, alto respeto; su negocio, atención no devuelta. Es su deber sacrificar su reposo, sus placeres, sus satisfacciones, a las suyas; y sobre todo, siempre, y en todos los casos, preferir su interés a los suyos. Sin embargo, su opinión imparcial, su juicio maduro, su conciencia iluminada, no debe sacrificar a usted, a ningún hombre o a cualquier grupo de hombres vivos. Éstos no se derivan de su placer; no, ni de la ley ni de la constitución. Son un fideicomiso de la Providencia, por el abuso de que es profundamente responsable. Su representante le debe, no sólo a su industria, sino a su juicio; y traiciona, en vez de servirte, si lo sacrifica a tu opinión.[7]

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