Debate de los antiguos y los modernos

El debate de los antiguos y los modernos —también conocido como la Querella de los antiguos y los modernos—, es un tópico de la cultura occidental, consistente en la comparación entre los autores considerados clásicos y los que en cada momento se tienen por actuales.

Bien se opta por valorar más a los antiguos, a los que se considera hombres que habrían dejado dicha la última palabra de forma insuperable; bien a los modernos que, huyendo de los caminos trillados, encuentran perspectivas innovadoras y superan errores ciegamente perpetuados por la costumbre.[1]

Historia

Frases sobre el valor relativo de unos o de otros pueden rastrearse desde la Antigüedad y la Edad Media, con sus sucesivas renovaciones. Pero ese debate, en sentido estricto, es tan viejo como el Renacimiento.[3] ) aparecen muchos de ellos, y no sólo implícitamente, en las discusiones renacentistas de esa centuria.

Sin embargo, con ese rótulo, Querella, no se explicitará hasta avanzado el siglo XVII, hasta la intervención de Charles Perrault en la Academia Francesa (con el poema El siglo de Luis el Grande 1687), que abrió un debate en el que de inmediato protestó otro miembro de la Academia, Nicolas Boileau-Despréaux. De ahí que se la conozca familiarmente como la querelle.

El debate se agudizó con la publicación a partir de 1688, por parte de Charles Perrault, de los cuatro tomos de su importante Parallèle des anciens et des modernes,[4] obra que habla de literatura y artes, pero que también invita a comparar las ciencias modernas con las pasadas.

Se formaron así dos bandos, con numerosas publicaciones. Entre los "antiguos", además de los ya citados, se contaban Jean Racine, Jean de La Fontaine y Jean de La Bruyère; con los "modernos" se alinearon sobre todo Bernard Le Bovier de Fontenelle, secretario de la Academia de Ciencias de París, y Jean Desmarets de Saint-Sorlin.

Lo importante es el salto a Inglaterra de tal debate, que amplió el número de contrincantes e incorporó nuevas ideas. Pero no sólo los ingleses introdujeron la ciencia en el debate: a uno y otro lado del Canal se mantuvo ese doble filo, literario y científico, del debate.

Hasta tal punto se dan intervenciones en la querella, en otros países, que por ejemplo Jonathan Swift, para defender a William Temple uno de los que argumentaban acerca de la primacía de los Antiguos, escribe la sátira literaria La Batalla de los Libros Antiguos y Modernos (The Battle of the Books, 1704).

Puede considerarse la Querella como parte importante de la crisis de la conciencia europea, momento cultural de la Europa de finales del XVII y comienzos del XVIII que definió expresamente Paul Hazard.[5] Hasta el siglo XXI llegan los ecos del debate, y podemos encontrar centenares de aforismos y frases al respecto, más aún tras el auge y declive del posmodernismo.

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