Cristiano nuevo

Francisco de Goya tituló Por haber nacido en otra parte uno de sus dibujos sobre víctimas de la Inquisición (1808-1814). Obviamente, los cristianos nuevos habían nacido en España, como sus antepasados durante generaciones; pero la ideología dominante los identificaba con una condición étnico-religiosa ajena a lo español.

Cristiano nuevo es la denominación que ha recibido históricamente en España y Portugal un colectivo social compuesto por los conversos al cristianismo desde el judaísmo o el islam, así como sus descendientes incluso varias generaciones después de producirse la conversión original.

El concepto se opone al de cristiano viejo, concepto que, más que entenderse como tener ascendencia cristiana «por los cuatro costados» desde tiempo inmemorial (fuera esto real o imaginario), en la práctica solía reducirse a remontarse a los padres y los cuatro abuelos.[1]

La denominación de cristianos nuevos se aplicaba sobre todo a las familias judías que habían sido obligadas a adoptar la fe cristiana después de las revueltas antijudías de 1391. Los judeoconversos estaban siempre bajo sospecha de practicar su antigua religión en secreto (« judaizar» — criptojudaísmo—), y se les denominaba « marranos»; cosa que, si fue más o menos cierto en las generaciones más próximas a la conversión, dejó de serlo la mayor parte de las veces en sus descendientes con el paso del tiempo, a pesar de lo cual se mantuvieron tanto la discriminación social como la legal que les afectaba, durante la práctica totalidad del Antiguo Régimen en España (aunque muy relajada a partir de 1622, con el Conde Duque de Olivares —y especialmente desde la quiebra de 1627, que encumbró a los banqueros judeoconversos portugueses—,[3] ). En el caso de los de origen musulmán, denominados moriscos, su situación demográfica y socioeconómica era completamente distinta, así como su condición étnico-religiosa y su capacidad de resistencia ( revueltas moriscas); lo que llevó a intentar todo tipo de soluciones (tolerancia, represión, dispersión) hasta la decisión de expulsarlos a todos entre 1609-1604, cuyo éxito es objeto de debate académico. Por el contrario, la expulsión de 1492 solo afectó a los judíos, no a los conversos.

La « limpieza de sangre» o «sangre sin mezcla» que se atribuía a los llamados cristianos viejos era un concepto ideológico, sin mucho fundamento real, dado el extraordinario dinamismo migratorio y conyugal que caracterizó a la Edad Media en España. Exceptuando a los campesinos de las zonas más septentrionales, es improbable que existieran en los reinos cristianos peninsulares muchos habitantes que no tuvieran algún antepasado musulmán o judío; al igual que en al-Andalus la mayor parte de la población necesariamente descendería de la población hispanorromana (los llamados muladíes), a pesar de que los que deseaban prestigiarse se esforzaran en demostrar ascendencia árabe.

Paradójicamente, la conversión, forzada o no, abría el camino para que pudiera actuar la Inquisición española (establecida en 1478 explícitamente para reprimir a los judaizantes), ya que la competencia del Santo Oficio era sobre cristianos, no sobre musulmanes o judíos. Los delitos que perseguía eran los relacionados con prácticas u opiniones heterodoxas ( herejía, o desviación de la ortodoxia católica). Así, los cristianos nuevos de origen judío o (más raramente) musulmán, no eran procesados o condenados por ser miembros de otra religión (o secta, que sigue otra ley —la ley mosaica o la ley de Mahoma—), sino por la desviación respecto a la que oficialmente practicaban (la ley de Cristo).

Un importante tema de debate historiográfico (que en esencia se remonta a las reflexiones contemporáneas de los arbitristas y de los posteriormente identificados como contribuyentes a la leyenda negra) ha sido si la represión a los cristianos nuevos fue una de las causas de la decadencia española, no sólo por lo que afectó a elementos productivos en todos los ámbitos, sino por la forma en que desincentivó el desarrollo económico de una sociedad que, dada la identificación de los conversos con las actividades financieras[5]

Judeoconversos

El primero de los conflictos fue el de los judeoconversos, cuyo número (que sería del orden de unos 300 000 a principios del siglo XVI, un 5 % de la población, pero que suponía un porcentaje mucho más importante en ciertas ciudades)[11] los Dávila o los los Pérez), y en el de un selecto grupo de altos clérigos (como Alfonso de Valladolid, la familia de Pablo de Santa María, Juan Arias Dávila, Gonzalo de Vivero, Hernando de Talavera, Pedro Díaz de Toledo y Ovalle o Francisco de Toledo Herrera).

Se denunciaba la connivencia entre judíos y conversos, entre los que (independientemente de la religión) persistían contactos familiares y socioeconómicos y redes clientelares, aunque tuvieran que mantenerse separados espacialmente por el establecimiento de juderías (ya existentes como comunidades jurídicas — aljamas—, pero que pasa a ser obligatorio mantener apartadas espacialmente desde las Cortes de Toledo de 1480); o, como fue el caso de Valencia, por su supresión, lo que hacía que los contactos se establecieran entre los judíos de Murviedro (Morvedre-Sagunto) y los conversos de Valencia.[12] De las trescientas juderías que había en total, solamente se tiene constancia de que se efectuó tal apartamiento en unas treinta, pero eran las más importantes de la Corona de Castilla (a la que afectaba la ley). Había otras notables juderías en Portugal, Navarra, Aragón y (con el nombre de call) en Cataluña y Mallorca. Las juderías del reino de Granada, muy importantes en época nazarí, tuvieron poca continuidad en época cristiana, a causa del breve tiempo que pasó entre la conquista y el decreto de expulsión.

Revueltas anticonversas

La revuelta anticonversa de Toledo de 1449, liderada por el alcalde mayor Pedro Sarmiento, tuvo como desencadenante la actividad recaudatoria del converso Alfonso Cota (padre del poeta Rodrigo Cota); pero su trascendencia más decisiva fue que su ejemplo extendió los estatutos de limpieza de sangre como requisito para entrar en muchas instituciones castellanas. Aunque tal causa era muy popular, muchas de entre el gran número de revueltas anticonversas de la época no tenían nada de espontáneo, sino que estaban provocadas por los intereses cruzados en las guerras civiles castellanas de la época, no siempre en favor del mismo bando. El 14 de marzo de 1473 (en Cuaresma) tuvo lugar en Córdoba una matanza de cristianos nuevos, a los que se acusaba de haber profanado la procesión de la Hermandad de la Caridad (que sólo aceptaba a cristianos viejos). La represión de la revuelta por Alonso de Aguilar,[22]

El establecimiento de la Inquisición y la resistencia conversa

La implantación de la inquisición suscitó fuertes resistencias en muchas ciudades, protagonizadas principalmente, pero no exclusivamente, por los conversos. En la mayor parte se limitaron a protestas encauzadas institucionalmente, como en Teruel. En dos destacados casos: Sevilla y Zaragoza, se plantearon de forma clandestina.[27]

La expulsión de los judíos en 1492

Los Reyes Católicos, dentro de su política de máximo religioso,[32]

Persistencia del «problema converso»

En cuanto a la discriminación de los conversos, al ser sus causas de naturaleza social más que religiosa o racial, no acabó por la desaparición de los judíos, sino que subsistió con oscilaciones durante toda la Edad Moderna, siendo sufrida por algunos de los más importantes intelectuales de los Siglos de Oro, como Luis Vives, los hermanos Valdés, los hermanos Vergara, Fernando de Rojas, Andrés Laguna, San Juan de Ávila, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León o Luis de Góngora (cuya condición conversa fue ampliamente ridiculizada por Quevedo); y entre los portugueses Samuel Usque, Pedro Nunes, Garcia de Orta, Francisco Rodrigues Lobo o António Nunes Ribeiro Sanches.[33]

En cuanto a la represión inquisitorial, fue renovándose periódicamente, en continuidad con la fortísima que se había iniciado en 1478 (con miles de ejecutados). Los últimos procesos importantes tuvieron lugar a mediados del siglo XVIII (el del destacado novator Diego Mateo Zapata en España, 1745, o el del dramaturgo António José da Silva en Portugal, 1739).

La necesidad de ocultar el origen judío, o de compensarlo con celo del converso (lo que les llevó a todo tipo de extremos, como el de algunos inquisidores —comenzando por el propio Tomás de Torquemada—,[37]

Hice el Credo y adorar

ollas de toçino grueso

torreznos a medio asar

oir misas y rezar

santiguar y persignar

y nunca pude matar

este ratro de confeso.

Antón de Montoro, 1474.[38]

La extensión de la presencia de antepasados judíos alcanzaba a todas las clases sociales, incluida la aristocracia y la mismísima familia real, originando una peculiar literatura de denuncia ( Libros verdes, entre los que el más divulgado fue el Tizón de la nobleza, 1560). El conocimiento general de la condición cristiana nueva de algunos linajes no impidió que se mantuvieran en lo más alto de la sociedad y del Estado (como la casa de Olivares y los Enríquez —a través de los cuales la condición cristiana nueva habría llegado también a los Trastámara y a los Habsburgo, aunque ya el primero de los Trastamara, Enrique II de Castilla, ya sería cristiano nuevo por parte de su madre, Leonora de Guzmán—). Parece que la madre de Fernando el Católico, Juana Enríquez, tenía antepasados cristianos nuevos. Más discutible es la pretendida condición judeoconversa de la familia de María de Padilla, amante de Pedro I el Cruel y abuela de Catalina de Lancaster (abuela a su vez de Isabel la Católica), aunque lo que sí es muy referido es la mala fama que tenía de hechicera y su relación con un judío que le habría suministrado unas joyas encantadas para enamorar a Pedro, quien por su parte también era sujeto de todo tipo de acusaciones (provenientes del partido Trastámara) por su política filojudía y filoconversa (que también se extendía a sus amantes).[39]

En el Antiguo Régimen, la sospecha de ascendencia judeoconversa era poco menos que universal; pero tales sospechas ni siquiera se disiparon en época contemporánea, cuando el problema converso había dejado de ser un movilizador social (con la significativa excepción de Mallorca) y suscitaba interés únicamente entre los historiadores y los críticos literarios. La búsqueda de antepasados conversos en todos los personajes del Siglo de Oro se hizo extensiva e intensivamente, y pocos de ellos habrá que se hayan librado de tales pesquisas. Está en duda que Bartolomé de las Casas o Mateo Alemán fueran de origen judeoconverso, mientras que la existencia de judeoconversos en el árbol genealógico de Miguel de Cervantes le impidió probar su limpieza de sangre.[40] Más evidente es la ascendencia cristiana nueva de los franceses Michel de Montaigne o Alexandre de Rhodes.

A pesar de la prohibición de que los cristianos nuevos viajaran al Nuevo Mundo, hubo casos evidentes, como el de Pedro Arias Dávila; incluso comunidades marranas enteras establecidas en zonas concretas, destacadamente la que Luis de Carvajal y de la Cueva formó en Monterrey ( Nuevo Reino de León).

Marranos y «judíos nuevos»

Una crónica judía muy citada cuenta la siguiente anécdota atribuida a un inquisidor de Sevilla y al corregidor de esa ciudad: si deseáis daros cuenta de la cantidad de marranos,... subamos a lo alto de esta torre.... Por más frío que sea el tiempo, no veréis humo alguno elevarse de aquellas habitaciones, pues es sábado. Y, durante este día, no se permite a los judíos tocar el fuego para encender.[41]

El concepto de marrano se aplicaba al judeoconverso que judaizaba, aunque se generalizó de forma genérica como despectivo para todos ellos. Su uso quedó fijado por la historiografía, sin matices despectivos, para la particular forma que adquirieron las prácticas criptojudías en la península ibérica ( corona de Castilla y reino de Portugal, siendo un término también usado, aunque con menor frecuencia, en la Corona de Aragón), y a los que, emigrando fuera de ella (especialmente al Norte de Europa y al Imperio otomano) generaciones después de la expulsión de 1492, se encuentran con las comunidades de judíos sefarditas establecidas allí, sufriendo un nuevo choque cultural y una no fácil convivencia (se les aplicaba generalmente el concepto de anusim —converso a la fuerza—, o incluso el de minim —hereje—). Casos destacados fueron los de Isaac Cardoso y Rodrigo Méndez Silva en Venecia y de Diego Teixeira Sampayo en Hamburgo. Entre los denominados judíos nuevos de Ámsterdam estuvo Uriel da Costa (a comienzos del siglo XVII), Orobio de Castro, Samuel Rosa, Juan de Prado, Nicolás Oliver Fullana, Isabel Correa y Miguel de Barrios[43]

Como los que viven en España no guardan la Ley ni son circuncidados, y aunque hagan algunas ceremonias de dicha Ley y hayan ido a circuncidarse a algunas partes de Italia y Flandes... faltan en estas cosas de ordinario que son las esenciales, a los tales los tienen allá los verdaderos judíos por herejes que en hebreo los llaman minim.

Jacob Cansino[44]

Chuetas

La comunidad chueta se conformó en Mallorca como resultado de las prácticas endogámicas y la identificación por el resto de la sociedad mallorquina de esa comunidad como «judía», a pesar de profesar en su mayor parte la fe católica desde la conversión, aunque en su seno se desarrollaban también prácticas criptojudías y sincréticas.

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