Conversación en La Catedral

Conversación en La Catedral Ver y modificar los datos en Wikidata
de Mario Vargas Llosa Ver y modificar los datos en Wikidata
GéneroNovela del dictador y novela social Ver y modificar los datos en Wikidata
Ambientada enOchenio de Manuel Odría Ver y modificar los datos en Wikidata
Lima Ver y modificar los datos en Wikidata
IdiomaEspañol Ver y modificar los datos en Wikidata
Editorial
CiudadBarcelona Ver y modificar los datos en Wikidata
PaísPerú Ver y modificar los datos en Wikidata
Fecha de publicación1969 Ver y modificar los datos en Wikidata
FormatoLibro
(en dos tomos la primera edición)
Serie
Los cachorros (1967)Conversación en La Catedral Ver y modificar los datos en WikidataPantaleón y las visitadoras (1973)
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Conversación en La Catedral es la tercera novela del autor peruano Mario Vargas Llosa, publicada en 1969 y reconocida como una de sus grandes obras junto a La ciudad y los perros, La casa verde y La guerra del fin del mundo. Escrita entre París, Lima, Washington, Londres y finalmente Puerto Rico, la novela en un comienzo fue pensada para publicarse en dos partes por la extensión de sus páginas, hecho que solo ocurrió en la primera edición. Según Vargas Llosa, ninguna otra novela le ha dado más trabajo, entre revisiones y reescrituras. Asegura que «si tuviera que salvar del fuego una sola de las que he escrito, salvaría esta».[2]

La pregunta clave de la novela

Mientras el protagonista observa la descolorida Avenida Tacna en el centro de Lima, se hace la muy conocida pregunta: "¿En qué momento se había jodido el Perú?".

El principio de Conversación en La Catedral es considerado uno de los mejores inicios de una novela. Santiago Zavala, el protagonista, abre la novela planteándose de saque una pregunta: ¿en qué momento se jodió el Perú?

Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú? Los canillitas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia la Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la Plaza San Martín. El era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución. Ve una larga cola en el paradero de los colectivos a Miraflores, cruza la Plaza y ahí está Norwin, hola hermano, en una mesa del Bar Zela, siéntate Zavalita, manoseando un chilcano y haciéndose lustrar los zapatos, le invitaba un trago. No parece borracho todavía y Santiago se sienta, indica al lustrabotas que también le lustre los zapatos a él. Listo jefe, ahoritita jefe, se los dejaría como espejos, jefe.

La interrogante nace del desconcierto y el pesimismo del protagonista (Santiago, alter ego del escritor), incapaz de comprender la realidad peruana en su conjunto, a la cual juzga con criterios esencialmente morales.[3]​ Tiempo después, tratando de buscar una respuesta a su misma pregunta, el autor dirá que no hubo ningún momento específico en que se haya “jodido” el Perú, sino que han sido en realidad varios momentos a lo largo de su historia.