Consecuencias económicas de la Primera Guerra Mundial

Cartel propagandístico en favor de la suscripción de deuda pública.

El efecto de la Primera Guerra Mundial sobre la economía es causa de múltiples polémicas ya que, como todo análisis histórico y económico, está profundamente ligado a la ideología política. En cualquier caso, casi todo el mundo coincide en que ésta ocasionó grandes convulsiones que marcan el final de una época (hegemonía indiscutible de Europa), y el inicio de una transición hacia un nuevo orden mundial que se consolidaría con la Segunda Guerra Mundial. Muchos autores ven en la Gran Depresión una consecuencia directa de la magnitud de los cambios que se produjeron.

La preparación del conflicto bélico y, especialmente su ejecución, supusieron un incremento de los gastos militares. Las estimaciones elevan la cifra de gastos entre 260.000 y 339.000 millones de dólares de la época.[1] Para hacer frente a estos gastos extraordinarios, se recortó el capital.

En el Reino Unido, Alemania y Francia la financiación de las acciones bélicas no fue cubierta con los ingresos de carácter ordinario.[1] La gran mayoría de los gobiernos se endeudaron fuertemente, hasta extremos insospechados hasta entonces, recurriendo a campañas propagandísticas de carácter patriótico y se generaron fuertes presiones inflacionistas. La estrategia financiera estaba dirigida hacia la victoria militar que iría seguida por indemnizaciones millonarias de los derrotados.

El tejido productivo se orientó a la producción de armamento, de forma que los bienes de consumo empezaron a ser escasos. Todo tuvo un impacto muy negativo sobre los estratos más pobres de la sociedad, causando numerosas revueltas, como la Revolución rusa.

Hundimiento del patrón oro

El sistema de pago internacional, conocido como patrón oro había venido funcionando desde 1870, y se caracterizaba por la utilización del oro para liquidar las transacciones y deudas internacionales, como «valor estándar» con el cual las diferentes naciones fijaban la paridad de su moneda.

El comienzo de la guerra supuso que todos los países suspendieran el patrón oro, las transacciones financieras pasaron a estar controladas por los gobiernos y los tipos de cambio fijados por los gobiernos unilateralmente. Durante la guerra, las potencias europeas tuvieron que importar grandes cantidades de armamento, y eso supuso la desaparición casi total de oro en los países beligerantes. Por el contrario, los países neutrales, exportadores netos de armamento, tenían un gran exceso, que era peligroso poner en circulación sin caer en procesos hiperinflacionarios. Estos fueron principalmente los Estados Unidos de América y España. Estados Unidos pasó de acaparar, en 1913, el 26% de las reservas mundiales de oro para fines monetarios hasta el 39% en el año 1918.

En estas circunstancias, al finalizar la guerra, restaurar este sistema de pago resultaba inviable: los bancos centrales de algunos países no disponían de reservas suficientes como para realizar pagos internacionales, mientras que otros tenían en exceso, pero no podían aplicar la lógica seguida del tipo de interés.

En consecuencia, se abandonó esta práctica. En muchos países, se empezó a utilizar dinero fiduciario, es decir, sin más tipo de respaldo que la confianza. La falta de conocimientos sobre este sistema monetario, así como la facilidad con la que era posible producir más moneda para el Estado, llevaron a las grandes hiperinflaciones de los años veinte, principalmente en Alemania y Austria.

A nivel internacional, la falta de un sistema estable de pagos perjudicó fuertemente el comercio, a pesar de que la libra esterlina se mantuvo como moneda de referencia, con una progresiva tendencia hacia el dólar.

A finales de los años veinte, se intentó recuperar este sistema, pero errores en la fijación de la paridad de la libra esterlina vaciaron pronto las reservas británicas y propiciaron el Crack de 1929 en la bolsa de Nueva York. Este hecho fue determinante para la llegada de la Gran Depresión y el fracaso definitivo del patrón oro.

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