Compañía de Filipinas

La Junta de Filipinas, óleo sobre tela de gran formato realizado por Francisco de Goya en 1815 (Museo Goya, Castres, Francia).
Francisco Cabarrús, primer director de la Compañía, pintado por Francisco de Goya en 1788.

La Real Compañía de Filipinas fue una empresa privilegiada del periodo ilustrado establecida el 10 de marzo de 1785 por una Real Cédula de Carlos III, dirigida por Francisco Cabarrús, asumiendo las funciones que hasta ese momento había venido desarrollando la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas.

Historia

Fundación

Francisco Cabarrús, director de la Compañía Guipuzcoana de Caracas, a punto de ser disuelta, propone unir el comercio de América con el de Asia a través de las Filipinas incorporando los derechos de la antigua compañía a la nueva. Su plan es adoptado, y la Real Compañía de Filipinas es establecida el 10 de marzo de 1783, antes de ser institucionalizada el 10 de marzo de 1785[1]​ por una Real Cédula de Carlos III, siendo dirigida por Francisco Cabarrús.

La finalidad de la compañía era promover el comercio directo entre las Filipinas (entonces colonia del Imperio español) y la metrópoli. La Real Cédula también prevía cerrar el puerto de Manila a cualquier buque extranjero. Por lo tanto, sólo la compañía podía importar mercancías de México, de China o de las Indias Orientales, así como dirigir carga desde el Lejano Oriente.

Actividad

Se fundó con un capital inicial de 3.000 acciones de 250 pesos cada una, participando en la operación las incipientes empresas financieras españolas. Más tarde, incrementó su capitalización con la emisión de bonos. La compañía se enriqueció rápidamente - su capital era, a fines de 1785, de 10 millones de pesos - y buscó modernizar las capacidades de exportación del archipiélago; tomó el control de las otras compañías y conservó la estrategia comercial ya existente que privilegiaba el cultivo de exportación: añil, café, azúcar, especias, algodón.

La Real Compañía de Filipinas obtuvo el monopolio de la industria del comercio, sirviendo para mantener una actividad estable entre Asia y España a través de la ruta del cabo de Buena Esperanza y reforzando el papel de las Filipinas en el entorno asiático.

Los reyes de España concluyeron, con el fin de proporcionar esclavos a las Indias Orientales Españolas, contratos de asiento con diferentes empresas, principalmente portuguesas y españolas. En 1713, Inglaterra, victoriosa en la Guerra de Sucesión Española, obtuvo el monopolio de este comercio, pero el último asiento es contratado con la Real Compañía de Filipinas en 1787. Los negros eran medidos y, después, "marcados al hierro", hasta la prohibición de esta práctica en 1784.

Monopolio y declive

Retrato del director de la Compañía de Filipinas José Luis Munárriz, realizado por Francisco de Goya en 1815.

Cuando la compañía crece y comienza a participar en otros monopolios españoles, redujo los derechos de monopolio de las demás empresas del imperio, lo que dio lugar a problemas sobre competencias con los que operaban con productos similares con América. Los conflictos más graves tuvieron lugar con los comerciantes de Manila y con los mismos filipinos, que utilizaban la ruta hacia Acapulco para sus propias actividades, o con el Reino Unido, que mantenía el comercio asiático como primera potencia.[3]

El escritor José Luis Munárriz entró al servicio de la Compañía en 1796, en la que se convirtió en secretario y, después, director el 30 de marzo de 1815.

Estos problemas derivaron en una progresiva decadencia del proyecto a partir de 1794, quedando prácticamente inoperativa a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Durante la regencia de María Cristina en nombre de Isabel II, de 1833 a 1840, la compañía fue disuelta.