Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco

Ex-convento de Santiago Tlatelolco
Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco - 1.JPG
Tipo Iglesia parroquial
Advocación Santiago Apóstol
Ubicación Bandera de México Tlatelolco, México
Coordenadas 19°27′03″N 99°08′12″O / 19.45088889, 19°27′03″N 99°08′12″O / -99.13669444
Uso
Culto Iglesia católica
Diócesis Arzobispado de México
Orden Clero secular
Arquitectura
Construcción 1500- 1890
Estilo arquitectónico Barroco
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Zona arqueológica con la iglesia al fondo.
Entrada lateral.
Vista del interior.
Cúpula del templo.
Mural en una pared lateral

El Colegio de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco fue la primera institución de educación superior de América, preparatoria para la universidad, destinada a los indígenas. Fue el centro más importante de las ciencias y las artes durante la primera mitad del siglo XVI en la Nueva España. «Durante los 50 años de su funcionamiento, el Colegio de Tlatelolco constituyó un establecimiento científico en el cual se cultivó preferentemente la medicina nahua y, al mismo tiempo, fue la escuela de ciencias políticas en que se preparaba a los hijos de los caciques para el gobierno de los pueblos de indios».[1]

Respecto a una visión histórica de conjunto sobre el Colegio de Santa Cruz, son muy interesantes las conclusiones del historiador de la ciencia Elí de Gortari:

Las actividades del Colegio de Tlatelolco, sobre todo por la animación que tuvieron durante [casi] 50 años con la labor de Bernardino de Sahagún, lograron impulsar una corriente vigorosa en favor de la enseñanza superior y de la investigación científica, con base en la integración cultural de los conocimientos indígenas y españoles. Entre los frutos más importantes que produjo tenemos la incorporación de los remedios y la terapéutica indígena a la medicina novohispana y, luego, a la práctica médica europea [a través de la obra del doctor Nicolás Monardes, impresa en Sevilla por Hernando Díaz y publicada en 1545: Dos libros el uno que trata de todas las Cosas que traen de Nuestras Indias Occidentales, que sirven al uso de la Medicina, y el otro que trata de la Piedra Bezaar, y de la Yerba Escuerconcera]; la preparación de los caciques en el arte de gobernar, de acuerdo con los designios de los conquistadores; y la poderosa influencia y el estímulo directo que ejerció para el establecimiento de otros centros de enseñanza superior, como fueron el Colegio de San Nicolás, la universidad de México y los Colegios Mayores de diversas advocaciones. Sin embargo, con excepción del Colegio de San Nicolás, en esas otras instituciones se abandonó el propósito de la integración cultural entre indígenas y españoles, ya que se dedicaron fundamentalmente a la enseñanza religiosa y la educación de los españoles y criollos. Todavía en 1575, Alonso de la Veracruz fundó en la ciudad de México el Colegio de San Pablo —después llamado de San Gregorio—, destinándolo a la educación de los niños indígenas. Pero, hacia el año de 1595 —cinco años después de la muerte de Sahagún— el Colegio de Tlatelolco había involucionado para volver a ser simplemente una escuela elemental; y, en unos cuantos años, acabó por desaparecer. También los otros colegios establecidos para la educación de los indígenas tuvieron una existencia efímera y, al finalizar el siglo XVI, prácticamente se habían extinguido. Los proyectos de enviar indígenas destacados por su capacidad y dedicación para el estudio, para que se perfeccionaran en las universidades españolas y después regresaran para elevar la enseñanza superior en la Nueva España, jamás se llevaron a la práctica y pronto se olvidaron por completo. Es más, en la Ordenanza de los Maestros del Nobilísimo Arte de Leer, Escribir y Contar —que fue la primera ley de educación primaria que hubo en la Nueva España— promulgada en 1600, se señaló expresamente que "el que hubiere de ser maestro no ha de ser negro, ni mulato, ni indio; y, siendo español, ha de dar información de vida y costumbres y ser cristiano viejo". De este modo, los indígenas quedaron excluidos de manera tajante de las tareas educativas, al propio tiempo que se abandonó su instrucción en todos los niveles.

Historia

Orígenes y apertura, 1533-1536

Hacia 1533, los frailes franciscanos encargaron al francés fray Arnaldo de Bassacio la enseñanza de gramática latina dada en lengua española a los indígenas. El obispo de Santo Domingo, Sebastián Ramírez de Fuenleal, fue el que propuso este proyecto a los miembros de la Orden de San Francisco. La instrucción se impartió en la capilla de San José en el convento de San Francisco de México, mismo lugar en el que se les solía impartir la doctrina cristiana y diversos oficios bajo la dirección de fray Pedro de Gante, fundador del Colegio de San José de Belén de los Naturales o Colegio de San Francisco.

Las lecciones de latín fueron, sin embargo, de nivel básico. Probablemente se centraron en la explicación de algún tema de la gramática sobre un texto elegido por parte del profesor. Bassacio fue sólo el primero, no el único. Al parecer, fue Ramírez de Fuenleal quien, junto a de Gante, supervisó continuamente el funcionamiento del plan, sobre el cual tenía bastantes expectativas. De hecho, declaró que los alumnos presentaban mayor capacidad de aprendizaje que los españoles.

Debido al éxito inicial de tal empresa, el obispo Ramírez de Fuenleal escribió una epístola al Rey Carlos I, el 8 de agosto de 1533, en la que solicitó permiso para que, en calidad de presidente interino de la Real Audiencia de México, pudiera tomar de la hacienda real hasta 111 metros cúbicos (2 mil fanegas) de maíz para alimentar a los estudiantes y 200 pesos de minas para el pago de salarios. El jefe de diócesis tenía previsto contratar maestros de latín posiblemente laicos y desconocedores del náhuatl. Esto implica una probable ampliación de la población escolar, de su nivel académico (pues se les debía leer ya libros en latín) y, tal vez, un aumento de las labores de los religiosos en proporción a su cantidad.

Posteriormente, seguramente entre septiembre y octubre de 1534, el custodio fray Jacobo de Testera hizo que dos religiosos dejaran el convento de San Francisco y se incorporaran al de Santiago Tlatelolco, a poco menos de un kilómetro y medio. Una vez en la comunidad —llamada por sus contemporáneos Tlatilulco, la muy conocida “ciudad gemela de Tenochtitlán” erigida en el siglo X y que hoy es un yacimiento arqueológico ubicado en la ciudad de México— los frailes se instalaron en dos celdas que estaban arriba de la iglesia. Su trabajo consistió en administrar los sacramentos a los indígenas y en leerles determinados textos.

Desde 1533, el primer obispo y arzobispo de México, fray Juan de Zumárraga, se ausentó del virreinato para viajar a España y ser consagrado obispo de Valladolid. Regresó durante el otoño de 1534. Un año después, en el capítulo general de Niza, se elevó la custodia franciscana del Santo Evangelio a la categoría de provincia autónoma. Asimismo, en el capítulo realizado en la Nueva España, los vocales designaron primer ministro provincial, por unanimidad, a fray García de Cisneros. Durante la misma época, en abril de 1535, después de haber sido nombrado primer virrey de la Nueva España por Carlos I, Antonio de Mendoza arribó a la colonia que habría de gobernar en su representación.

«La admiración suscitada por los conocimientos alcanzados por los indígenas hizo que se establecieran los medios necesarios para su conservación, su compilación sistemática y su fomento.»[3] Así, Sebastián Ramírez de Fuenleal y García de Cisneros, con el sostén de Antonio de Mendoza y Juan de Zumárraga, planearon la apertura de un colegio de educación superior exclusivo para muchachos indígenas. Santiago Tlatelolco, el barrio al norte de la ciudad de México, fue el lugar elegido; 6 de enero de 1536, el día de la Epifanía, fue el tiempo designado. Siguiendo la explicación del historiador erudito Joaquín García Icazbalceta, en esa fecha se celebraba la llegada de los magos del oriente a Belén para entregarle tres ofrendas al recién nacido Jesús ( Mateo 2:1-12). Este acontecimiento era interpretado como el llamado divino a los gentiles, la revelación de Jesucristo como salvador de todo el mundo. Así, la elección de ése día para la inauguración fue una clara analogía entre la convocación por parte de Dios hacia los no judíos paganos para integrarse al cuerpo de Cristo, y la invitación de Dios y los cristianos españoles hacia los indígenas idólatras para unirse, no sólo al cuerpo de Jesús, sino también a una sociedad con una cultura diferente, a través de la educación; un forma de decir: la luz les ha llegado. Al menos fue esto lo que probablemente pensaron al optar por ese momento.

El Colegio de Santa Cruz de se inauguró oficialmente, pues, el 6 de enero de 1536, a ocho meses de la llegada de Antonio de Mendoza a la Nueva España, a quince años de la caída de Tenochtitlán, erigiéndose como la primera institución de educación superior de América. Respecto a lo ocurrido ese día, el cronista religioso Gerónimo de Mendieta informa lo siguiente:

Esta fundación del Colegio de Santa Cruz se hizo con mucha autoridad, porque se hizo solemne procesión desde S. Francisco de México, donde se juntaron el virrey D. Antonio de Mendoza y el obispo de México D. Fr. Juan Zumárraga, y el obispo de Santo Domingo D. Sebastián Ramírez, presidente que había sido de la real audiencia de México (que aún no era ido), y con ellos toda la ciudad. Predicáronse tres sermones aquel día. El primero predicó el doctor Cervantes[4] de S. Francisco, antes que la procesión saliese. El segundo, Fr. Alonso de Herrera, en Santiago, al tiempo de la misa. El tercero, Fr. Pedro de Rivera; todos tres hombres muy doctos y de mucha autoridad, y este último predicó en el refitorio de los frailes de aquel convento de Santiago, donde comieron aquellos señores a costa del buen Zumárraga.

Gerónimo de Mendieta[5]

Organización

Objetivos, 1536-1540

El Colegio de Santa Cruz fue una institución franciscana de élite creada para que niños indígenas de entre diez y doce años pudieran internarse para ser educados. Se eligieron a los hijos más aptos de la nobleza indígena, de los señores y principales de los mayores pueblos o provincias de Nueva España —dos o tres por cada cabecera o pueblo principal, aproximadamente cien niños en total. Durante los primeros cuatro años de su funcionamiento, la escuela no aceptó a más estudiantes.

La instrucción tuvo, por su lado, dos propósitos. Primero y más importante, la formación intelectual y espiritual de los más inclinados al sacerdocio para así volverlos catequistas. Los franciscanos consideraron que la evangelización de los naturales sería más efectiva si era llevada a cabo por sacerdotes nativos, siendo tal vez lo más importante no su labor, ya que serían pocos, sino el sólo hecho de su existencia, que sería el símbolo más grande de aceptación y asimilación de los elementos culturales de los conquistadores. Segundo, la formación de una clase más educada entre los indígenas laicos para que en el futuro pudieran ocupar puestos importantes en la vida política y social de sus respectivas comunidades.

Debido al primer propósito de la educación impartida, en los primeros años del colegio, aproximadamente de 1536 a 1540, la vida de los estudiantes fue muy similar a la monástica. Los alumnos comían junto con los frailes en el refectorio. Dormían en una habitación larga, similar al dormitorio de las monjas, con camas en ambos lados del cuarto, separadas por un pasillo que lo atravesaba transversalmente; las camas de la derecha estaban sobre unas tarimas de madera debido a la humedad. No se debe caer en el error de pensar en camas formales de armazón de madera. Estas eran, más bien, un tejido grueso para colocar sobre el suelo y una frazada, ya para tender sobre el tejido —pues era hecho de espartos, juncos, palmas u otros incómodos materiales de este tipo— en temporadas de calor, ya para cubrirse en las de frío. Cada alumno poseía, además, una caja con cerradura para guardar sus pertenencias (ropa y libros) y su respectiva llave. Tenían también lumbre y celadores toda la noche.

Otra cosa que el colegio compartía con los monasterios era el officium divinum, un conjunto de servicios no sacramentales de la oración que debían ser pronunciados en momentos establecidos del día de acuerdo con el Breviario, escrito hacia el siglo XIII. Sin embargo, es posible que no se celebraran los nueve oficios divinos; al parecer, maitines, celebrado en la madrugada para la Virgen María, era el que no podía faltar. Luego, frailes y estudiantes iban en procesión hacia la iglesia, cantaban en coro a la Virgen y oían una misa. Entonces, regresaban a las instalaciones del colegio para desayunar, mientras escuchaban recreativas lecturas. Luego, comenzaban a tomar sus clases. A éstas seguían estudios en privado, preces comunes y, finalmente, un tiempo de distracción. Como se puede apreciar, casi nunca salían del complejo escuela-convento.

Administración, 1536-1546

A lo largo de los primeros diez años del colegio, de 1536 a 1546, el guardián del convento de Santa Cruz fue el encargado de su administración. Antonio de Mendoza fue quien nombró mayordomo del colegio a este guardián del convento. Debe recordarse que la escuela de Santa Cruz fue una institución de subsidio gubernamental. Así, este mayordomo fue el encargado, como representante del virrey, de todos los asuntos económicos. Fuera de esto, los franciscanos sí se inmiscuyeron.

Los franciscanos no quisieron encargarse de los problemas económicos que les hubiera traído entremeterse con la administración del Colegio. El gobernador de la Nueva España, siempre interesado por el bienestar de los indígenas, fue quien estuvo al pendiente de que no le faltasen recursos materiales. De hecho, fue él quien asumió el costo de la edificación de piedra, ya que hasta 1538 el colegio fue de adobe. Y para su sustento donó algunas de sus estancias y haciendas.

Actividades académicas, 1536-1540

En el colegio de Tlatelolco se enseñaron las siete artes liberales, disciplinas que eran parte del currículo de las universidades medievales y que se remontan a la Antigüedad (la Academia y el Liceo, por ejemplo). No se necesitó comenzar con clases de español porque sólo se seleccionaron niños que ya supieran leerlo y escribirlo, al menos parcialmente. Así, su plan de estudios giró en torno a dos ejes. Primero, el formativo, el más importante por ser el que permitía el aprendizaje del latín, el trivium: gramática, retórica y lógica. Segundo, el complementario, el cuadrivium: aritmética, geometría, astronomía (aún asociada con la astrología) y música.

Sin embargo, las asignaturas eran modificadas de acuerdo a las necesidades de los alumnos o de la sociedad. Al trivio fueron agregados cursos de teología y religión pues, en un comienzo, se quería formar sacerdotes. Al cuadrivio, por su parte, le fueron adicionadas clases de medicina cuando surgían epidemias entre la población. También se aumentó la de música y se creó la de pintura. El currículo de Santa Cruz fue, pues, el de toda una universidad, muy completo. Claro está que, en un comienzo, hubo deficiencias. En estos primeros años los estudiantes carecieron de libros de texto para las clases del cuadrivio que, además, se dieron muy posiblemente en español; pero esto no sucedió para las del trivio. Con el paso del tiempo se les permitió la consulta de los libros de la biblioteca del colegio a los alumnos más aventajados.

En este periodo no hubo investigación; los muchachos apenas estaban creciendo intelectualmente. Tomó varios años el surgimiento de copistas, escritores, traductores e investigadores.

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