Cliente (Antigua Roma)

En el atrium un patrón recibe la salutatio matutina de sus clientes de mayor confianza, mientras otros esperan algo más alejados. Pintura histórica de Gustave Boulanger.

Cliente (del latín cliens -plural clientes-, y este de cluere, "acatar", " obedecer"), en la sociedad de la antigua Roma, era el individuo de rango socioeconómico inferior que se ponía bajo el patrocinio (patrocinium) de un patrón (patronus) de rango socioeconómico superior. Ambos eran hombres libres, y no necesariamente se correspondía su rango desigual con las distinciones socio-familiares entre plebeyos y patricios; aunque, legendariamente, esta relación de patronaje se inició por Rómulo con el objetivo de fomentar los vínculos entre ambas partes de la sociedad romana, de manera que unos (los clientes) pudieran vivir sin envidia y los otros (los patronos) sin faltas al respeto ( obsequium) que se debe a un superior. Cuantos más clientes tuviera, a más prestigio ( dignitas) accedía un romano que pretendiera ser importante.[1]

Naturaleza

La condición del cliente, hereditaria, le hacía ser considerado parte la familia de su patrón, sometido a la autoridad del pater familias;[3] Los libertos pasaban a ser clientes de sus anteriores propietarios.

Se identificaban con la relación patrón-cliente las relaciones que se establecían en el ejército romano (entre un general y sus soldados), entre el fundador y los habitantes de una colonia romana y entre el conquistador y el territorio conquistado ( estado cliente).[4]

Las relaciones de clientela o de patronazgo obligaban a mantener fides (" lealtad" y " confianza" mutuas) entre patrón y cliente (o bien fides por parte del patrón y pietas[8]

El cliente solía provenir de una familia empobrecida o de origen humilde o extranjero que solicitaba la protección de un romano poderoso. Al inicio de la historia romana recibía del patrón, a cambio de su sumisión y servicios, un heredium particularmente pequeño (una parcela agrícola de dos iugera, insuficiente para alimentarse), aunque esa relación cuasi-laboral dejó de existir en tiempos de la República. A partir de entonces la relación de clientela era meramente personal y se establecía en el entorno puramente urbano: los clientes ponían sus servicios, especialmente los servicios políticos (cuando el voto era requerido en las numerosas convocatorias electorales del sistema político romano - comicios romanos-), a disposición de un patrón rico y con ambiciones políticas y sociales, que se convertía en su benefactor y le daba protección y ayuda económica.[10]

Dionisio de Halicarnaso, en Antigüedades romanas, describe la declaración de sumisión ritual del cliente con la expresión in fidem venire, y la aceptación por el patrono con la expresión in fidem clienteam recipere.[11]

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