Ciencia ficción española

Portada de El anacronópete (1887), la primera obra de ciencia ficción que introduce la máquina del tiempo.

La ciencia ficción, ficción científica o literatura de anticipación es un género literario, cinematográfico, historietístico y televisivo basado en especulaciones científicas, que en España no ha alcanzado la popularidad e importancia que tiene en los países anglosajones o en algunos otros países de idioma castellano. Pese a esto, existe una tradición al respecto, que se refleja en la gran cantidad de títulos publicados, así como en su nómina de autores. Muchos de éstos se han pasado recientemente a la fantasía heroica o la literatura infantil o juvenil, por el auge comercial de estos géneros.

Literatura

Antecedentes históricos

Ilustración del Quixote, que muestra a Don Quijote y a Sancho Panza montados sobre Clavileño. Edición anotada por Nicolás Díaz de Benjumea e ilustrada por Ricardo Balaca.

Resulta difícil, por no decir imposible, definir qué es la ciencia ficción. En 1953, Michel Butor consideraba ciencia ficción aquellas narraciones «que hablan de viajes interplanetarios»; posteriormente se ha ampliado está visión tan estrecha, considerando ciencia ficción los relatos que tienen una voluntad especulativa, lo que Miquel Barceló denomina «¿Qué pasaría si...?», además de tener un componente de «sentido de la maravilla». En este sentido, Brian W. Aldiss considera la primera novela de ciencia ficción, Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley. Sin embargo, trazar límites, tanto desde un punto de vista temporal, como de género, resulta tan difícil, que se atribuye al escritor Norman Spinrad haber dicho que «ciencia ficción es todo aquello que los editores publican con la etiqueta de ciencia ficción».[2]

Por ejemplo, Yuli Kagarlitski en ¿Qué es la ciencia ficción? (1977) ha querido ver en el undécimo cuento de El conde Lucanor (entre 1330 y 1335), «De lo que aconteció al deán de Santiago con don Illán, gran maestro que moraba en Toledo», un «precursor de los viajes en el tiempo o de los mundos paralelos», en lugar de clasificarlo como un relato mágico.[3]

Emparentada con la mera fantasía y cercana al mundo de la leyenda está la Crónica sarrazina o Crónica del rey don Rodrigo con la destruyción de España de Pedro de Corral, escrita en 1443 y publicada en 1499, en realidad la primera novela caballeresca de la literatura española, que incluye algunos elementos fantásticos como una especie de televisión de azogue que encuentra el protagonista en la Cueva de Hércules que le anticipa el futuro. De entre las utopías, el ejemplo más nombrado es el Libro del eloquentíssimo Emperador Marco Aurelio con El Relox de príncipes (1527) de Antonio de Guevara. En esta utopía se describen las costumbres y leyes de los «garamantes», un pueblo sencillo y pacífico que no empuña las armas y que sólo posee siete leyes, pero que se muestra inflexible en su aplicación.[3]

Entre los viajes estelares, sin duda hay que mencionar el viaje de Sancho Panza «a bordo» de Clavileño que Cervantes incluye en la segunda parte del Quijote.[7]

Modo de volar, grabado de Goya perteneciente a la serie de los Disparates.

Finalmente cabe mencionar tres frutos de la Ilustración, curiosamente debidos todos a autores manchegos. En primer lugar, la utopía Viage de un filósofo a Selenópolis (1804) de Antonio Marqués y Espejo, una traducción/adaptación de Le voyageur philosophe dans un pays inconnu aux habitants de la Terre, de Mr. de Listonai, seudónimo de Daniel Jost de Villeneuve, publicado en Ámsterdam en 1761.[10] Se incluye en su colección de novelas Mis pasatiempos. Almacén de fruslerías agradables (Madrid, 1784, tomo II). Está escrita, evidentemente, como una reafirmación de las teorías de Bernard Mandeville y Adam Smith y se señala como antecedente de Las siete columnas (1926) de Wenceslao Fernández Flórez.

Algo de Realismo mágico se contiene en el género de las comedias de magia del siglo XVIII, espectáculos en los cuales aparecía la magia blanca (la Inquisición impedía siguiera hablar de la otra) identificada con la tecnología, la ciencia y el saber. Estas obras se inspiraban a veces en personajes reales, como Don Juan de Espina en su patria y Don Juan de Espina en Milán del dramaturgo José de Cañizares y la famosísima El asombro de Francia, Marta la Romarantina,[nota 2] también del mismo autor, y que fue la obra más representada en el siglo XVIII, sobre todo por sus vistosos efectos especiales y autómatas o estatuas animadas. La avidez del público por el género hizo que, por ejemplo, se añadiesen a esta pieza tres continuaciones más. Ambos personajes se inspiran en seres reales, como el misterioso Juan de Espina y Velasco (1565-1642), un rico noble e ingeniero del Siglo de Oro interesado en la ciencia y propietario de algunos artefactos tecnológicos y manuscritos de Leonardo da Vinci, del que se admiran escritores de la época como Luis Vélez de Guevara, Juan de Piña o Alonso Castillo Solórzano, y la hechicera francesa Marthe Brossier.

Protociencia-ficción

Ilustración de la máquina del tiempo volando que aparece en el El anacronópete (1887).

En España, la literatura de lo que ya se puede considerar «ciencia ficción», comenzó a mitad del siglo XIX. Esta primera etapa, que en España se extenderá hasta la Guerra Civil, a menudo es denominada « protociencia-ficción», aunque también se han llamado «fantasías científicas» o «literatura utópica».[11]

Se puede considerar Lunigrafía (1855) de M. Krotse, seudónimo de Miguel Estorch y Siqués, un relato sobre un viaje a la luna en el que describen las costumbres de la sociedad lunícola, la primera obra de ciencia ficción española.[14]

El género no es uno de los más prolíficos de la literatura española, pero no dejó de haber muchos y prestigiosos autores que lo emplearon. Sin embargo, en general, al contrario que en el mundo anglosajón y centroeuropeo que dominan el campo, y a pesar de la influencia de Verne y Wells, estas obras no desarrollan los tópicos más conocidos de la ciencia ficción: los robots, los alienígenas o los viajes espaciales. Alentados por el regeneracionismo y condicionados por el atraso tecnológico nacional, los autores hispanos se dedicaron sobre todo a las ucronías y los futuros postapocalípticos.[11]

Dentro de este grupo merecen ser destacados «Cuento futuro» de Leopoldo Alas, "Clarín", incluido en su El Señor y lo demás, son cuentos (1893) y sin duda el más original del volumen. Anticipando el Realismo mágico y en irónico paralelismo con el Génesis, idea la primera historia postapocalíptica de la literatura en español protagonizada por el doctor Adambis y su malvada mujer Evelinda, de nombres simbólicos. El doctor inventa una máquina de suicidio colectivo y extingue a la humanidad; solo se salvan él y su pareja. Encuentran a Dios vagando por el mundo y este los conduce al Paraíso, pero el doctor se cansa del materialismo de su mujer, la pareja se deshace y Dios la expulsa del Paraíso; la soledad en esas condiciones termina por hacer ansiar al doctor una muerte que se ha vuelto imposible. Tras este precedente de la generación del Realismo o Generación de 1968, hay que nombrar a diversos autores de la Generación del 98: «La ruina de Granada» (1899), de Ángel Ganivet, «El fin de un mundo» (1901) y «La prehistoria» (1905), de Azorín, «El pesimista corregido» (1905), de Ramón y Cajal, «La República del año 8 y la intervención del año 12» (1902), de Pío Baroja, y «Mecanópolis» (1913), de Miguel de Unamuno, que expone el odio a la alienación tecnológica de un hombre corriente. La importancia del género se puede ver en el hecho de que Ramón y Cajal publicó una media docena de relatos que pueden ser incluidos.[15]

A estos autores hay que añadir, dentro de la Generación del 14 o Novecentismo, el llamado «Grupo de Londres» o los «Chicos de Londres», Luis Araquistáin, Salvador de Madariaga, Ramón Pérez de Ayala y, del grupo anterior, el noventayochista Ramiro de Maeztu. Estos cuatro autores, que habían trabajado y vivido en Londres, estaban en contacto con los autores ingleses de ciencia ficción de la época: George Bernard Shaw, Herbert George Wells y Aldous Huxley. Del Grupo de Londres han salido algunas utopías humorísticas de importancia, como Sentimental Club (1ª edición, 1909) / La revolución sentimental (2ª edición, 1928), de Ramón Pérez de Ayala; Dos mundos al habla (Cuarenta días de relaciones interplanetarias) (1922), densa novela wellsiana del cura anticlerical José Ferrándiz;[15]

Portada de El guardián de la paz (1925), del Coronel Ignotus, elnúmero doce de la Biblioteca Novelesco-Científica; el autor de la ilustración fue Mariano Pedrero.

La influencia de Julio Verne fue enorme en la época y varios autores siguieron la estela del francés. Sin embargo, el «vernismo» español fue más atrevido, llegando más lejos y siendo más imaginativo, adelantándose a innovaciones que en otros países llegarían más tarde. El mejor ejemplo es El anacronópete (1887), de Enrique Gaspar y Rimbau, en la que aparece una máquina del tiempo que se adelanta en ocho años a la de Wells.[12]

Durante el siglo XIX se escribieron no menos de cuatro viajes a la Luna —el ya mencionado, Viage de un filósofo a Selenópolis (1804); Zulema y Lambert (1832) de Joaquín del Castillo y Mayone;[4]

La ciencia ficción también fue auspiciada por editoriales católicas, que trataban de emplearla para introducir crítica social. De entre estos libros se puede destacar Elois y morlock (1919), de Carlos Mendizábal, que se basa en La máquina del tiempo de H. G. Wells. La obra tuvo una gran influencia en novelas posteriores, como Jerusalén y Babilonia (1927) de Antonio Ibáñez Barranqueros, y El fin de los tiempos (1933), de Carlos Ortí y Muñoz.[15]


La posguerra y las «novelas de a duro»

La Guerra Civil produjo un enorme corte en la literatura de la ciencia ficción española. Mientras que en EE.UU. entre 1938 y la década de 1950 se producía una « Edad de Oro», en la España franquista se veían con desconfianza cualquier tipo de fantasía literaria que no fuese la suya y desde la izquierda se despreciaba todo lo que no fuese realismo socialista.[27]

A mediados del siglo XX aparecieron las «novelas de a duro», posteriormente llamadas « bolsilibros», a imitación de la literatura pulp estadounidense y con 20 años de atraso. Poco estimadas por el estamento literario, sus mismos autores y editores no la tenían en gran consideración: eran un medio de subsistencia; de hecho, existen anécdotas que afirman que originales fueron rechazados por «tener demasiada calidad». Los autores tenían que entregar una novela por semana, escritas a máquina, sin posibilidad de reflexión o corrección, en una longitud limitada por el tamaño de las novelas, que cabían en un bolsillo de pantalón, teniendo en cuenta además, que la mayoría de sus autores no conocían la literatura de ciencia ficción extranjera y se basaban en el cine de serie B estadounidense. Sin embargo su éxito comercial fue enorme y en la actualidad son perseguidas con avidez por los coleccionistas.[30]

La primera colección de novelas de este tipo que surgía en España fue Futuro, novelas de Ciencia y Ficción, que se publicó de 1953 a 1956, en total, 34 números. La revista era prácticamente un proyecto personal de José Mallorquí Figuerola, autor de El Coyote, que traducía relatos estadounidenses, cambiando el título y el nombre para no pagar derechos de autor, y que incluso escribió algunos relatos originales, copiando modelos norteamericanos.[28]

Los inicios de la ciencia ficción moderna y la transición a lo prospectivo

Los primeros pinitos en ciencia ficción moderna autoconsciente llegaron a España desde Argentina, de la mano de la revista Más Allá de la Ciencia y la Fantasía, de la que se publicaron 48 números de 1953 a 1957. La revista, creada a imagen de las norteamericanas, como Magazine of Fantasy and Science Fiction, ofrecía relatos de autores estadounidenses de la época dorada y algunos pocos originales escritos en español.[34]

A principios de los sesenta aparecieron las primeras colecciones españolas de libros dedicadas a la ciencia ficción: Cénit (1960-1964), Galaxia (1963-1969), Vórtice, Infinitum (1965-1968), etc.,[35]

Durante estos años destacó sobre todo la labor de Domingo Santos, sin duda, el decano de la ciencia ficción española. Santos, proveniente de las novelas de a duro, publicó durante esta época algunas obras interesantes, como el relato Meteoritos (1965) y la novela Los dioses de la pistola prehistórica (1967) que destacaban por su calidad. Su novela Gabriel, la historia de un robot que va ganando conciencia humana, consiguió el hito histórico de ser traducida al francés, la primera obra de ciencia ficción española traducida otro idioma. Pero la importancia de Santos reside sobre todo en un actividad editorial, como director de varias colecciones de libros y seleccionador de la antología Lo mejor de la ciencia ficción española (1986), y como editor de la revista Nueva Dimensión (ND; 1968-1983).[18]

Se considera que Nueva Dimensión inaugura la transición de la ciencia ficción española moderna, desde el enfoque de aventura, que no desaparecerá por completo, hacia la literatura prospectiva, aquella que trata de responder a la pregunta «¿qué pasaría si...?». Entre estos autores transformadores se puede destacar a Juan Miguel Aguilerala saga de Akasa-Puspa (1988-2005)— y Rafael MarínLágrimas de luz (1984), Unicornios sin cabeza (1987), Juglar (2006)—, que tuvieron éxito posterior, e incluir a un grupo con menos éxito comercial: Ignacio Romeo, José Ignacio Velasco, Jaime Rosal del Castillo y Enrique Lázaro. También hay que mencionar a Gabriel Bermúdez CastilloViaje a un planeta Wu-Wei (1976) y El hombre estrella (1988)—, un autor de difícil clasificación, recordado sobre todo por incluir referentes españoles en sus novelas.[18]

La generación Hispacón

La pequeña explosión editorial de la ciencia ficción en España se produjo en la década de 1990. Posiblemente el principal motor fueran los fanzines, pequeñas revistas improvisadas y de presupuesto mínimo que desde la década de 1970 eran publicadas por aficionados. Entre las más importantes se pueden mencionar Kandama, Space Opera, Máster, Tránsito, Cyberfantasy, Kembeo Kenmaro, Ad Astra, Parsifal, Elfstone y Bucanero. A partir de 1990 se publicó el fanzine BEM, el más importante y longevo de todos, y más tarde en la década, Artifex, a cargo de Luis G. Prado, y Gigamesh, fanzine editado por la librería del mismo nombre, a cargo de Julián Díez y luego de Juan Manuel Santiago. Otros factores que influyeron en la popularidad del género fueron la popularización del Hispacón y la aparición de tertulias temáticas en las grandes ciudades. Así fundó en 1991 la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) y se crearon nuevas colecciones especializadas, como las de Martínez Roca, Júcar, Destino, Edaf, Grijalbo, Miraguano, Ultramar o Ediciones B, aunque sólo estas tres últimas publicaron de forma regular autores españoles.[41]

El boom se vio precedido por la publicación de Lágrimas de luz (1984), de Rafael Marín, y Mundos en el abismo (1988), de Juan Miguel Aguilera y Javier Redal. A pesar de que la historia corta «Nunca digas buenas noches a un extraño» (1979) de Rafael Marín se puede considerar el inicio de la ciencia ficción española moderna, Marín es mucho más conocido por la space opera Lágrimas de luz. Su mérito como autor está en el uso de la tradición literaria clásica española y en un uso cuidado del lenguaje con clara visión poética. Mundos en el abismo, y su segunda parte, Hijos de la eternidad (1989), fruto de la colaboración de los autores Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, representan un tour de force inédito hasta ese momento en España: una ambiciosa space opera de ciencia ficción dura, que armoniza la épica tecnológica con complejas tramas políticas y religiosas. De Aguilera también se puede destacar La locura de Dios (1998) en la que Roger de Flor y Ramón Llull aparecen en una ciudad del siglo XIX.[41]

Autores que han escrito esporádicamente obras de ciencia ficción son César Mallorquí y Elia Barceló, quizás los dos mejores autores de esta generación. Mallorquí, hijo del autor José Mallorquí, se dedica principalmente a la literatura juvenil, pero ha escrito algunas historias cortas notables, como «La casa del doctor Pétalo» (1995), «El rebaño» (1993) y «La pared de hielo» (1995), y una novela corta, El coleccionista de sellos (1995).[41]

La actualidad

La mayoría de los autores más importantes de la ciencia ficción de los últimos quince años acompañan desde hace mucho tiempo el género. La mayoría comenzaron a publicar en la década de 1990, o incluso antes, y no han surgido muchos nombres nuevos.[42]

El que quizás sea el autor más completo de su generación es Eduardo Vaquerizo, autor de lenguaje preciosista que se ha ido alejando de la ciencia ficción dura. Ha ganado el premio Ignotus en seis ocasiones, además de ganar los premios Domingo Santos y USC. Sus obras más conocidas son Danza de tinieblas (premio Ignotus 2006) y Memoria de tinieblas, que aunque no están relacionadas, comparten universo. También se puede mencionar la lírica La última noche de Hipatia (premio Ignotus 2010), un viaje a través del tiempo. De la misma época es Ramón Muñoz, autor de algunos cuentos de cf, pero ha preferido decantarse por la novela histórica.[43]

Los dos autores de ciencia ficción es su acepción más estricta más representativos serían Félix J. Palma y José Antonio Cotrina. Palma es conocido principalmente por su trilogía El mapa del tiempo ( premio Ateneo de Sevilla 2008), El mapa del cielo y El mapa del caos, que ha conseguido colocar en la lista de los más vendidos del New York Times;[45] y Salir de fase y Tiempo muerto, ganadoras del premio UPC 2000 y 2001 respectivamente.

Además se pueden mencionar los autores Santiago Eximeno, con Asura (2004), aunque el autor mezcla elementos de fantasía; Daniel Mares, autor algo menos comercial por sus temas y perspectivas no convencionales y su oscuro sentido del humor, con En mares extraños (2004), una antología de relatos cortos, Madrid (2007) y Seis (1994), quizás su obra más destacada; y entre los que han publicado relatos cortos, Juan Antonio Fernández Madrigal, Joaquín Revuelta, Alejandro Carneiro y José Antonio del Valle.[nota 5] También cabe mencionar a Víctor Conde, ganador del premio Minotauro 2010 con Crónicas del Multiverso y autor de la Saga del Metaverso.

De entre los nuevos autores que han aparecido en los últimos años están Juan Jacinto Muñoz Rengel, con su antología de relatos De mecánica y alquimia (2013); Emilio Bueso, con Cenital (2012); Ismael Martínez Biurrun, con El escondite Grisha (2011) y Un minuto antes de la oscuridad (2014); y Matías Candeira. Esos autores han tenido una buena aceptación por la crítica general, lo que indica una creciente aceptación externa del género. Entre los últimos autores que ha aparecido, también se puede mencionar a Carlos Sisí que con su obra Panteón (premio Minotauro 2013) se aleja de sus novelas de zombis para acercarse a la ciencia ficción dura.[44]

Premios

Premio Alberto Magno (1989-)
es el premio dedicado a la ciencia ficción más antiguo de España. Es entregado por la Universidad del País Vasco a los relatos cortos en español o en eusquera que pertenecen al género de la ciencia ficción y la fantasía sobre tema científico.
Premio Celsius (2008-)
anteriormente denominado Premio Celsius 232, se entrega anualmente durante la Semana Negra de Gijón a la mejor novela de fantasía, ciencia ficción o terror publicada originalmente en castellano.[50]
Premio Domingo Santos (1992-)
premio entregado por HispaCon con el patrocinio de la a la AEFCFT para los relatos cortos indéditos de ciencia ficción. La ceremonia de entrega es conjunta con el premio Ignotus.
Premio Ignotus (1991-)
fue creado en 1991 por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT) como respuesta al Premio Hugo. El premio, que se otorga a las obras publicadas en España, está divido en diversas categorías, que van desde «Mejor novela», pasando por «Mejor libro de ensayo», «Mejor obra poética», «Mejor revista», hasta «Mejor novela extranjera», entre otros, incluyendo premios para el cine y las páginas web. Además entrega los premios Gabriel, para las aportaciones extraordinarias de una persona concreta.
Premio Minotauro (2004-)
otorgado a la mejor novela inédita de ciencia ficción, terror o fantasía entregado por la editorial Minotauro, detrás de la que se encuentra la editorial Planeta. Los premiados son publicados por la editorial Minotauro. La primera novela de ciencia ficción pura en ser premiada en la historia de este premio fue Crónicas del Multiverso, de Víctor Conde, en 2010.
Premio Pablo Rido (1992-2008)
premio de relato corto otorgado inicialmente por la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción bajo la denominación de «Premio Aznar» y con posterioridad por la Tertulia Madrileña de Literatura Fantástica.
Premio UPC (1991-)
entregado por la Universidad Politécnica de Cataluña a las novelas cortas originales de ciencia ficción escritas en castellano, catalán, inglés y francés. Es un premio reconocido internacionalmente y uno de los más importantes de España. Los mejores relatos son publicados en la colección NOVA de Ediciones B.[51]
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