Casa de los Azulejos

Vista de la fachada Sur (original) de la Casa de los Azulejos, una de las más bellas obras de la arquitectura civil del barroco novohispano.

La Casa de los Azulejos o el Palacio de los Condes del Valle de Orizaba, como también se le conoce, es un palacio ubicado en el centro histórico de la Ciudad de México, más precisamente entre las actuales calles de Peatonal de Madero y la Calle Cinco de Mayo. El inmueble fue construido durante la época colonial, y se le conoce comúnmente por este nombre (más que por el título nobiliario de quienes le habitaron) debido a su cubierta de azulejos de talavera poblana que recubren la fachada exterior del edificio y hacen de ésta obra una de las más bellas joyas de la arquitectura civil del barroco novohispano.

En el siglo XVI se conocía con el nombre del Palacio Azul. Durante el periodo virreinal fue la residencia principal de los Condes del Valle de Orizaba, y uno de sus descendientes ordenó revistirle todo su exterior de azulejos en el siglo XVIII, con los trabajos en cantera de los balcones y molduras, que es como llegó el edificio a nuestros días.[4] El edificio constituye uno de los principales símbolos de la ciudad, y así mismo es, uno de los principales puntos turísticos y de referencia de sus habitantes.

Historia del edificio

Fachada Norte de La casa de los Azulejos, la cual fue realizada en el año de 1903 con la ampliación de la Calle Cinco de Mayo.
Patio interior

Se sabe que la construcción original fue levantada en el siglo XVI, y que en realidad se encuentra conformada por la unión de dos casonas señoriales de las cuales, la que se ubicaba en un principio hacia el lado Sur, era la que pertenecía, junto a la llamada Plazuela de Guardiola a un señor de nombre Damián Martínez. Dichas propiedades, aunque separadas por un callejón, se ubicaban en ese entonces frente a la ya muy transitada y comercial Calle de Plateros, exactamente frente al Convento de San Francisco el Grande de la Ciudad de México,[6]

Don Luis era hijo del Primer Conde del Valle de Orizaba, Don Rodrigo de Vivero y Aberrucia, personaje destacado en el virreinato por su talento e instrucción, llegando a ocupar cargos importantes en el gobierno de la Nueva España, entre los que destaca el de Gobernador de la Nueva Vizcaya y el de Gobernador y Capitán General de las Islas Filipinas. Don Rodrigo hereda una de sus propiedades que se encontraba anexa a la casa a su hijo (que era la casa Norte), por lo que Don Luis fue el primero de la familia en habitar las casas, las cuales ordenó unir.[7] y mandó a reparar, aunque no le dio el aspecto que actualmente posee el inmueble.

El aspecto actual del palacio no se le debe a Don Luis, se le debe entonces uno de sus descendientes, Doña Graciana Suárez de Peredo, quien para ese tiempo ya ostentaba el título de la Quinta Condesa del Valle de Orizaba,[8] ella vivió en la ciudad de Puebla desde su casamiento hasta la muerte de su esposo, en el año de 1708, que es cuando en ese año toma la decisión de regresar a la capital del Virreinato de la Nueva España y decide hacer uso del inmueble. Entonces, para el año de 1737, viendo la Condesa el estado de deterioro que tenía el palacio y otras propiedades que poseía en la ciudad, se ve en la necesidad de solicitar la reparación de todas éstas, especialmente en la que fija su residencia frente a la entonces Calle de Plateros, y para la cual desea embellecer no solo con el trabajo de la cantería, sino que ordena al arquitecto que la fachada del edificio sea totalmente recubierta con azulejos poblanos, cuya tarea fue encomendada al maestro Diego Durán Berruecos. Éste no solamente lleva a cabo la labor solicitada, sino que realiza también los trabajos realizados en cantera labrada de los arcos, columnas, rodapiés y cornisas de puertas y ventanas, así como de las balaustradas, resaltando aún más la belleza de los azulejos en el edificio.

Entrada del ejército Trigarante a México, de autor anónimo. A la derecha, la Casa de los Azulejos.

Recién consumada la Independencia de México, para el 27 de septiembre del año de 1821, en que se realiza la entrada triunfal a la Ciudad de México en la todavía llamada Calle de San Francisco por parte del Ejército Trigarante al mando de Agustín de Iturbide, es levantado un arco del triunfo engalanado con flores, guirnaldas y alegorías pintadas en los soportes de dicho arco que representaban al nuevo gobierno, cuya hechura y detalles fueron elaborados por artesanos de la ciudad. En ese momento se le hizo la entrega de las llaves doradas de la ciudad a Agustín de Iturbide por parte del Ayuntamiento. Tal memorable suceso fue plasmado en la acuarela titulada como la Entrada del ejército Trigarante a México, de autor anónimo. A la derecha de la obra, aparece la Casa de los Azulejos, cuyos balcones lucen engañados por terciopelos de color carmesí.[9]

Poco tiempo después, con la abdicación de Iturbide, los títulos Condales así como demás títulos nobiliarios que fueron otorgados por el Rey de España fueron suprimidos, por lo cual los escudos nobiliarios de las fachadas fueron borrados de los palacios y las casonas señoriales de México, y en el caso de la Casa de los Azulejos no fue la excepción.

Uno de los sucesos que acontecieron en ésta casa y marcó una tragedia en sus habitantes, fue el asesinato del ex-Conde Andrés Diego Suárez de Peredo, descendiente de Don Rodrigo de Vivero a manos del Oficial Manuel Palacios, ocurrido al bajar las escaleras del patio del palacio. Tal crimen sucedió durante el ^ Motín de la Acordada, cuando se desató el saqueo en la ciudad. Los hechos refieren a una venganza por parte de Manuel Palacios en contra del ex-Conde, quien se oponía a que Palacios tuviera una relación formal con una joven de la familia. El Oficial, una vez encontrado culpable del crimen fue sentenciado a garrote vil,[10] ejecutándose frente a la llamada Plaza de Guardiola.

La casa continuó en manos de los descendientes del Conde hasta el año de 1871, que fue habitada por la última descendiente del título del Condado del Valle de orizaba, también en ese año se decide ponerla en venta, siendo adquirida por un abogado de apellido Martínez de la Torre, el cual fue el dueño de la propiedad tan solo por seis años debido a su muerte, por lo cual el palacio es puesto en venta de nuevo pasando a manos de la familia Yturbe Idaroff,[7] quienes fueron los últimos habitantes en darle un uso residencial al palacio.

Don Felipe de Yturbe y del Villar, deja la propiedad a su primogénito Don Francisco-Sergio de Yturbe e Idaroff, éste le encomienda al arquitecto Guillermo de Heredia la realización de los trabajos de readaptación del inmueble durante la apertura de la Calle Cinco de Mayo, por lo cual la parte Norte del edificio se reduce en unos veinte metros, y en el trabajo de sus respectivas fachadas se ordena cubrir con azulejos y labrado de cantera en las molduras de las ventanas, imitando el diseño original de la Calle Francisco I. Madero.

El palacio perteneció a la familia Yturbe desde el año de 1878, pero todavía lo habitó hasta el año de 1881, cuando la ofrecieron en renta, pasando a formar la sede del Jockey Club de México, uno de los varios centros de reunión más exclusivos de la élite porfiriana, quien decidió ocupar tan imponente palacio en una de las avenidas más afrancesadas de la capital, que también comenzaba a transformarse. Este centro de reunión, y los famosos salones que fueron realizados dentro del inmueble, fueron inmortalizados en la obra de Manuel Gutiérrez Nájera, y en uno de sus más conocidos poemas, titulado La duquesa Job, del cual se refiere uno de los fragmentos:

"...Desde las puertas de la Sorpresa
Hasta la esquina del Jockey Club,
No hay española, yanqui o francesa,
Ni mas bonita, ni más traviesa
Que la Duquesa del Duque Job..."

[11]
Mural titulado Omnisciencia en la pared Norte de las escaleras del palacio, realizado por el pintor José Clemente Orozco.

Durante la Revolución mexicana, en el año de 1915 se destina uno de los pisos del inmueble como la sede de la Casa del Obrero Mundial uso que se le dio por poco tiempo ya que Francisco Yturbe recuperó la propiedad a fin de no fuera dañada al darle dicho uso.[7]

Para el año de 1917 el palacio es rentado por los hermanos Walter y Frank Sanborn para establecer en este lugar una de las caferterías más concurridas de la ciudad en ese entonces, la cual se instaló originalmente en la calle de Filomeno Mata con un concepto innovador en la ciudad, el de una fuente de sodas y una farmacia, con el nombre de Sanborns American Pharmacy.[12] Se le realiza entonces al palacio una readecuación de casi 2 años para adaptarlo al concepto que introdujeron a México los hermanos Sanborn y le agregan aparte un restaurante, tienda de regalos y revistas, así como una tabaquería, haciendo que desde su inauguración en el año de 1919, se convirtiera en todo un éxito y, hasta finales del siglo XX fuera uno de los restaurantes y cafés más concurridos de la ciudad.

Entre las obras de arte que alberga el palacio en su interior, destacan el mural titulado "Omnisciencia" del pintor José Clemente Orozco, que abarca la pared Norte de las escaleras principales de acceso al segundo nivel; el mural fue solicitado por orden de su amigo y mecenas, Don Francisco-Sergio de Yturbe e Idaroff (quién fue uno de los grandes impulsores del muralismo mexicano de su época). Dicho mural muestra a una sacerdotisa arrodillada, y junto a ella se encuentran hombres alegóricos a la Voluntad y la Virtud.

Otro de los murales que sobresalen es el que se pintó en las paredes del primer nivel, y que corresponden a las paredes del patio principal, el cual lleva el título de Pavorreales, y a saber fue realizado por el artista húngaro Pacologue,[10] que se encontraba ex-profeso en Nueva York cuando se le informó del encargo solicitado, por parte de los Hermanos Sanborn.

Para el 9 de febrero de 1931 el edifico es declarado como monumento nacional de México.[13] Asegurando preservar el inmueble como una hermosa muestra del patrimonio de México.

Finalmente, en los años setentas el edificio fue adquirido por la cadena Sanborn's a la entonces dueña, la señora Corina de Yturbe.[7] por lo que se decide que el palacio recibiera una reestructuración, ya que el inmueble había sido dañado por los sismos y por el asentamiento de los edificios circundantes. En años pasados se logró restaurar en el segundo nivel el salón original del Jockey Club, rescatando sus colores originales.

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