Carlos II de España

Carlos II de España
Rey de España, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, duque de Milán, soberano de los Países Bajos y conde de Borgoña[nota 1]
Rey Carlos II.jpg
Detalle de Carlos II, por Miranda, c. 1677- 1679. Óleo sobre lienzo, 208 × 144 cm ( Ayuntamiento de Sevilla).
Información personal
Reinado 17 de septiembre de 1665- 1 de noviembre de 1700
Nacimiento 6 de noviembre de 1661
Madrid, España
Fallecimiento 1 de noviembre de 1700
(38 años)
Madrid, España
Entierro Cripta Real del Monasterio de El Escorial
Predecesor Felipe IV
Sucesor Felipe V
Familia
Casa real Austria
Padre Felipe IV de España
Madre Mariana de Austria
Consorte
Regente Mariana de Austria (1665-1675)

Firma Firma de Carlos II de España

Escudo de Armas de Felipe II a Carlos II.svg
Escudo de Carlos II de España

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Carlos II de España, llamado «el Hechizado» ( Madrid, 6 de noviembre de 1661- ibídem, 1 de noviembre de 1700), fue rey de España entre 1665 y 1700.[nota 2]

Hijo y heredero de Felipe IV y de Mariana de Austria, permaneció bajo la regencia de su madre hasta que alcanzó la mayoría de edad en 1675. Aunque su sobrenombre le venía de la atribución de su lamentable estado físico a la brujería e influencias diabólicas, parece ser que los sucesivos matrimonios consanguíneos de la familia real produjeron el síndrome de Klinefelter,[1] lo que acarreó un grave conflicto sucesorio, al morir sin descendencia y extinguirse así la rama española de los Habsburgo.

Sobre Carlos II ha caído el mito de la decadencia española, país gobernado por monarcas atrasados, donde se practicaba incluso la brujería, pero la historiografía del siglo XXI pone en duda ese mito e incluso la mala salud del rey. El monarca vivió bastante para su época y, junto a sus hombres, logró mantener intacto el imperio frente al poderío francés de Luis XIV, consiguió una de las mayores deflaciones de la historia, el aumento del poder adquisitivo en sus reinos, la recuperación de las arcas públicas, el fin del hambre y la paz. Logros por los que autores como Ribot (2006) lo califican de "ni tan hechizado ni tan decadente".

Regencia de Mariana de Austria (1665-1675)

Carlos II en el Salón de los Espejos del Real Alcázar de Madrid, por Juan Carreño de Miranda (c. 1675).

Felipe IV se había casado por primera vez con Isabel de Francia (fallecida en 1644). De esta unión nació un único hijo varón, el príncipe Baltasar Carlos, muerto en 1646, lo que provocó que el rey decidiese casarse en segundas nupcias (1649) con su sobrina la archiduquesa Mariana de Austria, hija del emperador Fernando III y de María Ana de Austria (hermana de Felipe IV), con el objetivo de asegurar la continuidad dinástica en el trono. De este matrimonio nacieron varios hijos, de los cuales solo sobrevivieron la infanta Margarita Teresa y el último de los hijos varones, Carlos.[2]

El príncipe Carlos apenas tenía cuatro años cuando su padre falleció (1665), dejando este establecido en su testamento como regente a su viuda, la reina Mariana de Austria:

"[...] nombro por gobernadora de todos mis Reynos estados y señoríos, y tutora del príncipe mi hijo, y de otro qualquier hijo o hija que me hubiere de suceder a la Reyna doña Mariana de Austria mi muy chara, y amada muger con todas las facultades, y poder, que conforme a las leyes fueros, y privilegios, estilos y costumbres de cada uno de los dichos mis regnos, estados y señoríos..." [3]

La reina sería asistida por una Junta de Regencia formada por seis miembros: el Presidente del Consejo de Castilla ( García Haro Sotomayor y Guzmán, conde de Castrillo), el Vicecanciller del Consejo de Aragón ( Cristóbal Crespí de Valldaura), un representante del Consejo de Estado ( Gaspar de Bracamonte y Guzmán, conde de Peñaranda), un Grande de España ( Guillén Ramón de Moncada, marqués de Aytona), el Inquisidor General (cardenal Pascual de Aragón) y el Arzobispo de Toledo (cardenal Baltasar Moscoso y Sandoval) como máxima autoridad religiosa en la Monarquía.

Cuando se abrió el testamento de Felipe IV, uno de los miembros de la Junta ya había fallecido: quedaba así vacante el puesto del Arzobispado de Toledo. Su titular, el cardenal Baltasar Moscoso y Sandoval, había muerto solo unas horas antes que Felipe IV. La reina hubo de buscar soluciones y con la intención de dejar vacante el puesto de Inquisidor General, obligó a don Pascual de Aragón a ocupar el arzobispado de Toledo. De este modo el puesto de inquisidor quedó libre para ser copado poco después por el máximo confidente de la reina: su confesor el padre Juan Everardo Nithard.

El valimiento de Juan Everardo Nithard

Retrato del cardenal Juan Everardo Nithard, por Alonso del Arco (c. 1674).

La muerte de Felipe IV y la asunción de la regencia por parte de Mariana de Austria hicieron que esta se sintiese de repente sola en medio de la vorágine de acontecimientos que se sucedieron tras el fallecimiento de su marido. Centro de las miradas, blanco de las exaltaciones y de las críticas, la reina viuda requirió el apoyo de su fiel confesor, el padre jesuita Juan Everardo Nithard, que la había acompañado en 1649 a Madrid desde la corte de Viena, y no solo en su vertiente espiritual, sino en la controvertida vertiente política.

Así, el padre Nithard llegó a copar puestos de gran relevancia en la monarquía, actuando como un verdadero " valido" al ser casi la única persona en la que la reina regente depositó su plena confianza. Nithard logró recabar con su ascenso un gran número de odios tanto en los círculos políticos como en los religiosos; y es que el padre jesuita no solo entró a formar parte del Consejo de Estado en enero de 1666 sino que también alcanzó el puesto de Inquisidor General, la cúspide de la gran institución eclesiástica de la monarquía. El encumbramiento del jesuita a tal dignidad jurídico-religiosa no fue en absoluto fácil, pero la reina puso en juego todos los recursos que tuvo a su alcance para conseguir tal cargo para su confesor. En primer lugar consiguió que el Inquisidor General en funciones, el arzobispo de Toledo, don Pascual de Aragón, renunciara a su puesto y se retirara a su arzobispado, dejando a la vez su puesto en la Junta de Regencia en la que, según el testamento de Felipe IV, debía estar el Inquisidor General.

El segundo paso era el de naturalizar a Nithard, pues un extranjero no podía alcanzar el puesto de Inquisidor General, para lo cual tuvo que ganarse el apoyo de las ciudades castellanas con voto en cortes. En tercer y último lugar, fue necesaria una aprobación papal ya que Nithard, como jesuita no podía aceptar cargo alguno sin el consentimiento del Sumo Pontífice, debido a las reglas de su compañía. La reina no dudó entonces en dirigirse al papa Alejandro VII para solicitar vehementemente su aprobación del puesto inquisitorial para su confesor. El papa eximió a Nithard de su voto jesuítico que le impedía ejercer cargos políticos, en la bula promulgada el 15 de octubre de 1666; con este último acto el padre jesuita obtuvo el cargo de Inquisidor General que instantáneamente lo convirtió en miembro de la Junta de Regencia.

La nobleza rechazó desde un principio el encumbramiento de Nithard, al que consideraron un advenedizo carente de los merecimientos que ostentaba; y los dominicos, orden opuesta a los jesuitas, se sintieron heridos en su orgullo al observar como un jesuita les arrebataba la primacía del confesionario real, así como el gran puesto inquisitorial. Por tanto, la coyuntura política de un momento en el cual el ministro-favorito estaba en decadencia, la baja condición del elegido, la orden a la cual pertenecía, sus muestras de ambición poco acordes con su condición jesuítica y su sospechosa cercanía a la reina, fueron las premisas determinantes de las numerosas críticas que Nithard recibió durante su valimiento.

No obstante, Nithard no tuvo tanta influencia política como se ha pensado,[4] y de hecho despertaron más oposición las circunstancias de su encumbramiento o su condición de jesuita extranjero de baja estirpe y el favoritismo que la reina mostró hacia su persona, que su verdadera gestión al frente de la Monarquía. Nithard se hizo odioso porque taponó las vías de acceso a la reina, hecho del que tampoco fue totalmente responsable, pues Mariana de Austria mostraba suma desconfianza hacia la gran nobleza española y hacia don Juan José de Austria, el máximo enemigo del confesor. El papel de Nithard como político y aun como la más alta autoridad religiosa de la Monarquía fue más bien mediocre, siendo su verdadera influencia difícil de calibrar. Parece que favoreció la inserción de determinados personajes en la Junta de ministros, fue el ideador de la Guardia Chamberga, etc., pero sus votos en el Consejo de Estado, de carácter más teológico que político, no siempre fueron atendidos. Por otra parte, Nithard tampoco supo procurarse una red de poder que lo mantuviera en su valimiento; muy al contrario, en los tres años en los que disfrutó de la cercanía de la reina, fue ganando enemigos hasta que fue expulsado con la esperanza de que su lejanía calmara la tormentosa situación política.

El conflicto entre don Juan José de Austria y Nithard: La caída del valido

Retrato de Juan José de Austria, anónimo madrileño del siglo XVII.

Entre 1665 y 1668, Juan José de Austria, hijo bastardo de Felipe IV y, por tanto, medio hermano de Carlos II, luchó denodadamente por conseguir un puesto de relevancia en la Corte, visiblemente desgastado por sus continuadas campañas militares en Italia, Cataluña, Flandes y Portugal.

Cuando murió Felipe IV, en septiembre de 1665, don Juan tenía 36 años, mientras que su medio hermano, Carlos II, tan solo 4. En su testamento el Rey dejó dispuesto lo siguiente (cláusula 37):

Por cuanto tengo declarado por mi hijo a don Juan José de Austria, que le hube siendo casado, y le reconozco por tal, ruego y encargo a mi sucesor y a la Reina, mi muy cara y amada mujer, le amparen y favorezcan y se sirvan de él como de cosa mía, procurando acomodarle de hacienda, de manera que pueda vivir conforme a su calidad, si no se la hubiero dado yo antes de mi muerte.

"Testamento de Felipe IV (1982), introducción de Domínguez Ortiz, Antonio. Colección Documenta

No obstante, don Juan quedó excluido de todo puesto político de relevancia, sea en la Junta de Regencia que en el Consejo de Estado, lo que provocó en él un gran estado de postración, como así indicaba por escrito a la Reina:

[...] que no se dirá contra lo más sagrado de mi intención si viesen que Su Majestad me cerraba la puerta que Su Majestad que Dios haya [Felipe IV] me abrió para concurrir en los bancos de un Consejo, que es la puerta del toque de la confianza, y el aprecio de los más relevantes vasallos, ¿acaso lo he desmerecido después acá con mi proceder, o se ha visto sombra o asomo que pueda oscurecerlo? No señora, ni esto ha sido, ni puede Vuestra Majestad permitir que me haga un disfavor de este tamaño.

A.H.N., Estado, Libro 873.

A todo esto se unió su malestar, como el de otros muchos grandes y nobles, por el fulgurante ascenso del jesuita Nithard.

En el terreno político Nithard había cosechado continuos fracasos, tanto en el interior como en el exterior (valga recordar el malestar por la firma del Tratado de Lisboa que reconocía oficialmente la independencia de Portugal). Se ganó también muchas antipatías por haber aconsejado la prohibición de las representaciones teatrales. Por último, las exigencias de dinero para hacer frente a los múltiples problemas planteados, ponían de relieve la incapacidad del confesor de poner en marcha una política económica eficiente. Además, sus proyectos conducentes al establecimiento de una contribución única y a rebajar los impuestos del consumo, no fueron aceptados.

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