Cantar de Roncesvalles

Cantar de Roncesvalles, f. 1v.º.

El Cantar de Roncesvalles es un poema épico escrito en castellano medieval con rasgos de romance navarroaragonés compuesto posiblemente entre 1225 y 1250.[1]

Sólo se conserva un fragmento de cien versos de los 5.500 que tendría originalmente según los estudios de Ramón Menéndez Pidal.

Argumento

Como señala el mismo Menéndez Pidal, el Cantar de Roncesvalles tendría el siguiente argumento: Carlomagno conquista la Hispania salvo Zaragoza; viene acompañado de Roldán — hijastro de Ganelón, el traidor que se entiende con Marsín, rey moro de Zaragoza. De regreso a Francia, encarga la retaguardia de su ejército a Roldán, que es sorprendido por los moros en Roncesvalles, donde se libra una batalla en la que intervienen, además de los héroes, Reinaldos, Baldovinos y Beltrán. La temeridad heroica de Roldán y Reinaldos hace retroceder a los moros que, rehechos, vuelven al ataque. Turpín exhorta al ejército francés y Roldán corta el brazo derecho de Marsín, que huye.

Los moros organizan otra vez sus filas y lanzándose sobre los franceses, los van matando poco a poco. Al ver la magnitud del desastre, Roldán tañe su trompa pidiendo auxilio a Carlomagno. Después mueren Oliveros y Reinaldos. Cuando los moros sienten la venida del emperador, huyen. Turpín bendice a los muertos y Roldán les rinde los últimos honores; sin embargo, se siente morir sin golpes ni heridas y, al llegar Carlomagno, persigue a Marsín. De nuevo en Roncesvalles, Carlomagno buscaría a sus allegados entre los cadáveres; regresaría a Francia para enterrar allí a los muertos y doña Alda, esposa de Roldán, moriría en el entierro del héroe.

El cantar es claro ejemplo de los intempestivos ataques de occidente al islam. Prueba de ello es que la verdadera batalla no fue entre Carlomagno y los moros, sino contra los Vascones. El fragmento que se ha conservado contiene la descripción de los cadáveres de la batalla de Roncesvalles, que son contemplados por Carlomagno: el del arzobispo Turpín, el de Roldán y la cabeza de Oliveros, a los que dirige respectivos plantos. A continuación el duque de Aimón encuentra el cadáver de Rinalte, su hijo (que en la tradición hispánica corresponde a Reinaldos de Montalbán), expresa asimismo su duelo por la muerte del hijo y lo hace apartar del resto de las víctimas.[1]

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