Bendición a fray León

Bendición a fray León

La bendición de san Francisco de Asís al hermano León, escrita en un pergamino de diez centímetros de ancho por catorce de largo, es uno de los tres autógrafos que se conservan del Santo de Asís. Los otros dos autógrafos son las Alabanzas al Dios Altísimo (que se conserva, al igual que la Bendición a fray León, en la Basílica de San Francisco de Asís), y una carta personal que san Francisco escribió al mismo fray León, que se guarda en el archivo de la Catedral de Spoleto, en Italia.[1]

Historia de fray León de Asís y de la «bendición»

Fray León de Asís era un sacerdote que llegó a ser el más célebre de los compañeros de Francisco de Asís, uno de sus predilectos y más amados. San Francisco lo tuvo como confesor, inseparable secretario (por ser conocedor del latín y suficientemente culto, fue su principal amanuense), y enfermero. Francisco le hacía a fray León confidente de sus secretos y, probablemente por su sencillez y simplicidad, le llamaba «ovejuela de Dios».[3]

En ese tiempo, estando el hermano León atormentado por una terrible tentación, guardaba la esperanza profunda de que las palabras del Señor junto a algún manuscrito del hermano Francisco le retornarían la calma. A pesar de ello, no se atrevía a revelarle tal deseo a su santo hermano mayor. Sin embargo, y según la interpretación de los biógrafos de Francisco de Asís,[3] el Espíritu de Dios inspiró a Francisco a escribir y entregar a su fraile las siguientes palabras:


«El Señor te bendiga y te guarde;
ilumine su rostro sobre ti y tenga misericordia de ti.
Vuelva a ti su rostro y te conceda la paz.
El Señor te bendiga, hermano León.»

E hizo la siguiente acotación: «Toma para ti este pliego y consérvalo cuidadosamente hasta el día de tu muerte». Al instante, desapareció del todo la tentación, según narra Tomas de Celano (2C. 49).[3]

El escrito finaliza con el bien amado signo de la TAU franciscana.

El hermano León anotó posteriormente en esa chartula o pedacito de pergamino una serie de acotaciones autobiográficas con tinta roja: «El bienaventurado Francisco escribió de su puño esta bendición para mí, hermano León». Y debajo del cráneo, signo del primer Adán salvado con la muerte en cruz del segundo Adán (Jesús) el hermano León apuntó: «También de su puño hizo el signo TAU y la cabeza».

El hermano León tuvo sus pruebas interiores, y Francisco se las adivinaba, como si viera reflejada su alma en el cristal de su candidez. Una vez, para animarle, le escribió una Carta, también autógrafa, que se conoce como Carta de libertad evangélica:

Hermano León, tu hermano Francisco: Salud y paz. En este escrito dispongo y te aconsejo reduciendo todas las palabras que hemos hablado en el camino. Y, si después tienes necesidad de venir a mí en busca de consejo, mi consejo es éste: haz en todo, con la bendición de Dios y mi obediencia, lo que te parezca mejor como agrado del Señor, y sigue sus huellas y pobreza. Y si te es necesario para tu alma, por motivo de otro consuelo, y quieres venir a mí, ven, León.[2]

Francisco de Asís

Ese billete fue, para el hermano León, el refrendo de la libertad evangélica, la alegría de su libertad franciscana.[2]

León siguió acompañando fielmente a Francisco en circunstancias cruciales de la vida del «pobre de Asís» incluso cuando, casi ciego, compuso el Cántico de las Criaturas o Cántico del Hermano Sol. Estuvo a su lado en el último regreso a la Porciúncula. Al final, cuando el cuerpecillo de Francisco era ya un desecho humano, confió el cuidado de su persona a cuatro de los más suyos, que le merecían un amor singular. Uno de ellos fue el hermano León, permitiéndole que le tocara sus sagradas llagas cuando le cambiaba las vendas manchadas con su sangre, lo cual era para fray León un gozoso y a la vez doloroso rito.

Francisco, celoso de que nadie se percatara del privilegio que significaban sus estigmas -privilegio del que se consideraba a sí mismo indigno-, llegó a tener con el hermano León esta delicadeza excepcional: una vez, colocó con amor su mano llagada sobre el corazón del hermano León; y éste, respirando admiración y estupor, prorrumpió en entrecortados sollozos.[2]

En el momento de la muerte de Francisco, acaecida el 3 de octubre de 1226, fue al hermano León y al hermano Ángel Tancredi a quienes les pidió que entonaran el Cántico de las Criaturas, con el estreno de la estrofa que compuso para aquel momento sobre «su hermana la muerte».[2]

Fray León también asistió a Clara de Asís en los instantes de su muerte, el 11 de agosto de 1253, sin querer separarse de su lecho. Gran parte de las fuentes biográficas sobre san Francisco, desde la Vida segunda de Celano en adelante, se inspiran en los recuerdos que dejó escritos el hermano León. Más aún, el sector de los «espirituales» de la Congregación le miró como la personificación y el testigo de excepción del auténtico ideal del Fundador.[5]


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