Batalla

Generalmente, una batalla se podría definir como un combate entre dos o más contendientes en donde cada uno de ellos tratará de derrotar a los demás. Las batallas tienen lugar más a menudo durante las guerras o las campañas militares y normalmente pueden ser bien definidas por el espacio, el tiempo y la acción llevada a cabo. Las guerras y las campañas son guiadas por la estrategia mientras que las batallas son las fases en las que se emplea la táctica. El estratega alemán Carl von Clausewitz manifestó que "el empleo de batallas para ganar el fin de la guerra" era la esencia de la estrategia.

Antiguamente, también era denominado batalla el centro de un ejército, distinguiéndolo así de la vanguardia de este y de su retaguardia. Aunque, también antiguamente se usaba batalla para definir cada uno de los grupos en los que era dividido un ejército.

"Las batallas son monótonas repeticiones del mismo absurdo espectáculo y en muy pocas puede señalarse el triunfo del ingenio sobre la fuerza".

Soy Roca de Félix Luna (1989).[1]

Características de una batalla

Sitio de Gravelinas, donde se produjo la Batalla de Gravelinas, con una victoria española sobre las tropas francesas que obligó al rey francés a firmar la paz, y desistir de su invasión de Italia. Esta batalla se produjo después de la batalla de San Quintín, y en honor a esta victoria, el rey Felipe II mandó construir el Monasterio del Escorial.

El historiador militar británico Sir John Keegan sugirió una definición ideal de batalla como "algo que ocurre entre dos ejércitos dirigidos por la moral para luego desintegrarse físicamente alguno de ellos" aunque los orígenes y los resultados de muchas batallas raramente pueden ser resumidos así.

La "acción" de una batalla se fundamenta en cumplir un objetivo — el objetivo ideal es la victoria pero la estrategia y las diversas circunstancias que pueden darse suelen precisar un compromiso. Se estima que un contendiente logra la victoria cuando su adversario se ha rendido, ha huido, ha sido forzado a retirarse o bien se ha vuelto militarmente ineficaz. Sin embargo, una batalla puede acabar en una victoria pírrica que finalmente favorezca al contendiente derrotado. Si no se cumple ningún objetivo de la batalla, el resultado se considera un empate. Un conflicto en el que uno de los bandos alcanza involuntariamente un objetivo suele terminar convertido en una insurgencia.

Hasta el siglo XIX la mayoría de las batallas han sido de corta duración, durando un día o menos — La Batalla de Gettysburg y la Batalla de Leipzig fueron excepcionalmente largas llegando a durar tres días. Esto fue debido principalmente a la dificultad de avituallar a un ejército en el campo de batalla. La típica forma de prolongar una batalla era llevar a cabo un asedio. Las mejoras en el transporte y la guerra de trincheras, incrementaron la duración de las batallas hasta semanas y meses, como se pudo observar durante la Primera Guerra Mundial. No obstante, en una batalla larga la rotación regular de unidades permitía que los períodos de combate intensivo a los que se veía sometido un soldado a nivel individual tendieran a ser más breves.

Las batallas pueden ser a pequeña escala, involucrando a un bajo número de individuos, quizás dos brigadas, o bien a gran escala, implicando así a ejércitos enteros donde miles de hombres luchan a la vez. El espacio que ocupa una batalla depende de la capacidad ofensiva de las armas de los combatientes. Hasta el advenimiento de la artillería y las aeronaves, el espacio donde se desarrollaba una batalla no iba más allá de donde alcanzaba la vista. Además, la profundidad del campo de batalla también ha aumentado en la guerra moderna, con unidades de respaldo en las retaguardias — suministro, artillería, enfermería, etc. — que exceden en número a las tropas de combate de avanzada.

Por lo general, las batallas son una multitud de combates individuales donde el individuo sólo experimentará una pequeña parte de los acontecimientos. Para el soldado de infantería, puede ser muy difícil distinguir entre un combate como parte de un asalto menor o como parte de una ofensiva mayor, y muy improbable que sea capaz de anticipar el curso de la batalla. Muy pocos soldados de la infantería británica que estuvieran presentes en el Primer día del Somme, 1 de julio de 1916, habrían anticipado que ellos estarían luchando en esa misma batalla en menos de cinco meses.

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