Bandolerismo

Asalto de ladrones, 1794, de Francisco de Goya,
óleo sobre hojalata. 42 x 31 cm. Colección Castro Serna (Madrid).
Bandolero andaluz arquetípico en una litografía de 1836

Un bandolero (también llamado bandido, encartado, brigante, salteador, proscrito o forajido) era un hombre armado que se dedicaba al robo, especialmente por asalto, al pillaje y, más raramente, al contrabando y al secuestro. Por lo general, asaltaban a los viajeros en los caminos peligrosos de las montañas o en los bosques, lo que facilitaba su ocultación y dispersión. No solían actuar en solitario, sino organizados en cuadrillas. Su equivalente en el mar es la llamada piratería o bandolerismo marítimo.

Historia

El fenómeno del bandolerismo es universal y muy antiguo; se origina en regiones donde la miseria y la injusticia se han cebado especialmente con algunas personas, empobreciéndolas y arrojándolas en brazos del contrabando, el robo o el crimen, lo que generaba una forma más o menos colectiva de saqueo organizado que incluía también delitos como el asalto, el secuestro y la vendetta. Se trata del llamado bandolerismo social, definido por Eric Hobsbawn:

En la montaña y los bosques bandas de hombres fuera del alcance de la ley y la autoridad (tradicionalmente las mujeres son raras), violentos y armados, imponen su voluntad mediante la extorsión, el robo y otros procedimientos a sus víctimas. De esta manera, al desafiar a los que tienen o reivindican el poder, la ley y el control de los recursos, el bandolerismo desafía simultáneamente al orden económico, social y político. Este es el significado histórico del bandolerismo en las sociedades con divisiones de clase y estados. (Bandidos: Barcelona: Crítica, 2001, p. 19)

Los griegos conocieron a bandoleros como Skirón y Procusto. Una carta dirigida a Cicerón (Epist., X, 31, 1), alude ya a Sierra Morena como una región plagada de bandoleros. Tito Livio cuenta también cómo había numerosos salteadores de caminos que asediaban las caravanas mercantiles en la Bética (XXVIII, 22) y, en la península Itálica, según narra Dion Casio, un tal Bulla Felix se adueñó del trayecto entre Roma y Brindisi en tiempos del emperador Septimio Severo, hacia el año 200 d. C., y llegó a reclutar una cuadrilla de hasta seiscientos bandoleros, manteniendo en jaque durante dos años a las tropas que los perseguían. De este personaje se cuentan golpes y latrocinios de gran audacia, y numerosos asaltos a viajeros de una forma tal que recuerda a la historia de bandoleros más modernos.

Durante las invasiones bárbaras y la crisis del poder imperial, el fenómeno se recrudeció en Occidente y hubo guerras en el siglo V contra los llamados Bagaudas en Francia y España. Si hacemos caso omiso de la fértil historia del bandidaje en la Edad Media, en la que podemos citar entre los rombritters alemanes a Wolf de Warrstein y a los golfines de La Mancha, que llegaron a suscitar con el tiempo en este territorio incluso una específica policía denominada Santa Hermandad vieja, existieron famosos bandoleros en las montañas de Escocia y los caminos de Inglaterra, los llamados highwaymen, como Dick Turpin o John Nevison, entre otros outlaw o forajidos (del latín fora exitus, "expulsados fuera"); en Francia también los hubo, como los brigants u hors-la-loi. Especialmente famoso fue Louis Dominique Bourguignon, "Cartouche", durante el siglo XVIII, pero también Mandrin o Claude Duval, y asimismo en la Italia del sur ( Nino Martino, Marco Berardi, Marco Sciarra, Angelo Duca, Fra Diavolo y Carmine Crocco), siempre en épocas de guerras, hambrunas, epidemias, revoluciones o crisis.

En tierras musulmanas también cundió esta plaga, con personajes como Ibn Hamdun, Alí al Tanuji o Imran b. Sahin, entre otros muchos. El fenómeno se reprodujo en el Nuevo Mundo: en los Estados Unidos son célebres Joaquín Murieta, Billy el Niño, los hermanos Jesse y Frank James y los Dalton, entre muchos otros. En Japón, la posición social del bandolero estaba desmarcada: unas veces eran ninja y otras ronin; el más famoso fue, sin duda, el ronin Ishikawa Goemon, personaje habitual del teatro kabuki.

Al mismo tiempo que todos estos forajidos realizaban sus fechorías, se creaba alrededor de ellos una cierta aura de leyenda que se aumentaba mediante algunos géneros literarios como la biografía criminal, la novela picaresca, las jácaras o los llamados romances de guapos de la literatura de cordel, comunes en los siglos XVII, XVIII y XIX, llegando a ser particularmente famosos algunos, como los siete romances consagrados al bandolero Francisco Esteban "el Guapo". Los ilustrados, empero, rechazaban estas manifestaciones de la literatura popular por ofrecer modelos al pueblo de delincuencia y mala vida que gente de poca instrucción y escasa moral podía seguir.

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