Bajo Imperio romano

El emperador Rómulo Augusto, hijo del general Flavio Orestes, fue ascendido a emperador por su padre. La presión de los hérulos reclamando las tierras en el centro de la península itálica provocó la caída de Rómulo cuando contaba con tan sólo 15 años de edad. En su lugar, el general de los hérulos, Odoacro, reclamó el trono de Italia (476), confinando a Rómulo en Lucullanum, el Castel dell'Ovo, en el golfo de Nápoles.[2]

El Bajo Imperio romano es el período histórico que se extiende desde el acceso al poder de Diocleciano en 284 hasta el fin del Imperio romano de Occidente en 476.

Tras los siglos dorados del Imperio romano (período denominado Paz romana, que abarca los siglos I a II), comenzó un deterioro en las instituciones del Imperio, particularmente la del propio emperador. Fue así como tras las malas administraciones de la Dinastía de los Severos, en particular la de Heliogábalo, y tras el asesinato del último de ellos, Alejandro Severo, el Imperio cayó en un estado de ingobernabilidad que se denomina Crisis o Anarquía del siglo III. Entre los años 238 al 285 hubo 19 emperadores, ninguno de los cuales murió de muerte natural, y que fueron incapaces de tomar las riendas del gobierno y actuar de forma coordinada con el Senado, por lo que terminaron por sumir Roma en una verdadera crisis institucional. Durante este mismo periodo comenzó la llamada «invasión pacífica», en la que varias tribus bárbaras se situaron, en un principio, en los limes del imperio debido a la falta de disciplina por parte del ejército, además de la ingobernabilidad emanada del poder central, incapaz de actuar en contra de esta situación.

En paralelo a esta crisis política se desarrolló una profunda crisis económica, caracterizada por una gran inflación y un declive de la agricultura, la industria, el comercio, el medio urbano y el sistema esclavista. Los períodos donde se intentó restablecer el orden, tales como el Dominado del siglo IV, introdujeron cambios políticos y económicos muy importantes en la administración y gobierno del Imperio, tales como la instauración primeramente de la tetrarquía, aunque la consiguiente división territorial del Imperio en el Imperio romano de Occidente, cuya decadencia aquí se estudia, y el Imperio romano de Oriente, que sobreviviría 1000 años más. No obstante, el hecho más relevante de este período de inestabilidad fueron las llamadas invasiones bárbaras, en las que los bárbaros del norte irían paulatinamente infiltrándose a través de los limes del Imperio, en una sucesión de guerras fronterizas e invasiones que acabarían por destruir al Imperio: las fronteras imperiales, privadas de la vigilancia de antaño, se convirtieron en auténticas puertas por donde penetraron impunemente las tribus bárbaras. Las más audaces fueron los pueblos germánicos, especialmente los francos y los godos, que arremetieron contra el imperio, atravesando la frontera de los ríos Rin y Danubio, hasta provocar su colapso.

La tradición occidental ha considerado que el Imperio romano desapareció como entidad política el 4 de septiembre del año 476, cuando Rómulo Augusto, el último emperador del Imperio romano de Occidente, fue depuesto por el bárbaro Odoacro. Roma ya había sido saqueada previamente por Alarico I en el 410, y no quedaba prácticamente nada del orden romano original; Rómulo Augusto ni tan siquiera gobernaba sobre todos los territorios que habían correspondido al Imperio de Occidente.

Tradicionalmente se sitúa en el año 476 como fecha que marca definitivamente la caída del Imperio romano e inicio de la Edad Media, sobre todo porque a partir de esa fecha ya ni tan siquiera hubo nadie que dijera ser el emperador de Occidente, y porque, caída la propia Roma, resultaba paradójico que el propio Imperio romano pudiera seguir existiendo. Sin embargo, muchos historiadores cuestionan esta fecha, haciendo notar que el Imperio romano de Oriente pervivió hasta la caída de Constantinopla el 29 de mayo de 1453, fecha que a su vez se usa como fin de la Edad Media e inicio del Renacimiento.

Crisis del siglo III

Aspectos sociales

Para el siglo III, la gran extensión del Imperio había vuelto muy lentas y difíciles las comunicaciones: a pesar de la excelente estructura de vías de comunicación, las calzadas romanas, y del sistema de postas, los mensajeros imperiales sólo podían aspirar a hacer trayectos como Roma-Antioquía o Roma-Londres en más de una semana. Estos medios no garantizaban la lealtad de los ejércitos fronterizos: los ejércitos de las provincias fronterizas incorporaban gente del lugar y se establecían fuertes vínculos de lealtad entre las tropas y sus comandantes, quienes, contando con esa fuente de poder, podían aspirar a ser emperadores del Imperio si se presentaba la ocasión.

Tras un caótico período de conjuras y crisis institucional que socavó las más básicas instituciones del Imperio, como el Senado o la magistratura, el asesinato de Alejandro Severo por sus tropas en el año 235 marcó el inicio de una etapa de crisis: tanto en Italia como en las provincias irán surgiendo poderes efímeros sin fundamento legal, mientras que la vida económica se vería marcada por la incertidumbre de la producción, la creciente dificultad de los transportes, la quiebra del sistema monetario, etc.

De este período se han diferenciado dos subperiodos. El primero es el de la Anarquía militar (235-268), caracterizado porque los ejércitos provinciales y la guardia pretoriana se rebelaron con frecuencia, ora para deponer a los emperadores, ora para elevar a sus comandante a la dignidad imperial.

Durante este período, además, se desatendió la salvaguarda de las fronteras, lo cual fue aprovechado por los pueblos bárbaros para invadir el aún rico Imperio romano. El hambre, las epidemias y la inseguridad se apoderaron del Imperio, que poco a poco se fue ruralizando.

Para el principado de Galieno, el descontrol llegó a tal punto que varias provincias de Occidente y Oriente se escindieron para formar el Imperio Galo y el Imperio de Palmira, respectivamente, en un intento de hacer frente con sus propios medios a los peligros exteriores que amenazan el Imperio.

El segundo periodo es conocido como el de los emperadores ilirios (268-284). Tras los años anteriores de anarquía militar, en los que la seguridad y la unidad del Imperio se habían visto gravemente comprometidas, diferentes emperadores de origen ilírio y danubiano, procedentes todos ellos, pues, de provincias fronterizas en las que se habían formado como generales y luchado contra los bárbaros, lograron reunificar el Imperio y sentar las bases para restablecer la situación: el emperador Claudio II fue el primero de ellos, y, aunque murió en batalla, marcó un punto de inflexión en la dinámica de crisis previa. Por su parte, su sucesor Aureliano reconquistó buena parte del imperio, poniendo fin al Reino de Palmira y al Imperio de las Galias, entre otros.

Aspectos económicos

La situación económica del Imperio a finales del siglo III era crítica. Las invasiones y los abusos de los grandes terratenientes, libres de cualquier gobierno capaz de refrenarlos, produjo un abandono de los campos por parte de los campesinos en busca de ocupaciones más prometedoras como el bandolerismo, lo cual se tradujo a su vez en una creciente inseguridad del medio interurbano, desfavoreciendo el comercio terrestre.

Así mismo, se produjo un debilitamiento del sistema monetario. El funcionamiento de la acuñación antigua estaba basado en que el valor de la moneda era el del metal que contenía, pero en tiempos de crisis, se solía rebajar la calidad de la moneda con la adición de un metal inferior, sin reducir su valor nominal. En tiempos de Nerón, se emitieron denarios de plata con una pureza del 90 %. Marco Aurelio emitió moneda de plata con un 75 % de metal noble y Septimio Severo con un 50 %, todo ello para sufragar los crecientes gastos militares.

En el siglo III el Imperio había cesado su expansión y el estado ya no pudo contar con las riquezas obtenidas por las conquistas militares. Por eso, produjo una reducción alarmante del abastecimiento de metales preciosos, combinada con unos altísimos gastos gubernamentales. Estos aspectos, obligaron a los emperadores a emitir monedas de plata de valor bajo para satisfacer sus necesidades. El pueblo reconoció que las monedas estaban fuertemente sobrevaloradas con respecto a su contenido en metal. El valor de la moneda cayó mientras que los precios subían fruto de la inflación producida por el incremento del efectivo puesto en circulación, el resultado fue una espiral inflacionaria con monedas fuertemente devaluadas que provocaron precios todavía más altos. Además, Roma compraba artículos de lujo al oriente y sólo vendía granos y otros alimentos, así el Imperio occidental tuvo una balanza comercial negativa.

En tiempos de Galieno, el porcentaje de pureza de las monedas de plata había descendido a un 5 %. No pasaron muchos años para que el gobierno emitiera monedas de cobre plateado.

Otra víctima de la inflación fue el propio Estado, ya que el cobro de los impuestos creció en su valor real mientras que con lo recaudado no alcanzaba a pagar a los funcionarios y a los soldados, por lo que se decidió pagarles con alimentos, sistema que se convirtió en el normal sistema impositivo de finales del Imperio, y continuaría durante la Edad Media.

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