Ayacucho prehispánico

El actual territorio de Ayacucho, en el Perú, ha sido uno de los centros gestores de la cultura andina desde tiempos muy remotos. Los estudios realizados por el científico canadiense Richard MacNeish en las décadas de los años 1960 y años 1970 confirmaron la presencia del hombre en la región desde los tiempos del período paleolítico. En efecto, Mac Neish hizo reconocimientos en 360 sitios ayacuchanos, siendo los más importantes Piquimachay, Ayamachay, Rosasmachay y Puente. Se ocupó, fundamentalmente, de excavar dentro de abrigos rocosos, en los que halló estratos con rastros de presencia humana de muy remota antigüedad.

Tiempos iniciales

En la cueva de Piquimachay (a 25 km al norte de la actual ciudad de Ayacucho, a 2.740 msnm), refugio frecuentado por grupos humanos durante muchos siglos, en el estrato denominado Paccaicasa por MacNeish, este investigador encontró raspadores y puntas de proyectil asociados a restos óseos de animales prehistóricos, como el megaterio o perezoso gigante, el smilodon o tigre dientes de sable y la paleolama o camélido primitivo, entre otros, cuya extinción se estima que ocurrió hace 22.000 años. MacNeish (1971) dio al hombre andino ayacuchano una antigüedad excepcional, que motivó intensa polémica entre los científicos.

Diversos estudios críticos insistieron en la necesidad de disminuir la antigüedad asignada por MacNeish a Piquimachay. No se creía posible que hubiera instrumentos humanos de 22.000 años de antigüedad. Un examen radiocarbónico más exhaustivo de los restos óseos de animales arrojó 17.000 años de antigüedad, dando lugar a un discusión sobre la posible mayor longevidad de la megafauna prehistórica en América. A su vez, Thomas F. Lynch (1974) y John W. Rick (1983) pusieron en duda la coetaneidad entre los restos óseos y las herramientas líticas, considerando dichas piezas como resultado de la actividad volcánica sobre los distintos estratos.

No obstante, hay más consenso en que los instrumentos líticos hallados en el estrato inmediatamente superior al de Paccaicasa (la llamada “fase Ayacucho”, que MacNeish fijó de 13.000 a 11.000 a.C.), son de manufactura humana, habiéndose hallado también una mandíbula de un niño con los dientes incluidos, un radio, falanges y costillas, que serían los más antiguos restos humanos del Perú. Ello probaría, al igual que los restos humanos de Lauricocha ( Huánuco) o las pinturas rupestres de Toquepala ( Tacna), que la gestación de la cultura en los Andes fue desarrollándose desde su fase primordial, hace 15.000 años, por sus propios habitantes ancestrales, sin que mediase influencia exterior alguna.

Piquimachay también mostró que, en los Andes, el tránsito del empleo de la piedra tallada ( paleolítico) a la piedra pulida ( neolítico) no siguió los moldes euroasiáticos. El pulido pétreo no marcó el surgimiento de aldeas ni el descubrimiento de la agricultura; tampoco hubo una edad de los metales que definiera la formación de un sistema de poder político.

Entre los años 5.000 y 3.000 antes de nuestra era, el hombre andino empezó a experimentar con labores agrícolas sin dejar de vivir en cavernas y sin abandonar la caza y la recolección como principal forma de supervivencia. La piedra tallada se siguió empleando cuando ya se conocía la alfarería. Y entre los años 3.000 y 2.000 antes de nuestra era, sin llegar al pleno dominio de la piedra pulida ni al empleo del bronce –sin conocer la rueda ni el hacha filosa–, empezaron a formarse aldeas y se construyeron centros ceremoniales en los valles interandinos, en torno a una extendida producción agrícola basada en canalizaciones fluviales y en la domesticación de especies.

Por ejemplo, en Chihua, en el área de Huanta, hay restos de vida aldeana que datarían del 2.500 a. C. Sin un progreso demasiado notable en cuanto a sus herramientas, estos pobladores sedentarios cultivaban maíz, lúcuma y frijol, empleaban morteros de piedra para moler granos, se iniciaban en el tejido y la alfarería, y domesticaban cuyes y camélidos.

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