Arturo Soria

Arturo Soria, en un reportaje publicado en Mundo Gráfico el 10 de junio de 1914.

Arturo Soria y Mata ( Madrid, 15 de diciembre de 1844 — Madrid, 6 de noviembre de 1920) fue un urbanista, constructor, geómetra y periodista español, conocido por el diseño y desarrollo de la ciudad lineal de Madrid, cuya arteria principal lleva su nombre en el actual distrito de Ciudad Lineal.[2]

Biografía

El alumno

Hijo de una familia liberal de origen aragonés (su padre era de Bijuesca), nació sin embargo en la calle del Caballero de Gracia de Madrid.[3]

En 1863 ganó por oposición una plaza en el Cuerpo de Telégrafos e inició su preparación para el ingresó en la entonces recién creada Escuela del Catastro.[6]​ Funcionario en las oficinas de Estadística del ferrocarril del Mediodía, trabaja además dando clases de Matemáticas y comienza a colaborar con los grupos que pretenden liberar la presión de la censura isabelina.

El conspirador y el político

Durante 1865 y 1866 colabora con su amigo Felipe Ducazcal, imprimiendo pasquines revolucionarios contra el gobierno monárquico y asistiendo a las reuniones conspiratorias de la facción liberal en un gimnasio de la calle de La Cueva.[6]​ El 22 de junio de 1866, implicado en la sublevación del cuartel de San Gil, lucha junto a su maestro, Manuel Becerra en las barricadas del la Cuesta de Santo Domingo. Sofocada la revuelta, ayuda a ponerse a salvo a algunos de los conspiradores más reconocidos.

Tras este romántico episodio se concentra en concluir su preparación para acceder a un puesto en el Catastro (Escuela Superior de Operaciones Geográficas), y concluido en 1867 su periodo de prácticas en Navalcarnero es destinado a La Granja, donde continuó operando como correo de enlace, recibiendo la correspondencia de los líderes revolucionarios huidos a Ostende, París y Londres.[7]

Con el triunfo de la Revolución de 1868 fue enviado a Lérida con el cargo de Secretario del Gobierno Civil de esa capital catalana, y en 1869 a Orense, donde pudo sofocar la revuelta del levantamiento federal del 2 de octubre de aquel año.[8]

En 1871 fue destinado a la Secretaría del Gobierno Superior Civil de Puerto Rico, donde su oposición a los criollos esclavistas y su gestión para la puesta en práctica de la nueva legislación sobre la abolición de la esclavitud en la que trabajaba Manuel Becerra, supusieron finalmente su forzada dimisión y retorno a España.[2]

Tranvías, teléfonos y otros inventos

La atracción que el ferrocarril tuvo para Arturo Soria le llevó a preocuparse por su estudio y aplicaciones a partir de 1873, año en que se retiró de la vida política, con especial dedicación hasta 1886, año en que dimitió en la dirección de la empresa de Tranvías de Estaciones y Mercados (TEM), presentada por Soria en 1876 y creada en marzo de 1878.[9]

El abandono del «sueño tranviario» (que nunca llegó a arraigar en la capital española tal y como Soria lo concibió), le llevó a desarrollar otro de los proyectos en los que ya llevaba trabajando: el teléfono. A partir de la expansión y perfeccionamiento del modelo experimental de Alexander Graham Bell, Soria solicitó al gobierno español del momento (1876-1880) la concesión de «la que hubiera sido la primera red telefónica del mundo».[12]

El proyecto se enfrentó primero a la lentitud burocrática y luego al recelo de que un individualista como Arturo Soria —y su conocida, inquebrantable y personal ideología— controlase un instrumento tan prometedoramente poderoso.[13]​ No serviría de consuelo a nadie que los accidentes e imperfecciones que rodearon al intento de montaje del proyecto seleccionado acabaran provocando su modificación y finalmente su rechazo y olvido.

Entretanto, y a raíz de las inundaciones de 1879 en Murcia, Soria había puesto en circulación un folleto presentando un dispositivo de aviso a la población en previsión de la crecida de ríos, ramblas y avenidas, con tiempo suficiente para controlar la riada con medidas urgentes.[13]

Otro invento, éste de carácter instrumental y como asistente a los trabajos de imprenta, fue un teodolito que imprimía automáticamente los datos de los ángulos en caracteres tipográficos.[2]

El urbanista

La línea recta, dueña y señora de un plano en todos sus detalles, es la perfección, la comodidad, la riqueza, la salud, la instrucción, la república, en fin, como forma de gobierno.[15]
— Arturo Soria

Accionista y colaborador del diario El Progreso (portavoz del Partido Progresista-Democrático, de ideología republicana), Soria se desarrolló a partir de 1882 como articulista científico.[16]​ El 22 de enero de 1882 se publica un artículo titulado Cosas de Madrid, considerado como el primero de una sucesión de ellos que conformarán la carta de presentación de su gran proyecto vital: la Ciudad Lineal.

Confesando la influencia del «organismo de Spencer» y haciendo suyo el lema de Ildefonso Cerdá «Urbanizar el campo, ruralizar la ciudad»,[19]

«Intermezzo» cubano

En 1886, con el producto de la venta de sus acciones en la empresa de Tranvías de Estaciones y Mercados (TEM), Soria se instaló en la Quinta de Maudes, en Chamartín de la Rosa, donde investiga y se documenta sobre las Aguas artesianas, subterráneas y corrientes en la provincia de Madrid, a partir del estudio así titulado por Joaquín Jiménez Delgado.[20]

La Ciudad Lineal

“Todos los solares de los alrededores de Madrid están comprados con una finalidad agiotista. Nadie piensa construir, sino en que suban de precio para revender, en anticiparse a las necesidades de la población para explotarla cuando carezca de viviendas…”

Arturo Soria (1883)

El 3 de marzo de 1894, se creó ante notario la Compañía Madrileña de Urbanización,[22]

Para respaldar y sancionar su proyecto, Soria pidió opinión a las Sociedades de la Arquitectura y de la Higiene, pero no recibió respuesta. La Sociedad Geográfica se opuso a la idea, la Real Academia de Medicina se abstuvo y la Real Academia de Ciencias le dio su apoyo. Por su parte, el Ministerio de Fomento le negó la patente y el Ayuntamiento de Madrid hizo mutis. Si ha de creerse al propio Soria, detrás de toda la cadena de indiferencia y oposición se escondían los crecientes «intereses creados en torno al suelo del municipio madrileño y la inercia e indiferencia ante todo lo innovador por parte de la administración, tan características de la burocracia española».[g]

Tras el largo proceso de gestión, y aun sin conseguir que la obra fuera declarada de utilidad pública, el 16 de julio de 1894,[24]

El proyecto incluyó la repoblación de los áridos descampados del nordeste de Madrid, en el tramo entre Chamartín de la Rosa y la antigua carretera de Aragón. Con ese objetivo, en 1895, el propio Belmás impulsó lo que popularmente se llamaría Fiesta del Árbol,[2]

Desarrollo y supervivencia

El proyecto contó con el apoyo de publicaciones como el Heraldo de Madrid o La Correspondencia de España y, en el extranjero, de Le Figaro y alguna revista inglesa.[24]

El ambicioso proyecto,[2]

A la luz de los documentos recuperados y publicados posteriormente,[28]

Creemos en el progreso indefinido, sin límites, ni término, ni fin; creemos en la aparición de cosas nuevas más perfectas potencialmente contenidas en las cosas menos perfectas que conocemos. [2]

Arturo Soria Progreso indefinido (1898)
Arturo Soria, en un retrato familiar probablemente realizado en “Villa Rubín”,[29]​ hacia 1915.

Diversos estudios de la figura de Arturo Soria como gestor emprendedor de una obra inacabada, han analizado desde la perspectiva y la tregua que solo dan el tiempo, la valoración del intento y las características del periodo de la historia de España en que se desarrolló.[24]

Así, se explica, y en algunos caso se denuncia, la cadena de intereses no solo de determinadas facciones e ideologías opuestas a las del urbanista, sino también de empresas de la competencia contemporáneas (como el poderoso «holding» de sociedades de tranvías de Madrid, controlado por el Marqués de Urquijo) que, unidos a los sabotajes físicos de elementos supuestamente incontrolados y nunca encontrados ni juzgados,[33]

Donde no puede vivir un árbol, como ocurre en la mayoría de las calles de Madrid, no deben vivir las personas.[34]

Arturo Soria

El editor

Arturo Soria, practicante asiduo desde la década de 1870 de un periodismo crítico y en ocasiones agresivo, aprovechó el emporio empresarial de la Compañía Madrileña de Urbanización (CMU) para fundar una especie de periódico satírico-crítico-urbanístico que con el rocambolesco título de La Dictadura y el aún más bufonesco lema de “Periódico Monárquico”, constituyó sin embargo uno de los primeros modelos en España de revista de urbanismo.[35]

La Dictadura, cuyo primer número apareció el 5 de octubre de 1895 como órgano de prensa de la CMU, y con redacción en la propia Quinta de Maudes —casa familiar de Soria hasta la construcción de “ Villa Rubín” en la Ciudad Lineal—,[37]

El teósofo

Su vertiente como teósofo, puede estudiarse en la colección de artículos publicados en la revista Sophia.[38]

Sintetizando ciencia y pensamiento filosófico, matemáticas y conciencia social, en diversas ocasiones se presentó a sí mismo como abogado de una “geometría de la naturaleza”, admirador de Spencer y Darwin, poniendo en escena sus facetas de geómetra o de pitagórico «capaz de desarrollar y construir los poliedros regulares descritos por el matemático francés Cauchy»,[39]

Tumba de Arturo Soria en el cementerio civil de Madrid.

He buscado la verdad; no he tenido la intención de hacer ni una obra piadosa, ni menos una impía. En la apariencia tendrá el color del cristal con que lo miren.[40]

Arturo Soria, 1894

Tumba civil

Fallecido en 1920 a los 76 años de edad, la noticia fue recogida en veinte publicaciones. Algunas de ellas reseñan que a su entierro acudieron unas dos mil personas y el féretro fue llevado a hombros desde la Ciudad Lineal hasta Ventas, y enterrado en el cementerio civil de Madrid.[42]

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