Arte otoniano

La cruz de Essen con grandes esmaltes, con gemas y grandes esmaltes senkschmelz , ca. 1000

El arte otoniano es un estilo en el arte prerrománico germano, que abarca también algunas obras de los Países Bajos, el norte de Italia y el este de Francia. Fue nombrado por el historiador de arte Hubert Janitschek por la dinastía otoniana que gobernó Alemania y el norte de Italia entre 919 y 1024, bajo los reyes Enrique I el Pajarero, Otón I, Otón II, Otón III y Enrique II.[2]​ En el esquema tradicional de la historia del arte, el arte otoniano sigue al arte carolingio y precede al arte románico, aunque las transiciones en ambos extremos del período son graduales y no repentinas. Al igual que el primero y a diferencia del último, fue en gran medida un estilo restringido a unas pocas de las pequeñas ciudades de la época y a importantes monasterios, así como a los círculos de la corte del emperador y de sus principales vasallos.

Después del declive del Imperio carolingio, el Sacro Imperio Romano fue restablecido bajo la sajona dinastía otoniana. De esto surgió una fe renovada en la idea de Imperio y una Iglesia reformada, creando un período de mayor fervor cultural y artístico. Fue en esta atmósfera en la que se crearon obras maestras que fusionaron las tradiciones en las que se inspiraron los artistas otonianos: modelos de origen en la antigüedad tardía, carolingios y bizantinos. El arte otoniano que sobrevive es en gran parte religioso, en forma de manuscritos iluminados y trabajos de metal, y se produjo en un pequeño número de centros para un reducido grupo de patrones en el círculo de la corte imperial, así como figuras importantes en la iglesia. Sin embargo, gran parte de ella fue diseñada para ser mostrada a un público más amplio, especialmente a los peregrinos.[3]

El estilo es generalmente grandioso y pesado, a veces excesivo, e inicialmente menos sofisticado que sus equivalentes carolingios, con menor influencia directa del arte bizantino y menos comprensión de sus modelos clásicos. Pero alrededor de 1000 una sorprendente intensidad y expresividad emergieron en muchas obras, como «una monumentalidad solemne que combina con una interioridad vibrante, una calidad mundana y visionaria con una atención aguda a la actualidad, a los patrones superficiales de líneas fluidas y ricos colores brillantes con un emocionalismo apasionado».[4]

Marco histórico

Otón II y Teófano, bajorrelieve en marfil, Museo de Cluny, París.

Este renacimiento de las artes y la arquitectura se produce bajo el patronazgo cortesano de Otón I de Alemania (936973), hijo de Enrique I el Pajarero, y sus inmediatos sucesores: Otón II (973983), y Otón III (9831002). Comenzó después del matrimonio de Otón con Adelaida de Italia (951), que unió los reinos de Italia y Alemania y de esta manera acercó Occidente al Imperio bizantino, reforzando la causa de la unión entre cristianos con su coronación imperial en 962. Los emperadores posteriores residieron principalmente en el norte de Italia, llegándoseles a acusar de cierto abandono de los asuntos al norte de los Alpes. Ni Otón II ni Otón III pasaron mucho tiempo al norte de los Alpes, produciéndose durante sus reinados un arte fuertemente bizantinizado. A veces se considera que abarca también el reinado del último emperador de la dinastía, Enrique II, emperador a partir de 1014 y el primero que asumió el título de rey de los Romanos; rara vez se incluye dentro de este arte la época de la dinastía salia inaugurada por Conrado II en 1024. El término se circunscribe generalmente a la cultura de la corte imperial llevada a cabo en latín en Germania.[5]

El "renacimiento otoniano" se manifiesta especialmente en las artes y la arquitectura, revitalizadas por el contacto renovado con Constantinopla, en la reviviscencia de algunas escuelas catedralicias, como la de Bruno I, arzobispo de Colonia, y en la producción de manuscritos iluminados, la principal forma artística de la época, de un puñado de scriptoria de élite, como Quedlinburg, fundado por Otón en 936 y en la ideología política.

Las abadías imperiales y la corte imperial se convirtieron en centros de vida religiosa y espiritual, guiados por el ejemplo de mujeres de la familia real: Matilde de Ringelheim, la ilustrada madre de Otón I, o su hermana, Gerberga de Sajonia, o su consorte Adelaida de Italia, o la emperatriz Teófano.

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