Arqueología procesual

La arqueología procesual o arqueología de sistemas, a menudo conocida bajo la denominación inglesa de New Archaeology como intento de emular otras ciencias que les sirvieron de inspiración (la Nueva Antropología o la Nueva Geografía) es una escuela arqueológica anglosajona cuyos orígenes están en la publicación, en 1958, del libro Method and Theory in American Archeology, de Gordon Willey y Philip Phillips. En él expresaban su paradigma científico con la siguiente frase: «La arqueología americana o es antropología o no es nada.», de este modo asumían que los objetivos de la disciplina arqueológica deberían ser idénticos a los de la antropología cultural.

Sin embargo el verdadero impulso de la arqueología procesual vino diez años más tarde de la mano de dos investigadores, el estadounidense Lewis Binford[2]​ Aunque la Arqueología procesual ha tenido una gran influencia en todo el mundo, su desarrollo partió de los Estados Unidos en los años 60 y 70, habiendo recibido un importante impulso por parte de muchos arqueólogos latinoamericanos y británicos.

Francia es, quizá el reducto donde menos influencia ha tenido, pues los franceses poseen una escuela propia de prehistoriadores que, sin duda, se sintió duramente atacada por las ideas de la New Archaeology, lo cual no ayudó a ver las incuestionables virtudes de esta escuela; al contrario se produjo una reacción de rechazo que sólo sacaba a relucir sus defectos.[3]

Matthew Johnson da, por otra parte, una explicación realmente convincente acerca de por qué la Nueva Arqueología tuvo menos seguidores en Europa. En primer lugar, nos aclara que en las universidades estadounidenses, la disciplina arqueológica suele asociarse a los departamentos de Antropología cultural, donde es importante la base teorética y se aprecia mucho la epistemología; en cambio, en Europa, los arqueólogos son casi todos prehistoriadores asociados a departamentos de Historia, de hecho, la mayoría de los europeos considera que no hay una ruptura clara entre Historia y Prehistoria, sino un proceso continuo y desigual, de ahí la concepción más historicista de la disciplina. En segundo lugar, los arqueólogos americanos son, en su mayoría, de ascendencia europea, y consideran los yacimientos arqueológicos como parte de pueblos ajenos, en este sentido pone un ejemplo muy ilustrativo:

«Si uno va a la Smithsonian Institution en Washington encontrará el Museo de Historia Americana, por un lado, donde se explica la historia de los blancos, y por otro, el Museo de Historia Natural, donde se expone la flora y la fauna del Nuevo Mundo, así como la historia de los nativos americanos»

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Siguiendo con la explicación, el panorama que ven los europeos es muy diferente, pues el legado arqueológico es parte de un pasado propio, que a menudo es empleado para recalcar peculiaridades locales, regionales o nacionales (un italiano nunca renegaría del mausoleo de Teodorico, por más que lo construyera uno de los pueblos bárbaros que destruyeron el Imperio romano, ya que lo considera una aportación a su identidad). En tercer lugar, muchos de los procedimientos de la Nueva Arqueología tienen sentido en Arizona, donde es posible conectar restos antiguos con pueblos indígenas; esos mismos procedimientos se desbaratan ante la mezcolanza de hallazgos en el subsuelo de Salamanca (por poner un ejemplo). Sin embargo, este mismo autor incide en que la Nueva Arqueología ha tenido cierta influencia, tanto mayor, cuanto más antiguos son los yacimientos: es más fácil hallar algún seguidor del procesualismo en Atapuerca que en Itálica (realmente, es más que probable escuchar discusiones teoréticas en una excavación paleolítica, pero éstas serán más raras cuando hay que excavar una villa romana, pues allí primará un enfoque histórico-artístico).[4]

Problemas de la Nueva Arqueología

A partir de 1960 y principios de 1970 la Nueva Arqueología tenía el problema de que no existía unanimidad respecto a su naturaleza y su alcance.[6]

Muchos de los temas del siglo XIX están por redescubrir, aunque los enfoques tradicionales también tienen sus desventajas, como por ejemplo que se prescinde de ellos, tal como sucede entre la Nueva Arqueología y la normativa de la arqueología.[9]

Este mismo punto de vista aparece en Symbols in Action, de Ian Hodder, cuyas ideas principales respecto al periodo anterior de la Nueva Arqueología son que la cultura material estaba constituida significativamente, era necesario que el individuo formara parte de las teorías de la cultura material y del cambio social, y que el vínculo más estrecho de la arqueología es la historia.[10]

Significados culturales y contexto

Las transformaciones culturales incidían en las relaciones entre los restos materiales y el comportamiento de sus productores.[12]

A medida que aumenta la duración e intensidad de la ocupación de un yacimiento arqueológico, aumenta también la organización y el movimiento de los desechos.[12]

La semejanza entre objetos aumentaba a medida que se incrementaba la interacción interpoblacional.[13]

Lewis R. Binford sugirió que la correlación general entre la complejidad del ceremonial funerario y la complejidad de la organización social es otro caso en el que se puso de manifiesto que la cultura material es un reflejo de los enterramientos.[16]

El status social en las etapas iniciales del desarrollo de una sociedad jerarquizada pudo haberse exagerado y naturalizado en la muerte, y en etapas posteriores, la variabilidad funeraria negó la jerarquía social.[16]

En las prácticas funerarias, estas generalizaciones son poco convincentes y la cultura material es un reflejo indirecto de la sociedad humana.[16]