Archidiócesis de Barcelona

Archidiócesis de Barcelona
Archidiœcesis Barcinonensis
Escudo de la Archidiócesis de Barcelona.svg
Información general
Sede Barcelona
Erigida como diócesis siglo IV
Elevada a arquidiócesis 25 de marzo de 1964
País Flag of Spain.svg  España
Catedral Santa Cruz y Santa Eulalia
Diócesis sufragáneas Tarrasa
San Feliú de Llobregat
Sitio web www.arquebisbatbarcelona.cat
Jerarquía apostólica
Papa Francisco
Arzobispo Juan José Omella Omella
Obispos auxiliares Sebastià Taltavull, Sergi Gordo Rodríguez y Antoni Vadell Ferrer
Arzobispo(s) emérito(s) Lluís Martínez Sistach
Jurisdicción
Provincia eclesiástica Barcelona
Curia Diocesana Palacio Episcopal de Barcelona
Calle del Bisbe, 5
Parroquias 208
Población católica 2.670.711 habitantes (año 2012)
Región Cataluña
Superficie 340,53 km²
Archidiócesis de Barcelona.svg
Localización y extensión de la archidiócesis
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La archidiócesis de Barcelona (en latín: Archidioecesis Barcinonensis) es una jurisdicción eclesiástica de la Iglesia católica en España. Es la sede metropolitana de la provincia eclesiástica de Barcelona con dos diócesis sufragáneas: Tarrasa y Sant Felíu de Llobregat. Su sede es la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia de Barcelona.

La jurisdicción de la archidiócesis comprende los municipios del oeste de la provincia de Barcelona, extendida por las comarcas catalanas del Barcelonés, el Bajo Llobregat y el Maresme.[1]

La sede episcopal de Barcelona fue establecida en el siglo IV con el nombre de «Diócesis de Barcelona». El 25 de marzo de 1964 es eleva a archidiócesis con el nombre de Archidiócesis de Barcelona.

El actual arzobispo metropolitano, monseñor Juan José Omella Omella, fue nombrado el 6 de noviembre de 2015 y tomó posesión de la archidiócesis el 26 de diciembre siguiente.

La archidiócesis cuenta con 214 parroquias, abarca unos 340,53 km² en los que habitan unas 2.661.538 personas, de las cuales 2.110.915 son católicas, o sea el 79,6% de la población,[2]​ que son atendidos por 862 sacerdotes.

Para formar a los seminaristas, el arzobispado cuenta con un seminario archidiocesano. La archidiócesis posee una gran riqueza arquitectónica en templos y santuarios, de los que varios han sido declarados Monumento nacional y Basílicas menores.

Historia

Orígenes

El cristianismo arraigó pronto en este territorio coincidiendo con el proceso de romanización. Hay indicios de vida cristiana desde el siglo III con la presencia evangelizadora de san Cugat, martirizado durante la persecución de Diocleciano en el 304. Las tradiciones locales dan noticias de otros mártires del mismo momento como santa Eulàlia de Barcelona, santo Medir, las santas Juliana y Semproniana de Mataró y el obispo santo Severo de Barcelona, pero estas noticias son históricamente dudosas.

Los primeros obispos documentados son Pretextat de Barcelona, que asistió al concilio de Sardica en el 343, santo Pacià y Lampi, que ordenó de presbítero al santo Paulí de Nola. Pertenece a esta época la basílica dedicada a la Vera Cruz, con baptisterio exento, localizada arqueológicamente en el subsuelo de la catedral actual.

A partir del siglo V se abre una época confusa debido a las invasiones de los visigodos, los cuales trajeron el herejía del arrianismo. Hasta el año 589 parece que coexistieron dos obispos dentro de la ciudad de Barcelona: el católico y el arriano. En el año 450 se creó el obispado de Ègara desmembrado del de Barcelona y entre el 540 y el 599 se celebraron dos concilios generales de todo Hispania en la ciudad de Barcelona.

Edad Media

La invasión musulmana de principios del siglo VIII provocó la fuga del obispo Laülf de Barcelona y del obispo de Ègara, la interrupción de la sucesión episcopal en Barcelona y la desaparición del obispado de Ègara. Los habitantes de estas ciudades, carentes de obispos, se organizó de tal manera y con suficiente libertad para ofrecer sus ciudades a los francos cuando Carlomagno y sus descendientes emprendieron las campañas de conquista del sur de los Pirineos.

Catedral de Santa Eulalia

Los carolingios nunca vieron con buenos ojos el antiguo estamento episcopal visigodo e impusieron nuevos obispos francos fieles al imperio. El primero de ellos, Joan, no aparece documentado hasta el año 850, casi 150 años después del obispo Laülf. Así mismo impusieron la sumisión canónica del obispado de Barcelona a la archidiócesis de Narbona, puesto que la archidiócesis de Tarragona seguía en manos musulmanas. Esta sumisión fue mal acogida y a partir del siglo X nacieron varios intentos de restaurar la sede de Tarragona, topando con la oposición de Roma, la sede de Narbona y los reyes carolingios. En el año 985 Barcelona fue asaltada por las tropas de Almanzor y en aquel asalto fue destruida la vieja catedral paleocristiana.

A partir del siglo XI la iglesia barcelonesa se organiza a la sombra de los poderes civiles emergentes. Los obispos se caracterizan por su total sumisión a los vizcondes de Barcelona, los cuales consideran el obispado como una posesión propia y por eso actúan nombrando obispos y haciéndolo objeto de venta o herencia. Los obispos, interesados en la adquisición de nuevos territorios dentro del proceso de reconquista, destacan más como batalladores que como guías espirituales. De este siglo es la construcción de la nueva catedral románica bajo el patronazgo de los condes de Barcelona Ramon Berenguer Y Almodis de la Marca.

En el siglo XII se llevó a cabo la organización del obispado en parroquias y bajo el impulso del obispo san Oleguer de Barcelona se inició la aplicación de la reforma gregoriana. Este prelado participó en muchos concilios europeos, fue consejero de los condes de Barcelona Ramon Berenguer III, al cual aconsejó en su política ultrapirinenca, y Ramon Berenguer IV, al cual aconsejó en su unión con Aragón. Con él también se aconteció la anhelada restauración de la sede de Tarragona, siendo el primer arzobispo efectivo después de la conquista musulmana. A lo largo de los siglos XI y XII adquirieron gran importancia el monasterio de Sant Cugat y el monasterio de Santas Cruces, con amplias posesiones de territorio y patronazgo de parroquias.

Durando el siglo XIII se inició la presencia e influencia de las órdenes mendicantes. A este hecho se tiene que añadir la fundación de la orden de la merced, fundado por san Pere Nolasc con la ayuda del obispo Berenguer II de Palou y del rey Jaume I. La colaboración de este obispo en la conquista de Mallorca dio al obispado de Barcelona amplios territorios a la isla, que fueron administrados por el obispado hasta el siglo XIX. El año 1233 el rey Jaume I cedió a las presiones del papa e implantó la inquisición pontificia en Barcelona, con la ayuda de san Ramón de Peñafort, para combatir los cátaros.

Durando el pontificado de Ponç de Gualba (1303-1334) se llevó a cabo la organización administrativa de la diócesis con el inicio de la redacción de los registros documentales de las actividades de la curia episcopal, que se conservan al Archivo Diocesano de Barcelona. A lo largo del siglo XV se hizo notar la influencia de los papas de la familia Borja y se inició la costumbre de no residir en la sede episcopal. Pero el hecho más remarcable de este periodo fue la construcción del tercer templo catedralicio, el gótico, a pesar de que quedó inconcluido por los efectos de la crisis general del país, a consecuencia de la guerra civil catalana.

Edad Moderna

La política absentista de muchos de los obispos barceloneses del siglo XV provocó el aumento del poder y prestigio del capítulo catedralicio que tostentaron, de hecho, el gobierno de la diócesis. No fue hasta la elección del obispo Jaume Cazador (1546-1561) que desaparace el problema del absentismo de los obispos, puesto que este prelado inició la reforma diocesana de acuerdo con el espíritu del Concilio de Trento. colaboraron con un importante papel las órdenes reformadoras ( capuchinos, carmelitas descalzos) y especialmente los jesuitas. En el año 1598 el obispo Joan Dimas Lloris inauguró el seminario tridentino.

Durando el siglo XVII los obispos de Barcelona estuvieron asociados a cargos de política civil, a menudo por influencia de los monarcas. Dos obispos desarrollaron el cargo de lugarteniente de Cataluña, Joan Sintiera y Sunyer (1622-1627) y García Gil de Manrique y Maldonado (1640). Este último fue el primero de una serie de obispos castellanos que la monarquía impuso en el contexto del enfrentamiento entre las autoridades catalanas y el rey.

El desenlace de la guerra de sucesión española supuso el exilio del obispo Benet de Sala y de Caramany, primer obispo de Barcelona creado cardenal, y la expulsión de 350 clérigos por su actitud contraria a Felipe V. Se abrió entonces un importante periodo que comportó el nombramiento sistemático de obispos foráneos (hasta 1850 solo tres obispos serían de habla catalana), la suspensión de los sínodos diocesanos y el retroceso de la libertad pastoral de la diócesis.

El último de estos obispos de habla catalana, Josep Climent y Avinent (1766-1775), fue el responsable del traslado del seminario tridentino al Colegio de Belén, antiguo centro de los jesuitas abandonado por la expulsión de esta orden de España en 1767. Igualmente fue el creador de la Biblioteca Episcopal ( 1772), de escuelas primarias gratuitas y de aceptar el catalán como lengua pastoral.

Edad contemporánea

La Ocupación Napoleónica comportó una campaña de persecución contra la iglesia. Desde 1808 hasta 1814 la diócesis estuvo sin obispo, se suprimieron las órdenes religiosas, muchos conventos fueron cerrados y numerosos sacerdotes y religiosos fueron asesinados. La persecución supuso, además, la destrucción y pérdida de una parte muy importante del patrimonio cultural eclesiástico diocesano con la quema de iglesias, obras de arte y archivos parroquiales.[3]

El apoyo de la iglesia a la causa del carlismo durante el periodo posterior comprometió su acción pastoral, a pesar de que durante el trienio liberal (1820-1823) se alimentó una tendencia de carácter liberal entre el clero barcelonés. La reacción absolutista de 1823 persiguió duramente a este clero liberal.

Las desamortizaciones españolas provocaron la exclaustración de numerosos monasterios y conventos, seguida de la quema de muchos de ellos. Consecuencia de esto fue la nueva división parroquial de la ciudad de Barcelona promovida por el obispo Pedro Martínez de San Martín (1833-1849) en la que antiguas iglesias monacales y conventuales fueron reconvertidas en parroquias. El conflicto entre carlistas y liberales perduró durante la segunda guerra carlista con la oposición del obispo Josep Domènec Costa y Borràs (1848-1957) a los liberales.

Siglo XX

Entre 1878 y 1908, la tendencia integrista de los obispos barceloneses experimentó un cierto retroceso, especialmente en los pontificados de los obispos José María de Urquinaona Bidot (1878-1883), Jaume Català i Albosa (1883-1899), Josep Morgades i Gili (1899-1901) y Salvador Casañas i Pagès (1901-1908), a la vez que se reinició el proceso de recatalanización de la iglesia. A pesar de esto no se pudo evitar un nuevo brote anticlerical en julio de 1909 en el suceso conocido como la Semana Trágica.

A pesar de este episodio, un numeroso sector de la Iglesia en Cataluña continuó luchando a favor de la renovación cultural y pastoral. Se promovió el Primer Congreso Litúrgico de Montserrat (1915), la expansión de la obra del Fomento de Piedad Catalana y el inicio de las versiones bíblicas modernas al catalán. hubo la oposición a la imposición del castellano en la predicación y en la catequesis que intentó llevar a cabo la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), hecho que causó conflictos y persecución de algunos de los miembros del clero.

La apertura pastoral y de pensamiento se vio frenada durante el pontificado del obispo Manuel Irurita Almandoz (1930-1936). El estallido de la Guerra Civil Española (1936-1939) interrumpió la vida diocesana: la mayoría de las iglesias fueron saqueadas y quemaduras, especialmente los dos primeros meses de la guerra, y el mismo obispo, 277 sacerdotes, 537 religiosos y 46 religiosas de la diócesis fueron asesinados, además de numerosos laicos relacionados con la vida diocesana y parroquial. Reducida a la clandestinidad, la iglesia barcelonesa fue dirigida por el religioso Josep Maria Torrent, nombrado vicario general de la diócesis por el obispo Irurita al estallar el conflicto.

El fin de la guerra supuso un proceso de reconversión política y cultural no sólo de la diócesis sino de toda la Iglesia en Cataluña. La organización clandestina que había funcionado fue sustituida por una nueva jerarquía impuesta por el gobierno franquista, que en 1941 obtuvo el derecho de presentación de obispos. En primer lugar actuó como administrador apostólico Miguel de los Santos Díaz Gomára (1939-1942), obispo de Cartagena, y el primer obispo titular de la nueva etapa fue Gregorio Modrego Casaus (1942-1967) que fue también el primer arzobispo. El Dr. Modrego fue el promotor de una nueva organización parroquial en 1948 basada en la recuperación y restauración de las antiguas iglesias así como en la erección de más de 100 nuevas parroquias, necesarias para acoger la creciente población inmigrada de la ciudad. También fue el artífice del XXXV Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Barcelona en 1952.

Durante la década de 1960 la diócesis experimentó la recuperación de ciertos valores autóctonos, acogidos principalmente por el monasterio de Montserrat, y la recepción de nuevos que cristalizaron en la Delegación Diocesana de Escultismo y los movimientos especializados de Acción Católica. Fue una época de gran impulso religioso, intelectual y cultural que topó con las autoridades eclesiásticas y franquistas. Estos problemas estallaron en el momento de la sustitución del arzobispo Modrego, en que estalló la campaña Queremos obispos catalanes!. El nuevo arzobispo fue Marcelo González Martín (1967-1971), que a pesar de la oposición catalanista dio un nuevo impulso a la estructura archidiocesana con la creación de nuevas instituciones como por ejemplo la facultad de Teología de Barcelona, con el tiempo Facultad de Teología de Cataluña.

La celebración del Concilio del Vaticano II (1963-1965) dio nuevas alas al movimiento de renovación de la iglesia. A la vez, la decadencia del régimen franquista y su fin ofrecieron nuevas perspectivas a la archidiócesis que se desarrollaron durante el pontificado de Narciso Jubany y Arnau (1971-1990). Este arzobispo y cardenal promovió la participación de los distintos sectores de la diócesis mediante la convocatoria de una Asamblea Diocesana, una reforma moderada de la archidiócesis e impulsó la creación de la Universitat Ramon Llull y la emisora Ràdio Estel.

Siglo XXI

Placa en la Basílica de la Sagrada Familia

El arzobispo y cardenal Ricard Maria Carles y Gordó (1990-2004) fue el promotor de la creación de las actuales 4 zonas pastorales al frente de las cuales consiguió el nombramiento de 4 obispos auxiliares. A finales de su mandato se produjo la división de la archidiócesis (2004), por medio de la constitución apostólica Barcinonensis del papa Juan Pablo II del 15 de junio de 2004, imitando la división que se había hecho en Madrid en vez de las que se hicieron a otras grandes diócesis como la de Milán.[5]

Fue sucedido por el arzobispo y cardenal Lluís Martínez y Sistach. El papa Benedicto XVI visitó la ciudad de Barcelona los días 6 y 7 de noviembre de 2010 para dedicar el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia y elevarlo a basílica.[6]

El día de la festividad de San Esteban, en sustitución de Lluís Martínez Sistach tomó posesión de la archidiócesis de Barcelona Juan José Omella, natural de Cretes ( Matarranya), en la Franja de Ponente, prelado muy próximo al papa Francisco,[7]​ quién lo había nombrado el 6 de noviembre.