Altruismo
English: Altruism

“Die Kinderkrippe” (La guardería), 1890, de Albert Anker.

El altruismo (del francés antiguo altrui, «de los otros») se puede entender como:

De acuerdo a la Real Academia Española, el altruismo proviene del francés altruisme y designa la «diligencia en procurar el bien ajeno aún a costa del propio».

El término altruismo se refiere a la conducta humana y es definido como la preocupación o atención desinteresada por el otro o los otros, al contrario del egoísmo. Suelen existir diferentes puntos de vista sobre el significado y alcance del altruismo o cuidar de los demás desinteresadamente, sin beneficio alguno.

Psicología social

En línea con los estudios de Daniel Batson, Elena Gaviria afirma que "existe una cantidad considerable de evidencia empírica que sugiere que, por lo menos, tenemos la capacidad de comportarnos movidos por sentimientos no puramente egoístas. El que manifestemos o no esa capacidad depende probablemente de muchos factores, pero la tenemos, y eso ya es algo".[4]

En cuanto a la ayuda, los experimentos han determinado que, contrariamente a lo que pueda suponerse, la conducta de ayuda suele inhibirse cuantos más espectadores se hallan presentes (bystander effect), ignorancia pluralista. En el modelo de John Darley y B. Latané,[5]​ la prestación de ayuda se somente a cinco pasos consecutivos que si se resuelven afirmativamente desembocan en la conducta de ayuda:

  1. ¿Se da cuenta el individuo de que acaece algo anormal? La situación no tiene que ser ambigua.
  2. ¿Lo interpreta como una emergencia? Existe miedo al ridículo.
  3. ¿Asume la responsabilidad de intervenir? El individuo debe sentirse involucrado o sentir contacto directo con la situación, ante la "difusión de la responsabilidad" en presencia de muchos observadores, y también puede no hallarse sensibilizado a las características de la persona que necesita ayuda (persona, animal o cosa atractiva o aversiva).
  4. ¿Se considera capaz de prestar la ayuda? El hipotético altruista se considera ignorante o incapaz o no sabe cómo actuar, o tiene miedo a la responsabilidad, en especial ante situaciones complejas, o puede haber predicho un tipo de respuesta más probable.
  5. El individuo toma la decisión de intervenir.[6]

La ayuda puede ser directa o indirecta y los costes pueden ser altos tanto por ayudar como por no ayudar. Entre los motivos de esta conducta se encuentran el refuerzo positivo del aprendizaje de la misma en el pasado, también los factores emocionales y neurológicos implicados en la empatía y la retribución y las normas sociales y personales.[7]​ Por otra parte, el altruismo puede resultar contraproducente según el juicio del receptor: hay que distinguir entre la ayuda que alguien pide y la que se ofrece sin haber sido solicitada; en este último caso es frecuente que hacer un favor no pedido para sentirse bien el ayudante se rechace si el ayudado es persona con autoestima y autonomía altas. Desde el punto de vista del receptor, la petición de ayuda es el resultado de un proceso con tres fases que solo si se contestan afirmativamente conducen a la petición de ayuda, y en el cual hay un proceso de cálculo entre beneficios y costes:

  1. El problema que tengo ¿se solucionaría si alguien me ayudara?
  2. ¿Pido ayuda a alguien o no?
  3. ¿A quién pido ayuda?[8]

Según A. Nadler,[9]​ el que una persona decida pedir ayuda o no depende de tres factores:

  1. Sus características personales (edad, género, rasgos de personalidad).
  2. La naturaleza del problema y el tipo de ayuda que se necesita.
  3. Las características del potencial donante de la ayuda.[10]

Referente a lo primero, desde el punto de vista de la autoestima es más costoso pedir ayuda para los hombres que para las mujeres y para las personas de más alta autoestima que para los de más baja. Respecto a lo segundo, cuando el problema está directamente relacionado con la imagen personal y social es menos probable que se solicite ayuda (es menos frecuente recurrir a un psicólogo o psiquiatra por la salud mental que a un médico por la salud física). Además, es disuasor no poder devolver el favor al otro cuando creemos que se espera de nosotros que lo hagamos. En cuanto a lo tercero, la gente suele preferir como donante a alguien que no sea demasiado amenazante para su autoestima antes que a una persona más competente: debe parecerse al potencial benefactor. La gente suele recurrir a parientes, a amigos o a personas semejantes a ellos para pedir ayuda (Alcohólicos anónimos, por ejemplo), porque las relaciones interpersonales entre desconocidos exigen reciprocidad, mientras que entre conocidos se trata de relaciones comunales.[11]

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