Alto Renacimiento

Tumba de Lorenzo de Médici, en la Capilla Medicea de Miguel Ángel (1520-1534).

Alto Renacimiento, Renacimiento maduro, Renacimiento pleno o Renacimiento clásico es el periodo culminante o de apogeo del Renacimiento, que comprende los años finales del siglo XV y las primeras décadas del siglo XVI.[1] Pueden utilizarse como hitos históricos para delimitarlo el descubrimiento de América (1492) y el saco de Roma (1527); y como hitos artísticos, para iniciarlo La Última Cena de Leonardo da Vinci (1495-1497) y para terminarlo la muerte del propio Leonardo (1519), la de Rafael Sanzio (1520) o una obra culminante del tercero de los grandes protagonistas del periodo: la Capilla Medicea de Miguel Ángel (1520-1534).

El periodo que le precede es el Renacimiento temprano o inicial; y el que le continúa es el Renacimiento tardío o final. El término Bajo Renacimiento es equívoco en su uso, incluso en la bibliografía especializada, designando tanto a uno como a otro. A veces se utiliza la expresión segundo Renacimiento como equivalente al "alto" (al ser ese Renacimiento inicial un "primer Renacimiento").[2]

Alto Renacimiento en Italia

En el Renacimiento italiano se produce la sustitución de Florencia por Roma como centro artístico más prestigioso (es habitual utilizar la expresión renacimiento florentino-romano).[3] Florencia se vio sacudida por violentos movimientos sociales y políticos, que incluyeron el ascenso y caída de Savonarola y la expulsión de los Médici. En Roma, el ambiciosísimo programa artístico del Vaticano ( Basílica de San Pedro, Capilla Sixtina, Estancias de Rafael) atrajo a una constelación de artistas de primer orden: Bramante, Sangallo, los citados Rafael y Miguel Ángel; entre los que se incluyen los que destacarán en el periodo siguiente, considerados manieristas ( Giulio Romano, Benvenuto Cellini, etc.). Entre los demás centros artísticos de Italia, únicamente Venecia consigue igualarla en importancia, debido a las características singulares de la escuela veneciana de pintura, que asiste en esos años a la mejor parte de la producción de los Bellini, Giorgione y Tiziano.

El resto de Europa ya se estaba influyendo por la revolución artística del Primer Renacimiento o quattrocento (años [mil] cuatrocientos en idioma italiano), pero en realidad no fue hasta el periodo posterior, el final del cinquecento (años [mil] quinientos en italiano), denominado Bajo Renacimiento o Manierismo, cuando el impacto del arte de la fase clasicista del Renacimiento alcanzó toda su dimensión; y ello fue debido en buena parte al prestigio extraordinario que tratadistas como Vasari, autor de las Vite (1550), dieron a los genios de la generación anterior a la suya, hasta cuasi-divinizarlos (de hecho, a Rafael se le llamaba il divo -"el divino"-).[4]

En relación con el Renacimiento de mediados del siglo XV, caracterizado por la experimentación sobre la perspectiva lineal, el Alto Renacimiento se caracterizó por la madurez y el equilibrio que se encuentra en el sfumato de Leonardo; en los volúmenes marmóreos de la terribilitá miguelangelesca; en los colores, texturas y el chiaroscuro de los venecianos o de las Madonnas de Rafael, que dan a la luz y a las sombras un nuevo protagonismo; en el adelantamiento del brazo en los retratos (como en la Gioconda); en la composición clara, especialmente la triangular, marcada por la relación de las figuras con miradas y posturas, particularmente en las manos.[5]

El manierismo, aunque actualmente la historiografía lo define como estilo autónomo por sí mismo,[6] inicialmente fue un término despectivo para designar a los artistas carentes de originalidad, que pintaban o esculpían alla maniera di Miguel Ángel o Rafael. Ciertamente, el prestigio que habían conseguido los artistas del Alto Renacimiento hacía que todos quisieran compararse con ellos: un artista de personalidad tan marcada como Tintoretto proclamaba usar "el color de Tiziano y el dibujo de Miguel Ángel".

Durante el siglo XVII, presidido por la estética rupturista del barroco, se mantuvo una tendencia clasicista ( clasicismo francés, escuela boloñesa, pintura clasicista), que se prolongó en el siglo XVIII a través del trabajo de las academias y el estilo neoclásico (éste más bien centrado en la recuperación arqueológica de la pureza de formas del arte antiguo), y en el arte contemporáneo a través del academicismo, que hasta la primera mitad del siglo XX fue el paradigma oficial del arte resistiendo a las innovaciones vanguardistas. A mediados del siglo XIX, el movimiento prerrafaelita pretendió volver a la pureza artesanal de la pintura anterior a Rafael.

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