Alianza de Intelectuales Antifascistas

La Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura fue una organización civil ubicada en Madrid primero y Valencia después, creada el 30 de julio de 1936, nada más iniciarse la Guerra Civil Española.

Sus antecedentes se encuentran en 1935, cuando se había celebrado en París el I Congreso de Escritores y se constituyó la Asociación Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura, donde habían asistido varios españoles. La Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura se creó como sección española de la Asociación Internacional.

Se organizaba conforme a un ateneo, manteniendo una división en áreas temáticas de la misma forma. En su actividad, además de la propiamente cultural, se hicieron manifiestos, charlas y llamamientos contra el ascenso del fascismo que representaba el Ejército sublevado de Franco. Entre sus miembros se encontraban María Zambrano, Ramón Gómez de la Serna, Rafael Alberti, Miguel Hernández, José Bergamín, Rosa Chacel, Luis Buñuel, Luis Cernuda, Pedro Garfias, Juan Chabás, Rodolfo Halffter, Antonio Rodríguez Moñino, Ramón Sender, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre, Max Aub, José Peris Aragó, Eduardo Ugarte, Salvador Arias y Arturo Serrano, entre otros.

El manifiesto de su constitución declaraba:[1]

Se ha producido en toda España una explosión de barbarie... Este levantamiento criminal de militarismo, clericalismo y aristocratismo de casta contra la República democrática, contra el pueblo, representado por su Gobierno del Frente Popular, ha encontrado en los procedimientos fascistas la novedad de fortalecer todos aquellos elementos mortales de nuestra historia... Contra este monstruoso estallido del fascismo... nosotros, escritores, artistas, investigadores científicos, hombres de actividad intelectual... declaramos nuestra identificación plena y activa con el pueblo, que ahora lucha gloriosamente al lado del Gobierno del Frente Popular...

A ella se unió la Alianza de Intelectuales para la Defensa de la Cultura, organización creada mediante la fusión de la Unión de Escritores y Artistas Proletarios (grupo de activistas de izquierda política valencianos) y Accio d'Art (grupo regionalista valenciano disidente del Círculo de Bellas Artes de Valencia). Miembros de la misma eran Josep Renau, María Teresa León, Juan Gil-Albert, Max Aub o Ramón Gaya.

La Alianza realizó boletines y publicaciones. La primera, Milicia Popular, salió a la luz el 30 de septiembre de 1936. Sin embargo la más importante fue El Mono Azul. Las actividades fueron diversas y, a nivel internacional, la que mayor impacto causó fue el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura que tuvo su sede central en Valencia, y celebró reuniones también en Madrid (en una ciudad casi sitiada) y Barcelona, entre el 4 y el 11 de julio de 1937. En él participaron escritores como Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Ernest Hemingway, César Vallejo, Raúl González Tuñón, Octavio Paz, André Malraux o Louis Aragon.

El II Congreso de Escritores Antifascistas fue convocado por la Asociación Internacional de Escritores de Defensa de la Cultura, AIEDC, fundada en el 1er. Congreso de 1935 realizado en París. Al contrario que éste, el II Congreso encontró en el silencio un filón de dos vertientes: escudo y espada; el primero callaba el asesinato en nombre de la unión frente al fascismo -en España misma, la confrontación entre el Partido Comunista y el Partido Obrero de Unificación Marxista había provocado en mayo una revuelta que causó alrededor de 500 muertos, más de 1,000 heridos y la desaparición, y posterior asesinato en agosto de 1937, de Andrés Nin, dirigente de POUM, a la que siguió una depuración de anarquistas y trotskistas acusados de realizar actividades contrarrevolucionarias, evento que, al decir de Antonio Sánchez Barbudo, "aunque doloroso, no nos preocupó al principio demasiado",[2] el segundo condenaba las voces que se pronunciaran contra la realidad del sueño, del futuro puesto en el territorio de la Unión Soviética, silencio que había encontrado, con amargura, un primer converso -el cisma Aragón-Bretón quizá había afectado menos dos años antes en el ánimo revolucionario del nuevo hombre-, donde se procuraría que encarnara la figura del traidor y de las veleidades de una conciencia pequeñoburguesa, individualista y egocéntrica: André Gide.

Si José Bergamín, presidente de la Alianza de Intelectuales Antifascistas de España -Antonio Machado lo era en calidad de honorario-, había dicho en la sesión inaugural lo que había de comprenderse como compromiso del escritor, estableciendo "una preocupación primera: la de su comunicación o comunión humana. En ella radica su propio existir. Por ella tiene razón profunda y sentido vivo su trabajo. Esta comunión humana, esta comunicación verdadera, se hace, en el tiempo y por el tiempo, por la palabra",[3] unos días después le descubriría su otra cara, la de la expurgación.

Cuando André Gide se encontraba en Londres, en junio de 1936, para presidir la Conferencia Internacional de Escritores, fue enterado del estado de gravedad en que se encontraba Máximo Gorki, expositor de la teoría del realismo socialista, y decidió asistirlo en Rusia, pero apenas llegó para presenciar los funerales y pronunciar una oración fúnebre. La muerte del escritor ruso no disminuyó el entusiasmo de Gide por encontrarse en la región idílica del mundo, había que recorrerlo, respirar el aire que debía extenderse para darle vida a la nueva sociedad. La respiración, sin embargo, no resultó todo lo vital que hubiese querido. A su regreso a Francia escribió "Retour de l'URSS", memorias del viaje donde delataba, con gran escándalo de los comunistas, la excesiva personalización de los líderes, la persecución del trotskismo, la falta de libertad en el arte: "El arte que se somete a una ortodoxia está perdido, aún cuando ésta fuera la más sana de las doctrinas. Se hunde en el conformismo. Lo que la revolución triunfante debe y puede ofrecer al artista es ante todo la libertad", declara.

El pronunciamiento, venido de una persona con una alta integridad moral, provocó dos reacciones: la condena y la duda, pero, en un susurro quizá, nunca la adhesión declarada. La condena más violenta se desprendió de los grupos de extrema comunista y de los que profesaban una irrenunciable esperanza en la desviación de Gide, en la pureza de una sociedad que en su realidad hacía posible la concreción de un mundo más justo. La condena vino de los que, enterados de las atrocidades stalinistas, eran cómplices, y vino también de los que, guiados por un sueño, eran inocentes, en el mejor sentido de la palabra.

La duda y la confusión, consecuencias de la actitud de Gide, provinieron principalmente de los que eran llamados "compañeros de ruta", aquellos que sin comprometerse con la doctrina, participaban en su beneficio, aquellos que justificaban los acontecimientos y la unión frente al fascismo en nombre de una esperada, y pospuesta, libertad.

A los primeros contestó Gide con otro libro, "Retouches á mon retour de l'URSS", publicado en junio de 1937, y leído ya por algunos de los asistentes al II Congreso. En éste, Gide reafirma su fidelidad a la libertad por encima de cualquier partido, así lo contravenga, y su visión de una Rusia que ha traicionado las esperanzas de la revolución.

En los segundos la inquietud, al tiempo que se establecía oculta e inconfesada, perdía firmeza ante la pasión razonada de intelectuales respetados y admirados como Paul Nizan, o como, por encima de todos, André Malraux.

La delegación rusa, cuya asistencia al Congreso había sido condicionada por Stalin a la exclusión de Gide, presionó para elaborar una declaración condenatoria firmada por todos los intelectuales, pero la propuesta no logró el consenso de la delegación francesa que, a través de Malraux, amenazó con abandonar el Congreso. En este ambiente, José Bergamín solicitó un voto de confianza para hablar antes que cualquier otra delegación: su intervención, apasionada y violenta, hizo inútil cualquier otra declaración general y, en cambio, se aprobó su propuesta de "silencio" sobre el caso Gide.[4]     

Referencias

  1. Manifiesto de la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura.
  2. Sánchez Barbudo, Antonio (diciembre de 1987 - enero de 1988). «Recuerdos y reflexiones». México, Revista Vuelta, núms. 133-134. 
  3. Penalva, Gonzalo (1985). Tras las huellas de un fantasma. Aproximación a la vida y obra de José Bergamín. Madrid: Turner. p. 140. 
  4. Barrón Soto, Héctor Sx. (1998). «La ideología poética de Octavio Paz». México: UNAM. 
Other Languages