Alberto Sánchez Pérez

Toros ibéricos, de Alberto Sánchez. Escultura en el Museo Arte Público de Madrid, Paseo de la Castellana

Alberto Sánchez Pérez ( Toledo, 8 de abril de 1895 - Moscú, 12 de octubre de 1962), pintor y escultor español. Padre espiritual de la primera Escuela de Vallecas.[1] A partir de 1938 desarrolló su obra fuera de España.

Una de sus obras más significativas es la gran escultura, de más de doce metros de altura, titulada El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella, expuesta junto al Guernica de Picasso en el Pabellón de la República Española de la Exposición Internacional de París de 1937. De esta obra hay una copia en el exterior de la entrada principal del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid y otra, a escala reducida, en la Plaza de Barrionuevo de Toledo.[2]

En 1938, el Gobierno republicano le envió a Moscú como profesor de dibujo de los niños españoles exiliados. No regresaría. Una de sus realizaciones más importantes en el exilio fue la colaboración con el director ruso Grigori Kózintsev en los decorados de la película Don Quijote ( 1957), con una recreación espléndida de los pueblos de La Mancha en plena Ucrania. Falleció en Moscú en el año 1962. Sus restos permanecen en el cementerio Vvedénskoye de la capital rusa.

En 2002, con motivo de la escala en Toledo de la Exposición antológica dedicada a Alberto en varias capitales españolas, se celebró en el museo de Santa Cruz un homenaje de su ciudad natal, al que acudió el único hijo del escultor.

En 2010 se proyectó instalar en el cerro Almodóvar de Vallecas (Madrid) una obra de 15 metros de altura llamada El Monumento a los pájaros. Se trata de la reconstrucción de una obra del artista que se confeccionará con piezas que se encontraban depositadas en Moscú. El escultor deseaba que esta obra fuera un refugio para los pájaros que habitan en las afueras de Madrid. La versión anterior resultó destruida durante la Guerra Civil Española.[3]

Biografía y obra

Alberto Sánchez Pérez nació en Toledo en 1895, en el barrio de las Covachuelas. Procedía de una familia humilde, su padre era panadero, lo que condicionó que no cursara estudios más allá de la escuela de párvulos. A los siete años comenzó a trabajar como porquerizo y posteriormente ejerció de repartidor de pan, aprendiz de herrero, zapatero, y escayolista. A partir de los 20 años, y durante el resto de su vida, fue panadero de oficio.

En 1907 se trasladó con su familia a la capital. Fue allí donde aprendió a leer y escribir a los 15 años de edad. Le enseñó un amigo que trabajaba como dependiente en una farmacia. En Madrid se hizo socialista y se involucró activamente en el movimiento popular, apoyando enfáticamente el comunismo. Participó en las Juventudes Socialistas donde conoció a Francisco Mateos, pintor y caricaturista. También se involucró en el Círculo Socialista del Sur, que tenía su sede en Lavapiés, barrio del que eran vecinos. Posteriormente proyectó de manera utópica, junto con Mateo, una Casa del Pueblo, que nunca fue construida, donde volcó sus aspiraciones de arquitecto. Entre 1917 y 1919 cumplió el servicio militar en el norte de África; allí fue donde Alberto descubrió sus aptitudes y su sensibilidad artística. Durante sus comienzos estuvo muy influido por el uruguayo Rafael Pérez Barradas, y sus obras de la década de 1920 se inscriben en el cubismo. Cinco años después de su servicio militar ya participaba en exposiciones surrealistas en Madrid con artistas como Dalí. Poco después quiso matricularse en la escuela de arte y se lo impidieron, aunque aún se desconoce la causa. En 1927 fundó, junto con Benjamín Palencia la llamada Escuela de Vallecas, que buscaba en Castilla su inspiración. El propósito de la escuela era la defensa del acceso a la tierra y la reivindicación del pueblo español. En palabras del artista: “Esta escuela surgió con el deliberado propósito de poner en pie el nuevo arte nacional que compitiera con el de París”. Alberto era un visitante asiduo de los museos de Madrid, especialmente del Museo del Prado y del Museo Arqueológico Nacional, donde descubrió el arte Ibérico del que quedó enamorado. Durante las tardes participaba en las tertulias del café de artistas en los bajos del Hotel Nacional en la calle Atocha. Hubo de conocer en estas tertulias a algunos de los intelectuales más brillantes de la época, que influyeron profundamente en su trayectoria artística, política y humana. La creatividad de Alberto sorprendió a todos, y el artista se consolidó como representante de una estirpe de artistas sólidos, contundentes e implacables provenientes de situaciones muy adversas. Para la realización de su obra se valía de objetos cotidianos y tradicionales, como piedras, árboles, sillas, palos, cualquier cosa que tuviera a mano, porque la escultura de Alberto se basaba en la materia, en el paisaje rural, en las texturas y en la rudeza de los materiales. Se acercó en esta época al movimiento de la generación del 27 , elaborando, por ejemplo, los decorados de la compañía teatral “La Barraca” de Federico García Lorca. El artista aparece mencionado también en obras literarias de la época, como en Para nacer he nacido de Pablo Neruda. Alberto Sánchez, llamado por sus contemporáneos simplemente como Alberto o incluso Alberto “El Socialista”, alcanzó su lenguaje escultórico característico a través de la fusión de elementos de inspiración popular, con ciertos rasgos surrealistas trabajados de manera estilizada. Destaca su obra de 1929 Maternidad. Ese mismo año participó en una exposición al aire libre en el Jardín Botánico de Madrid. Impresionó en esta exposición al que se convertiría en el mayor admirador de su obra, el escultor vasco Jorge Oteiza. Sánchez dibujó, pintó y esculpió muchas figuras femeninas y también de animales. Se fijó especialmente en los toros, de los que realizó numerosas esculturas, una de las cuales, Toros Ibéricos, puede admirarse en el museo al aire libre del Paseo de la Castellana, localizada junto a la Ballena Varada de Eduardo Chillida. También le inspiraron las aves, a las que dedicó varias obras, como por ejemplo una escultura de 15 metros de altura llamada El monumento a los pájaros, lamentablemente destruida durante la guerra. Al comienzo del conflicto Alberto se alistó en el frente de Guadarrama, pero pronto fue reclamado por el gobierno de Valencia, donde se trasladó para realizar las escenografías de obras teatrales como El cerco de Numancia de Miguel de Cervantes o Las germanies de Valencia de José Bergamín y Manuel Altolaguirre. Sin embargo, su obra más significativa es una gran escultura, de 12.5 metros de altura, titulada El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella, que fue expuesta en el pabellón español de la Exposición Internacional de 1937 celebrada en París. La escultura se concibió en Madrid en forma de maqueta de unos 20 centímetros de altura. La desgracia le sobrevino a Alberto cuando, en 1938, las bombas destruyeron completamente su estudio del barrio de Lavapiés y todas las obras que en él se encontraban. Poco después las autoridades culturales republicanas le encargan su traslado a Moscú para enseñar dibujo a los niños españoles expatriados. Allí realiza su cometido y dedica una gran parte de su tiempo a la reconstrucción de algunas de sus esculturas destruidas. Participa esporádicamente en política, aunque se desconoce gran parte de esta etapa de su vida. En una exposición celebrada en la Unión Soviética en 1959 Iliá Erenburg comentó de Alberto: “Lo que más impresiona aquí es que tras veinte años de forzoso exilio, Alberto sigue siendo español y artista por los cuatro costados. Tercamente español y tercamente artista.” Alberto nunca regresó a la Península. Falleció en Moscú, donde están enterrados sus restos, en 1962. El largo exilio perjudicó seriamente su proyección artística nacional, también silenciada debido a motivos políticos e ideológicos. Otro de los motivos por los que hoy en día se trata de un artista muy poco conocido por el público es la destrucción de la mayoría de sus obras durante la guerra civil. Sin embargo Alberto Sánchez fue uno de los grandes escultores de principios del siglo XX, que supo conciliar tradición y vanguardia y crear obras innovadoras y comprometidas. El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella fue la obra que escogió el gobierno republicano como faro del pabellón de la Exposición Internacional de París de 1937, en la que también se exhibía por primera vez El Guernica de Picasso. Aquella exposición había sido convocada para mostrar los mayores adelantos tecnológicos europeos bajo el lema: “Por el progreso, el trabajo y la paz”. Pocos años después comenzaría la Segunda Guerra Mundial. En España la tragedia había comenzado hacía ya un año. Cerca de cuarenta mil visitantes acudieron a la exposición. Tras acabar la misma, El Guernica, exitoso, continuó su exhibición en varios países europeos antes de viajar a Nueva York en 1939; mientras que el obelisco de Alberto Sánchez desapareció de forma misteriosa. No se conoce que acabara en manos de ningún particular o institución. La frase del título de la obra no fue extraída de ningún verso, ni es una cita de ningún relato literario, sino que fue inventada por el autor para nombrar la alargada escultura. El título tan largo y poético conecta con la vinculación de las vanguardias al género literario y muestra un deseo y una esperanza colectiva de victoria y paz. El monolito de cemento blanco se puede interpretar como un obelisco, un tótem, una masa de pan o un cactus, pero en cualquier caso nos presenta una figura antropomórfica, tal vez con el brazo levantado al estilo de la Estatua de la Libertad o realizando el gesto del puño en alto propio del comunismo. En esta escultura Alberto puso de manifiesto el dolor de España, hundida en la Guerra, desde un punto de vista socialista. Sánchez fue un artista militante que consideraba que el arte debía comprometerse y luchar por unos ideales. En este caso en contra de la barbarie de la guerra civil y defendiendo la actuación del bando republicano. El objetivo de la obra y del pabellón español en París queda resumido en las palabras de Azaña, que presidían la entrada al edificio tras la escultura de Alberto. Dice así: “Nos batimos por la unidad esencial de España. Nos batimos por la integridad esencial del territorio español. Nos batimos por la independencia de nuestra patria y por la libertad el pueblo español de disponer libremente de su destino.” La escultura es un canto al optimismo y a la utopía. Creada en un clima de hostilidad, refleja la esperanza en el futuro.

La pieza de 12.5 metros de altura fue realizada en cemento monocromo trabajado. La base era una antigua rueda de molino traída desde España con ese fin que representa el sentido heroico del trabajo. Las leves ondulaciones recuerdan las formas del pan amasado tan presente en su vida. Y los surcos de su superficie evocan los campos labrados de Castilla donde pasó su infancia. Alberto afirmó que en toda su carrera nunca consiguió hacer una forma que no existiera ya en la naturaleza. Lo único que debía hacer era copiarla e interpretarla. La belleza reside en las líneas puras de la tierra. La rotación helicoidal aporta un toque de dinamismo y equilibrio y rompe con la concepción clásica del espacio. Dos de sus elementos más notables son la estrella roja de cinco puntas en lo alto, realizada originalmente en bronce, y la paloma. La estrella roja simboliza un ideal utópico de sociedad comunista y la paloma representa la paz y la convivencia pacífica. La obra defendió la vanguardia frente a los partidarios del realismo; y surgió mediante un proceso de evolución artística que duró muchos años. Alberto comenzó a experimentar con este tipo de formas orgánicas verticales, con superficies aradas, en su juventud. Y la idea de meta utópica representada por la estrella procede de otra de sus obras desaparecida durante la guerra. Alberto reivindicó el papel del mundo rural y de la cultura castellana en la utopía socialista durante toda su vida y levantó un enorme monolito que le permitió compartir esta idea con la sociedad.

La obra desapareció una vez desmontado el pabellón original, nunca se supo si fue destruida; y la escultura cayó en el olvido. En el año 1970 fue encontrada una maqueta en el sótano del edificio de patrimonio. Y en el año 2001, con motivo de una gran exposición sobre la obra de Alberto, el Museo Reina Sofía erigió en la puerta del Museo una copia de la obra de 18.7 metros de altura, realizada por el escultor valenciano Jorge Ballester. El facsímil se realizó basándose en la maqueta de escayola realizada por Alberto y en las fotografías que se conservan del original de París.

En estos últimos años Alberto Sánchez ha regresado al panorama nacional como un gran escultor vanguardista y un personaje fundamental de comienzos del siglo XX y El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella se ha consolidado como una de las grandes esculturas de la Guerra.

Аlberto Sánchez. Escultura El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella, copia de la escultura de 1937, Museo Nac

ultó destruida durante la Guerra Civil Española.[3]

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